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viernes, 8 de julio de 2011

LITURGIA BIZANTINA- ESTEBAN PARENTI


Espíritu y Desarrollo

de la Liturgia Bizantina.

 

Prof. Dr. Esteban Parenti.


Para Usos Internos y Didácticos Solamente

Adaptación  Pedagógica:  Dr. Carlos Etchevarne, Bach. Teol.



Contenido:


Introducción.

            En el sentir común, la liturgia ortodoxa es sinónimo de celebración, al mismo tiempo espléndida y compleja, simbólica y suntuosa. Ninguna iglesia cristiana, en efecto, se reconoce tan profundamente en su culto, hasta el punto de que el término mismo de ortodoxia (gr. ορθοδοξια), que etimológicamente remite a la recta formulación de la δοξα-fe, en el ámbito eslavo se ha entendido exclusivamente como expresión de la recta δοξα-gloria. Y así, los pueblos eslavos han vertido ορθοδοξια por pravoslavie, con la intención de subrayar el aspecto litúrgico de la profesión de fe. De este modo, la palabra ortodoxia corresponde plenamente al conocido adagio occidental: lex credendi statuat legem supplicandi, comúnmente atribuido a Próspero de Aquitania (+ ca.463).[1]
            Según la Crónica de los tiempos idos, compilación historiográfica de fines del siglo xi, habría sido precisamente la espléndida Liturgia bizantina la que vino a determinar en Rusia la adopción del cristianismo en la forma típica de la Nueva Roma. Al volver de Constantinopla, los emisarios cuentan al príncipe Vladimiro de Kiev sus impresiones.

“Hemos estado con los Griegos, los cuales nos llevaron al lugar donde rinden culto a su Dios. Y no sabíamos si estábamos en el cielo o en la tierra, porque no hay sobre la tierra espectáculo parecido o belleza semejante: no somos capaces de expresarlo. Sólo podemos decir que allí Dios habita con los hombres y que su culto supera al de cualquier otro país. No, no podemos olvidar tanta belleza, porque quien ha gustado algo dulce, no soporta luego un sabor amargo.”[2]
           
Corría entonces el año 987. Casi mil años después, Alejo I, patriarca de Moscú y de todas las Rusias (+ 1975), respondía así a un visitante de Europa occidental que le pedía que definiera con una frase a su Iglesia: “Es una Iglesia que celebra la divina liturgia.[3] Es ésta una afirmación doblemente verdadera. Porque es cierto que bajo el telón de acero no se le permitía a la Iglesia más que el simple ejercicio del culto; pero no es menos cierto que la diplomática respuesta del anciano patriarca expresaba una vocación litúrgica que en la Iglesia de Rusia, como en las otras iglesias ortodoxas, se ha mantenido siempre viva y presente.[4] Es este aspecto el que caracteriza en particular a las iglesias ortodoxas.
            Dos son los movimientos que han contribuido a despertar el interés por la liturgia ortodoxa: el movimiento litúrgico y el movimiento ecuménico. Ambos han favorecido en Occidente la elaboración de estudios científicos y de traducciones de textos, haciendo así accesible y estimable esta antigua tradición cristiana. A este propósito me complace subrayar que a España le corresponde la honra de ser la patria de Juan Mateos, iniciador genial del estudio científico de la Liturgia bizantina y de las liturgias del Oriente cristiano. Gracias, sobre todo, a sus estudios y a los de su escuela[5] es hoy posible escribir una historia del rito bizantino.[6]


I. ¿Liturgia Ortodoxa, Oriental o Bizantina?

            Aunque el método escolástico tenga poco en común con el universo mental de las iglesias no romanas, séame permitido comenzar con una explicatio terminorum que, a mi parecer, ha de ser de utilidad. En las lenguas del mundo occidental es habitual hablar indistintamente de liturgia ortodoxa, de liturgia oriental o de liturgia bizantina, o también de liturgias orientales entendidas como expresión ritual de otras tantas iglesias ortodoxas, orientales o bizantinas. Pero, en nuestros días, un griego de América o un descendiente de la emigración rusa en Francia se mostraría poco dispuesto, a mi juicio — y con toda razón —, a considerarse “bizantino,” y menos aún “oriental,” porque se considera sencillamente miembro de la Iglesia Ortodoxa. Surge entonces el problema de cómo expresarse.
            Para un ortodoxo, la palabra “liturgia,” o, más propiamente, “divina liturgia,” es el nombre propio de la celebración eucarística, como lo es la palabra “misa” para un católico; al contrario, para este último, el término “liturgia” se refiere más bien al conjunto de la tradición litúrgica propia de una determinada iglesia: por ejemplo, liturgia ambrosiana, armenia, copta, etc. Un griego diría λατρεια (culto) y un ruso bogosluzhenie (servicio divino). En este escrito, destinado principalmente a lectores no ortodoxos, empleo el término “liturgia” como sinónimo de tradición litúrgica, y la expresión “divina liturgia” referida a la Eucaristía. Veamos ahora las posibles combinaciones.
            Ha de evitarse el término “liturgia oriental,” porque predomina en él una discriminación geográfica que la emigración que ha tenido lugar entre las dos guerras mundiales ha vaciado de significado. Además, hay otras tradiciones litúrgicas ciertamente más “orientales” que la bizantina, como las liturgias siríacas, difundidas en el Oriente Próximo mediterráneo hasta la India.[7] Tampoco resulta afortunada la expresión “liturgia ortodoxa” porque tiene un marcado carácter confesional, cuando es de todos sabido que la liturgia ortodoxa se celebra también en las iglesias orientales de rito católico. A esto hay que añadir que en Francia y en los Estados Unidos existen comunidades ortodoxas que observan un rito romano reformado.[8] En cambio, “liturgia bizantina” así como “teología bizantina,” son hoy términos neutrales, expresamente no confesionales, propios del ámbito científico, utilizados tanto en la bizantinística como en la Liturgieivissenschaft, incluso por estudiosos que pertenecen a la comunión ortodoxa.[9]
            En el ámbito científico se habla con frecuencia de “rito bizantino,” un término de corte más jurídico que litúrgico, acuñado en ambientes católicos durante la Contrarreforma para identificar, en el contexto de la comunión católica, determinadas tradiciones litúrgicas no romanas, en el sentido de una “variante litúrgica” carente, no pocas veces, de una definida connotación eclesial,[10] pero que en un segundo momento ha venido a comprender también el patrimonio espiritual y canónico.[11]
            “Liturgia bizantina” será, pues, la expresión que emplearemos preferentemente en estas páginas; con todo, no excluiremos enteramente el uso de sinónimos corrientes tales como “liturgia ortodoxa” y “rito bizantino,” incluso con la intención de no caer en pedantes reiteraciones.

II. El Sistema Litúrgico Actual: Breve Descripción.

            La celebración eucarística dominical y festiva es la principal expresión del rito bizantino. Toma el nombre de “divina liturgia” (gr. θεια Λειτουργια) con el significado de “servicio,” propio de la versión griega de los LXX, reinterpretado a la luz de la tradición cristiana en el sentido catabático del servicio por excelencia que el Dios-Trinidad ofrece a su pueblo-iglesia.[12] La divina liturgia se organiza en tres momentos: a) prothesis o preparación ritual del pan y del vino; b) liturgia de la Palabra y c) liturgia de la Eucaristía.[13] El formulario eucarístico ordinario, que comprende las plegarias presidenciales para los catecúmenos y los fieles, la pre-anáfora, la anáfora o plegaria eucarística y las plegarias presidenciales antes y después de la comunión, es el que se conoce como de san Juan Crisóstomo.[14] En diez ocasiones al año se utiliza otro formulario, atribuido a san Basilio. La plegaria de la prothesis y las demás plegarias presidenciales de la liturgia de la Palabra, hoy común a los dos formularios, pertenecían originariamente al formulario de san Basilio. En los miércoles y viernes de Cuaresma se celebra un servicio vespertino de comunión (liturgia de los Dones presantificados); los demás días son alitúrgicos.[15]
            La Iniciación cristiana, que se confiere generalmente a niños de pocas semanas, se administra de forma completa y comporta, además de la inmersión bautismal propiamente dicha, la unción postbautismal con el sagrado myron (crisma) y la primera comunión del pequeño neófito. La reconciliación de los pecadores se realiza por medio de la confesión, que, según los casos y las costumbres, puede ser auricular o colectiva; la unción de los enfermos no es exclusiva de los enfermos graves; los ritos nupciales se componen de dos momentos: los desposorios y el matrimonio, que hoy se celebran uno a continuación del otro. El sacramento del Orden comprende: lector, subdiácono, diácono, presbítero y obispo. Los ritos litúrgicos relativos a todo sacramento, así como a otras consagraciones y bendiciones, profesión monástica y funerales, se contienen en el eucologio (gr. ευχολογιον) o Libro de las plegarias presidenciales, o en sus extractos.[16] Junto al eucologio se colocan dos leccionarios del Nuevo Testamento, el evangeliario y el apostolario.[17]
            La liturgia de las horas, en respuesta a la exigencia de la oración continua (1 Tes 5:7), propone para cada día un cursus horario que transcurre de ocaso a ocaso y que comprende: vísperas, completas (gr. αποδειπνον), hora de la media noche (gr. μεσονυκτικον), maitines (gr. ορθος), prima, tercia, sexta y nona, que se complementan con horas intermedias (gr. μεσωρια) en los períodos penitenciales del año. El ordinario de la liturgia de las horas se recoge en el Libro de Horas (gr. ορωλογιον).[18]
            El año litúrgico comienza con el domingo de Pascua, el cual se proyecta en el tiempo pascual, que hoy concluye en la vigilia de la Ascensión. El domingo octavo después de Pascua se celebra Pentecostés, cuya octava concluye el domingo siguiente con la celebración de la fiesta de Todos los Santos. La himnografía correspondiente se encuentra en el libro Pentecostal (gr. πεντικοσταριον).[19] La Pascua viene a su vez preparada por una pre-cuaresma de tres semanas y una cuaresma — la Gran Cuaresma — de seis semanas, seguida de la Semana Santa. La himnografía propia se recoge en el libro de las Tres Odas (gr. τριωδιον).[20] La himnografía propia de los domingos y de los días feriales no festivos se alberga en el libro de los Ocho Tonos y consiste en una serie de 56 propios himnográficos, uno para cada día según un ciclo de ocho semanas.[21] El ciclo de las fiestas y memorias obligatorias comienza el 1 de septiembre (antiguo año nuevo bizantino) y se concluye el 31 de agosto. La himnografía se halla en los 12 libros mensuales (gr. μεναια) correspondientes.[22] Finalmente, un Reglamento (gr. τυπικον) dirime con exactitud todos los ciclos arriba mencionados.
            La acción litúrgica se desarrolla en una estructura en el que nada, al menos en apariencia, ha sido dejado al azar. De medianas dimensiones, tiene en su forma ideal tres ábsides. En el ábside mayor se halla el santuario, con el altar y la cátedra, y en los ábsides menores, a la derecha del altar el vano de la prothesis para la preparación de los dones, y a la izquierda el vano del diakonikón, donde se guardan libros y vestimentas litúrgicos. El iconostasio, un biombo adornado con iconos y provisto de tres arcadas que se corresponden con los tres ábsides, separa el santuario de la nave. La decoración iconográfica, que tiene como centro el iconostasio, se extiende por las paredes de la iglesia.
            Este sistema litúrgico, que hoy aparece como un todo armónico, es en realidad — como toda gran tradición litúrgica cristiana, sea ésta romana, siríaca u otra — un complejo palimpsesto en el que oraciones, himnos, gestos y arquitecturas diferentes, que a su vez reflejan épocas, teologías y sensibilidades diversas, han dejado testimonio de su paso y se han visto sometidos a continuas actualizaciones, es decir, reinterpretados en nuevas y singulares síntesis, en un proceso que ha durado alrededor de un milenio.

III. De la Liturgia de Bizancio a la Liturgia de Constantinopla (Siglos IV-V).

            Con la decisión, tomada en el año 324, de trasladar la ciudad imperial a la orilla del Bósforo, Constantino el Grande sella el destino, no sólo político, sino también religioso de la antigua Bizancio. La ciudad elegida es ciertamente importante por la posición estratégica que ocupa, pero eclesialmente hablando es sólo una sede sufragánea del metropolitano de Heraclea de Tracia. El obispo de Bizancio, Alejandro, estaba presente en la inauguración de la nueva capital, que tuvo lugar el 11 de mayo del 330.[23] En el 381 tiene lugar en ella el segundo concilio ecuménico, que en el canon 3 promueve la que por entonces se llama ya Constantinopla al segundo puesto en el orden de precedencia de las sedes principales, inmediatamente después de la Antigua Roma, en virtud de su condición de ciudad imperial.[24] Esta decisión se verá más tarde reafirmada en el célebre canon 28, en el 451. Éstos son los extremos cronológicos dentro de los cuales ha de situarse el nacimiento de una tradición específicamente constantinopolitana.
            El trasfondo litúrgico constantinopolitano es oriental, de procedencia siró-occidental y acentuadamente antioqueno, tal como se pone de manifiesto en la estructura de la celebración eucarística, en la tradición anafórica, en la iniciación cristiana y en la liturgia de las horas. Algunos de los obispos de la ciudad provenían de Antioquía, como Eudoxio y Evagrio y, en particular, Juan Crisóstomo, quien antes de ascender al episcopado en la ciudad imperial (398-404) había ejercido el ministerio presbiteral en Antioquía.[25] En su intensa producción homilética nos ha dejado un riquísimo material sobre la celebración eucarística. A grandes rasgos, la eucaristía seguía este esquema:

            1.  Liturgia de la Palabra
            a) Entrada en la iglesia del obispo con la asamblea.
            í) Saludo: ¡Paz a todos! ¡Y a tu espíritu!
            t) Lecturas: profeta (salmo responsorial), apóstol, evangelio.
            d)  Homilía.
            e)  Oración litánica y despedida de los catecúmenos.
f) Despedida de los penitentes.
            g) Oración litánica de los fieles.
            h) Saludo: ¡Paz a todos! / ¡Y a tu espíritu! y beso de paz.

            2.  Liturgia de la Eucaristía
            a)  Anáfora.
            b)  Saludo.
            e)  Padrenuestro.
            d)  Sancta sanctis.
            e)  Comunión.
f)  Despedida.

En cuanto a la anáfora, Robert Taft ha demostrado recientemente con sólidos argumentos que fue el mismo Crisóstomo el que, durante el episcopado constantinopolitano (397-407), manipuló en sentido antieunomiano l’urtext de la anáfora siríaca llamada “de los Apóstoles” y que todavía hoy está en uso, precisamente bajo el nombre del Padre “de la boca de oro.”[26] Según la tipología antioquena, la anáfora de Crisóstomo está estructurada en forma trinitaria, en la secuencia típica de los símbolos de la fe, desarrollada en clave soteriológica.
            También se remonta al tiempo de Juan la primera información que poseemos sobre la iniciación cristiana en Constantinopla. Según una “consolidada costumbre,” se desarrollaba durante la vigilia pascual, que incluía la proclamación de lecturas bíblicas.[27] La secuencia ritual de la iniciación era también de tipo siríaco y disponía una sola unción con el myron (crisma) antes de la inmersión bautismal. Este modelo de iniciación, sin una unción postbautismal vinculada al don del Espíritu, nos ha sido transmitido por diferentes autores al menos hasta el patriarca Proclo (446).[28]
            Poco sabemos del estadio inicial de la liturgia de las horas, aquellos “himnos de la mañana y de la noche” mencionados en la Historia Ecclesiástica de Sozomeno (439/450), pero del rito de catedral posterior, que disponía el canto de un solo salmo vespertino (140/141), podemos deducir que también en este sector se manifestaba la influencia antioquena.[29] Al mismo tiempo se desarrolla un sistema de liturgia procesional inicialmente concebida como oposición a los arríanos y destinada a constituir con el tiempo uno de los caracteres más específicos y llamativos de la liturgia de Constantinopla. En el contexto de la liturgia estacional hará su aparición por primera vez en el 438 el célebre himno trisaghion: ¡Santo es Dios, santo y fuerte, santo e inmortal! ¡Ten piedad de nosotros![30]
            Al contrario de lo que sostenía F. Probst, las familias litúrgicas o “ritos,” incluyendo el bizantino, no se configuran a consecuencia de un proceso de diversificación de un supuesto rito “apostólico” primitivo y único, que se habría difundido en los grandes centros de la antigüedad hasta el siglo IV.[31] La verdad es muy otra: entre los siglos V y VIII — como sostiene A. Baumstark — las diversas tradiciones locales se unifican en territorios dependientes de centros político-eclesiásticos litúrgicamente hegemónicos y constituidos en sedes patriarcales.[32] El centro impone la propia tradición. Al mismo tiempo se perfilan con mayor precisión y continúan desarrollándose los rasgos característicos de las diferentes tradiciones litúrgicas, no sólo en el aspecto ritual, sino también y sobre todo en aquello que constituye el espíritu propio de toda tradición. El rito bizantino, en cuanto rito de la capital del imperio romano de Oriente, encontrará en el protocolo de la corte una primera e indeleble caracterización.

IV. La Liturgia del Rey de la Gloria.

            La ascensión al trono de Justiniano I y su largo reinado (527-565) señala idealmente el comienzo de la que Roberto Taft ha llamado fase imperial del rito bizantino, que se prolonga, también idealmente, hasta la ocupación de Constantinopla por los francos (a. 1204).[33]
            El siglo VI es la época de la creciente ritualización y verbalización de los tres soft points de la celebración eucarística: 1) Antes de las lecturas bíblicas (entrada); 2) entre la liturgia de la Palabra y la anáfora (pre-anáfora); 3) en la comunión. Estos momentos, que en tiempos de Crisóstomo se realizaban todavía en silencio, adquieren y desarrollan una misma y simétrica estructura: procesión ritual que se acompaña del canto de un salmo y se cierra con una plegaria presidencial:[34]
            a)  Procesión de entrada en la iglesia del obispo con la asamblea; canto de un salmo (94 LXX) y oración de entrada.
               b)  Procesión para el traslado de los dones (pan y vino) al altar; canto de un salmo (23 LXX) y oración del Ofertorio.
               c)  Procesión para la comunión; canto de un salmo (33 LXX) y plegaria de acción de gracias/despedida.

Los tres salmos, cantados sin duda en forma responsorial con el Aleluya como estribillo, son “antifonalizados” en un segundo momento con el añadido de un estribillo (gr. τροπαριον), no ya de inspiración bíblica, sino de composición eclesiástica.[35] La procesión de entrada en la iglesia se enriquece con el célebre himno “Hijo unigénito,” del 535/536, atribuido al mismo Justiniano:

¡Oh Hijo unigénito y Verbo de Dios! Tú que eres inmortal, te dignaste, para salvarnos, tomar carne de la santa Madre de Dios y siempre Virgen María. Tú, Cristo Dios, sin sufrir cambio te hiciste hombre y, en la Cruz, con tu muerte venciste la muerte. Tú, Uno de la Santísima Trinidad, glorificado con el Padre y el Espíritu Santo, ¡sálvanos![36]
           
Para la procesión pre-anafórica de traslado de los dones, en el 573/574, bajo Justino II, se introduce el no menos célebre Tropáríon que todavía hoy se llama por su incipit “himno de los querubines”:

Nosotros, símbolo y figura de los Querubines, que cantamos el triple santo a la Trinidad, fuente de vida, despojémonos de todo afán temporal, pues vamos a recibir al Rey del universo, invisiblemente escoltado por legiones de ángeles. Aleluya.[37]

Más tarde, en el 624, en tiempos del patriarca de Constantinopla Sergio I (610-638), se añade, al final del salmo de comunión, entonces variable como también el salmo de entrada, el siguiente Troparion:
           
Llénese nuestra boca de tu alabanza, Señor, para cantar tu gloria, porque nos has admitido a participar de tus santos misterios. Consérvanos en tu santidad, meditando tu justicia todo el día. Aleluya.[38]
           
Repárese en cómo la liturgia asume una orientación decididamente **(cristologica)mitológica y didáctica, aspecto este último que se había iniciado ya con la introducción en el 515 del símbolo niceno-constantinopolitano (entonces exclusivamente bautismal).[39] La recitación del símbolo precede inmediatamente a la anáfora, sintética y original profesión de fe propia de la Eucaristía, pero que a partir de ahora se recita cada vez más en voz baja (gr. μυστικως) análogamente al posterior silentium canonis de la misa romana.
            La catedral de la Αγια Σοφια  — la divina Sabiduría —, inaugurada el 24 de diciembre del 537, verdadera dimensión espacial de la liturgia constantinopolitana, se presenta con un largo atrio destinado a albergar a cuantos tomaban parte en la procesión de entrada, un lugar en el que depositar los dones antes de la entrada (sacristía exterior o skeuophylákion), un nártex donde el clero saludaba a los dignatarios y recitaba la oración de entrada, y un elevado número de puertas para facilitar el ingreso de una gran muchedumbre. En el ábside, detrás del altar, había una cátedra muy elevada a fin de que el obispo pudiese ser visto durante la homilía, mientras que el ambón dominaba la nave central; el altar estaba situado fuera de la bóveda absidal y un bajo cancellum impedía el acceso — pero no la vista — al presbiterio.[40]
            Un edificio grandioso, de cuya singularidad era muy consciente Justiniano, hasta el punto de que, el día de la nueva consagración del templo (27 de diciembre del 537), pudo exclamar con orgullo:

            ¡Gloria y alabanza al Altísimo que me ha concedido, indigno de mí,
llevar a término semejante obra! ¡Salomón, yo te he superado![41]
           
Pero la importancia de Santa Sofía provenía de la esplendorosa visión que ofrecía su interior, perceptible ya en el De aedificíis (a. 554) del contemporáneo Procopio de Cesárea:

La iglesia supera la imaginación de cuantos la contemplan y la credulidad de cuantos oyen hablar de ella. Elevada a una altura increíble, cual nave fondeada, supera a todos los otros edificios y campea sobre la ciudad... Cuando uno entra en ella para orar advierte inmediatamente que no es producto de habilidad o de arte humano, sino obra divina, y, levantando la mente a Dios, se mueve ya en el cielo, dándose cuenta de que Dios no está lejos, sino que en singular manera goza ya de aquella sede que él mismo se ha preparado.[42]
           
Procopio anticipa el concepto cósmico de iglesia-cielo sobre la tierra, que encontramos más tarde reflejado en la oración que acompaña la procesión de entrada, al principio de la celebración:
           
Soberano Señor y Dios, que has dispuesto en los cielos órdenes y ejércitos de ángeles y arcángeles para la liturgia de tu gloria: haz que a nuestra entrada se asocie la de los santos ángeles, para que celebren con nosotros y con nosotros glorifiquen tu bondad.[43]
           
La liturgia es, pues, una concelebración entre cielo y tierra; los ángeles, liturgos de los cielos, se unen a los hombres en la celebración de la divina bondad. El cielo sobre la tierra es una manera de expresar el objeto principal de la liturgia cristiana, es decir la katábasis, la acción salvadora que se rearma en virtud de la bajada del Dios trascendente a la tierra. Sólo esta katábasis suya hace posible nuestra λειτουργια. Una visión que sorprende por su actualidad.[44]
            En esta perspectiva, sin embargo, la iglesia-edificio, que las letanías diaconales continúan llamando “santa casa,” viene a ser símbolo de los misterios que contiene, más que de la ekkksia que en ella se congrega. La impronta cristológica presente en los himnos de reciente introducción, una liturgia que ahora se envuelve con los esplendores de la corte, aunque puestos al servicio del Rey de la Gloria, y que se mueve en un ámbito vivenciado en clave cósmica, ha de ser necesariamente objeto, por la fuerza misma de las cosas, de una interpretación. La desintegración de una clara comprensión estructural de la acción litúrgica lleva a la composición del género de los comentarios.[45] La celebración eucarística, que es una representación al Padre de la obra redentora de Cristo, hecha actual por la acción del Espíritu Santo, se convierte en una representación para los fieles de la vida histórica del Salvador. Corresponderá a Máximo el Confesor, en su Mystagogia (628-630), proceder a la nueva interpretación.[46]
            Poco sabemos, en cambio, de otros aspectos de la liturgia de la capital en el siglo vi, a no ser que, en el 528, el Códice de Justiniano obliga al clero a celebrar todos los días las sinaxis nocturnas, matutinas y vespertinas.[47] Un manuscrito de 1088, publicado por el cardenal Pitra, atribuye al patriarca Antimo (depuesto en el 536) la distribución del pensum salmódico entre las Vísperas y los Maitines, pero la atribución no es críticamente demostrable.[48]

V. Entre las dos Crisis Iconoclastas.

            Roberto Taft, al establecer la periodización de la liturgia bizantina, sitúa dentro de la edad imperial un período de los tiempos oscuros comprendido entre los años 610 y 850, en los que tienen lugar las dos crisis iconoclastas (726-843), que dejarían en la liturgia huellas profundas e indelebles.[49] A esta segunda mitad del siglo VIII pertenece el más antiguo texto litúrgico bizantino que conocemos, el célebre códice Barberini gr. 336 de la Biblioteca Apostólica Vaticana.[50] El manuscrito contiene un eucologio (gr. ευχολογιον), o una colección ordenada de oraciones del celebrante (obispo o presbítero), a la zaga del sacramentarium romano.[51] Gracias a este precioso libro, proveniente de la Italia meridional bizantina, tenemos un panorama completo del culto en aquella época.
            En el códice encontramos tres formularios eucarísticos (de Basilio, Crisóstomo y de los Presantificados), y las oraciones para las sinaxis de la liturgia de las horas vísperas, vigilia, hora de medianoche, maitines, horas de (prima), tercia, sexta y nona, juntamente con la hora media (gr. τριτοεκτη) de Cuaresma. Hallamos también los rituales de la iniciación cristiana, las ordenaciones para los ministerios, los ritos matrimoniales, las plegarias de reconciliación y para los enfermos, con los ritos de iniciación monástica y un gran número de ritos y oraciones por diversas necesidades o vinculados a días particulares del año litúrgico. El redactor introduce también en el códice celebraciones típicas y exclusivas de la catedral bizantina, como la catequesis patriarcal a los candidatos al bautismo, la dedicación de una iglesia y, en particular, los ritos propios de la corte imperial de Bizancio.
            Pero no debemos caer en el error, como ya se ha dado el caso, de considerar el eucologio Barberini como un testimonio de la auténtica tradición litúrgica de Constantinopla. En él encontramos, en efecto, muchos elementos eucológicos que pertenecen a las tradiciones litúrgicas en lengua griega de los patriarcados calcedonenses de Alejandría y Jerusalén, trasplantados a Italia meridional por la emigración de la elite intelectual de Oriente, que en los siglos VI y VII huyó primero del movimiento monoteleta y más tarde de la invasión islámica.[52]
            El eucologio Barberini atestigua, ante todo, la existencia de un “principio antológico” de evolución, no sólo del eucologio, sino también de los otros libros litúrgicos. Las liturgias ortodoxas de Oriente no son en este momento los compartimentos estancos en que luego vinieron a convertirse; al contrario, había un continuo intercambio y mutua influencia entre las tradiciones litúrgicas. La rúbrica “otra plegaria,” que con tanta frecuencia se encuentra en los eucologios de periferia, es casi siempre señal de la asunción de material eucológico por otra tradición ortodoxa no bizantina.[53]
            La tendencia a la verbaligación, ya observada en la época imperial, se acentúa en términos clericales con la aparición de apologías, oraciones dirigidas en general a Cristo, en las que el celebrante se declara incapaz y pecador y ora por sí mismo invocando el auxilio divino.[54] A su vez, la procesión estacional que eventualmente podía preceder a la liturgia de la Palabra, llegó muy pronto a fundirse con ésta, como era previsible, de tal modo que la liturgia de la Palabra terminó por asumir de manera estable elementos de la procesión estacional, incluso cuando ésta no estaba prevista (oficio de las tres antífonas).[55] Aparecen, pues, rasgos netamente regresivos: clericalización y, como lógica consecuencia, atrofia de estructuras litúrgicas, incapaces de adaptarse a nuevas situaciones. Pero esto no quiere decir que no se dieran cambios; tales cambios seguirán una vía totalmente bizantina, transformando una vez más la interpretación.
            Esta será la gran novedad en vísperas de la querella iconoclasta. Con el comentario titulado Historia eclesiástica y contemplación mística, comúnmente atribuido al patriarca Germano I (ca.730), la interpretación cósmica sintetizada por Máximo el Confesor se hace descriptiva, casi pictórica. La liturgia es narración figurativa y representación (historia) de la economía salvífica a través del desarrollo de la celebración. Germano recupera una lectura oriental del acontecimiento litúrgico, uno de cuyos exponentes más cualificados es Teodoro de Mopsuestia (+ 428). Han transcurrido apenas cien años de la Mystagogia de Máximo y ya nos hallamos muy lejos de su interpretación histórico-anamnética.[56]

VI. De la Catedral al Monasterio y Viceversa.

            Al final de la querella iconoclasta (a.843) es el monaquismo el que sale victorioso; a su influencia se debe, en gran parte, la renovación del culto a las imágenes. Ya en el 799, el célebre monje Teodoro, apoyado por los iconodulos, se traslada con un puñado de discípulos de Sakkoudin, en Bitinia, a Constantinopla, donde restaura el monasterio de San Juan Bautista de Estudios, razón por la cual recibirá el sobrenombre de Estudita. Poco sabemos sobre el monaquismo y sobre la liturgia monástica en Constantinopla antes de los Estuditas, a no ser que a los monjes se les llamaba “acemitas” (literalmente, los que no duermen), con motivo del culto perpetuo al que estaban consagrados. Teodoro introduce en su fundación la oración horaria de Palestina según el Hórologhion (Libro de Horas) del monasterio de Mar Saba;[57] y bajo su nombre se nos ha transmitido un reglamento o Hypotyposis, que en realidad se debe a sus inmediatos discípulos y cuyos más antiguos manuscritos, provenientes de la Italia Meridional,[58] se remontan a la segunda mitad del siglo X. Las numerosas instrucciones litúrgicas que en él se contienen remiten inequívocamente a la tradición monástica palestinense. Teodoro Estudita compuso numerosos cánones himnográficos, pero en ningún caso puede ser considerado propiamente un “reformador” de la liturgia. Más bien inaugura un período — la época estudita — que será precursor de grandes cambios y reformas.[59]
            Tres son los documentos fundamentales para el conocimiento de la liturgia constantinopolitana de tipo catedralicio entre los siglos IX y XI. En primer lugar ha de mencionarse el así llamado Typikón de la “gran iglesia,” un sinaxario o colección de notitiae hagiográficas para cada día del año, con informaciones precisas sobre la liturgia estacional y rúbricas también para la pre-cuaresma, la cuaresma y el tiempo pascual.[60] Se ha transmitido en dos manuscritos: Patmos 266, cuyo contenido puede datarse en el siglo IX/X,[61] y Gerusalemme Haghios Stauros 40, del siglo X.[62] El segundo documento es el eucologio del presbítero Strategios, escrito en Constantinopla, el actual códice Coislin 213 de la Biblioteca Nacional de París.[63] La celebración eucarística patriarcal, en cambio, se halla minuciosamente descrita en una Diátaxis (ordenamiento de rúbricas) del siglo XII, ahora en la British Library de Londres.[64]
            Estas fuentes están profundamente marcadas por el arraigo estacional de la liturgia. Las sencillas procesiones del tiempo de Crisóstomo se han organizado en un complejo sistema estacional que interesaba a decenas de iglesias, monasterios y santuarios urbanos. La procesión estacional se convierte en el clásico modo constantinopolitano de solemnizar festividades religiosas y celebraciones civiles, desde Año Nuevo (1 de septiembre) a aniversarios de particular relevancia social (epidemias, invasiones, victorias).[65]
            La liturgia catedralicia no tardará en relacionarse con el monasterio de Estudios, determinando un intercambio recíproco de tradiciones. La catedral acoge de los estuditas algunos elementos himnográficos, como los largos estribillos que en el rezo de vísperas han de intercalarse entre los versículos del Salmo 140, y el monasterio acepta de la catedral el modo de ejecutar la salmodia, que ya no se recita, sino que se canta.[66] Mientras tanto, entre los siglos IX y XI, la himnografía de importación palestinense y jerosolimitana se organiza en Estudios en antologías temáticas, y así tenemos el Triodion, con la himnografía para la pre-cuaresma y la cuaresma; el Pentékostarion, con la himnografía de Pascua para el domingo después de Pentecostés; el Októechos o “libro de los ocho tonos” para el domingo y los días feriales, y los Menaia o libros mensuales con la himnografía para las fiestas y las memorias obligatorias. Desde este momento, la liturgia se convierte en un quehacer extremadamente complicado, de manera que, para garantizar una celebración correcta de las rúbricas, se hace necesario un nuevo libro que prevea, con talmúdica exactitud, todos los posibles casos de ocurrencia y concurrencia entre ciclo del tiempo, mensual, cotidiano y dominical. Este libro se llama regla, o Typikon. Planteadas así las cosas, es inevitable que la liturgia se convierta en función exclusiva de los clérigos.
            La adopción en el ámbito constantinopolitano de la himnografía palestinense y jerosolimitana — oriental, por lo tanto — produjo importantes modificaciones en la estructura del año litúrgico e influyó no poco en el “espíritu” mismo del rito bizantino. Veamos por qué. Ante todo, la himnografia para los domingos de cuaresma comenta líricamente la perícopa evangélica del día según el leccionario de Jerusalén, y no de Constantinopla, produciendo así un hiato temático;[67] en segundo lugar, el calendario se llena de períodos pre y posfestivos, un poco como las “octavas” del rito romano anterior al Vaticano II, que aplicadas a la Ascensión y a Pentecostés oscurecen la fisonomía sacral de los cincuenta días pentecostales, cuya solemne conclusión, con el retorno a la oración de rodillas, tenía lugar en el domingo octavo. Proviene igualmente de Palestina la costumbre de considerar cada uno de los días de la semana como especialmente dedicado a un santo particular o categorías de santos.[68] Incluso el fuerte acento resurreccional del domingo, que se considera en general típico del rito de Constantinopla, procede en realidad de Jerusalén.
            A partir del siglo IX asistimos a un recíproco influjo entre los rituales catedralicios: Constantinopla asume de Jerusalén, a veces no sin particulares reelaboraciones, la lectura de una perícopa evangélica en los maitines de los domingos y de las fiestas, el lavatorio de los pies en el Jueves Santo, y la celebración de la vigilia del Viernes Santo.[69] Los salterios para la liturgia de las horas se copian de manera que la distribución tenga en cuenta el pensum tanto de la tradición de Constantinopla como de la de Jerusalén.[70] En la liturgia de las horas, sobre todo en las exprovincias itálicas y en Oriente Próximo, se instaura incluso un verdadero “biritualismo,” puntualmente regulado por rúbricas, entre rito haghiopolítés (Jerusalén) y rito ekklésiastés (Constantinopla). Las dos tradiciones se influyen mutuamente, hasta que Jerusalén acaba por sucumbir, con la destrucción en 1009 de la basílica de la Anástasis por el califa al-Hakim.
            Al mismo tiempo los patriarcados calcedonenses de Alejandría y Antioquía, llamados también melquitas, numéricamente débiles, pierden las respectivas tradiciones litúrgicas locales para adoptar, más o menos espontáneamente, el rito bizantino. El axioma de la lex credendi/lex supplicandi o, si se quiere, de la ορθοδοξια, exige, en efecto, que la adhesión a la cristología ortodoxa profesada por el emperador bizantino conlleve también la adopción del rito litúrgico de la capital, como suprema y plena expresión de la ortodoxia doctrinal.[71] Paradójicamente es éste el mismo criterio que algunos siglos después adoptarán los normandos a propósito de la latinización en la Italia meridional bizantina.[72] Muchas oraciones locales no desaparecen del todo, sino que se sedimentan en los eucologios bizantinos copiados en Oriente Próximo como fórmulas alternativas o yuxtapuestas a la plegaria eucológica de Bizancio.
            Otro importante cambio ocurrido en el siglo IX se refiere a la revisión textual del eucologio de la capital, prácticamente concluida en el curso de un siglo. El formulario eucarístico de Crisóstomo se prefiere al formulario atribuido a Basilio de Cesárea, que queda reservado a la Cuaresma y a algunas fiestas.[73]
            Como es natural, la arquitectura se adapta a la nueva liturgia. La iglesia posticonoclasta carece de atrio y presenta entradas reducidas, con un presbiterio de tres ábsides y con cancela, sin local exterior de servicio, puesto que los dones se preparan en el ábside lateral de la izquierda (noreste), y sin ambón central. El altar, originariamente situado en el centro del transepto, se traslada al interior del ábside, mientras que los frescos ocupan todo el espacio disponible.[74]
            La teología litúrgica que se expresa en los comentarios enfatiza la visión de Germano, haciéndose cada vez más descriptiva y atenida a la historia. El rito originario y simple de selección-presentación del pan y del vino antes de la liturgia — la prothesis — conoce un notable desarrollo simbólico en el signo del Cristo-cordero sacrificial inmolado por la vida del mundo. El pan destinado a la Eucaristía viene a ser el cuerpo muerto de Cristo que el Espíritu, invocado en la epíclesis anafórica, resucita en cierto modo.[75]
            También la historia del Triduo pascual demuestra cómo se deja discretamente de lado la antigua visión anamnética, mientras que los ritos asumen un aspecto dramático.[76] Si la comparación es lícita, se puede afirmar sin ambages que la mentalidad ritual de Palestina tuvo sobre Constantinopla los mismos efectos que produjo sobre el rito romano el choque con la mentalidad germánica. Asistimos a la definitiva “victoria de la devoción popular monástica sobre una vivencia de la liturgia más espiritual y simbólica.”[77]
            En esta compleja tensión, que se prolonga por espacio de más de dos siglos, entre catedrales y monasterios, entre romanitas imperial constantinopolitana y tradiciones litúrgicas del Oriente Próximo cristiano, entre dimensión anamnésica del culto e inclinación a la representación mimético-dramática, viene por fin a estructurarse lo que hoy llamamos comúnmente “rito bizantino.” Aquí encontramos la base y la inspiración y los modelos del “espíritu” que caracteriza en gran parte el culto de la Ortodoxia y los edificios donde ese culto se desarrolla. Sería un error, sin embargo, imaginar una tradición litúrgica única, monolítica y universalmente difundida. El mismo Typikón de Estudios, que se difundió rápidamente entre los eslavos meridionales, en Moscovia, en la Italia meridional, en Georgia y en el Monte Athos, conoce tantas versiones como lugares, iglesias y monasterios, determinando así un fecundo pluralismo.[78]

VII. La Segunda Victoria de los Monjes: el Retorno al Rito de Mar Saba.

            Durante casi cuarenta años, la vida litúrgica de Santa Sofía sufrió un verdadero decaimiento. A raíz de la ocupación de Constantinopla por parte de los francos en 1204, a consecuencia de la II Cruzada, el patriarca ortodoxo fue depuesto y sustituido por el veneciano Tommaso Morosini, que celebrará en Santa Sofía según el rito romano hasta 1261. Mientras tanto, el emperador bizantino Alejo V, otro de los protagonistas de la liturgia de la capital, se refugia en Nicea. De ello se sigue que, al volver a sus respectivas sedes el emperador y el patriarca, no se reanuda la celebración de la liturgia estacional, expresión peculiar y característica del culto cristiano en Bizancio. Una vez más nos sale espontáneamente al paso el paralelismo con la historia del rito romano. En efecto, también en Roma entra en franca decadencia la liturgia estacional con el paréntesis de Aviñón, y ya no se renueva cuando el Papa vuelve a la Urbe.
            Como en tiempos de la iconoclastia y de la inmediata posticonoclastia, el monaquismo será una vez más protagonista absoluto, punto de referencia autorizado para la población ortodoxa y guardián de la identidad étnico-religiosa. Esta coyuntura favoreció una difusión cada vez más capilar del rito monástico, aunque alejado ya de los modelos celebrativos de los estuditas. En efecto, ya desde el siglo XII se observa en la misma Constantinopla una tendencia a asimilar de nuevo el rito de los monasterios de Palestina, en particular el de la laura de Mar Saba. Hay ya influjos evidentes en el Typikón del monasterio constantinopolitano de Everghetis y, fuera de la capital, en el Typikón del monasterio Ítalo-griego de San Nicolás de Casóle, cerca de Otranto (a.1174).[79]
            La nueva síntesis sabaíta que se recoge en el Typikón llamado de San Saba, cuyos primeros manuscritos se remontan al siglo XII, se caracteriza por la adopción de la agrypnia — la larga y compleja vigilia que se tiene en la noche del sábado al domingo y en la vigilia de las principales fiestas —, de horas suplementarias (mesóría) que se añaden al curso normal de la liturgia de las horas, y de un pensum salmódico más denso en los maitines. Como es natural, en los ambientes monásticos se acentúa el aspecto contemplativo por encima del propiamente celebrativo. El laboratorio de la reinterpretación definitiva del reglamento litúrgico estudita es el Monte Athos. Aquí, antes de 1347, Piloteo Kokkinos, hegúmeno de la gran laura del Monte Athos, después metropolitano de Heraclea y finalmente patriarca ecuménico (1353-1355 y 1364-1376), compila una célebre Diataxis o Reglamento para la celebración de la agrypnía de Mar Saba y una mucho más célebre Diataxis que fija el conjunto de rúbricas de la divina liturgia eucarística.[80]
            Ambas Diataxeis alcanzan, aunque no inmediatamente, una amplísima difusión. Aparte de la autoridad que las otorga su ilustre redactor, una de las razones de tan fulgurante éxito ha de atribuirse a la fuerte impronta de actualidad de tales reglamentos litúrgicos. Éstos sintonizaban con el movimiento palamita, hasta el punto de reflejarlo plenamente; no en vano Piloteo Kokkinos había sido discípulo de Gregorio Palamás. Puede decirse que la legislación rubricista de Piloteo constituye el manifiesto litúrgico del hesicasmo palamita. De nuevo puede plantearse un sorprendente paralelo con la historia de la liturgia romana. Como le ocurrió a esta última en relación a la Escolástica tardía, así también la liturgia ortodoxa queda desde ahora vinculada a un solo sistema teológico: el palamismo.
            El patriarca búlgaro Eutimio de T’rnovo (1375-1393) y Cipriano, metropolita de Moscú (1381-1382 y 1390-1406), traducen al eslavo la Diataxis para la liturgia del patriarca Piloteo, de quien Eutimio era discípulo. También se remonta a la misma época la traducción eslava del Typikón de Mar Saba, el cual, sin embargo, se adoptará oficialmente sólo un siglo más tarde: en 1429 en la laura de la Trinidad y San Sergio, cerca de Moscú; en 1441 en Novgorod y en 1494 en Solovki. Esta nueva síntesis, que Roberto Taft llama “neo-sabaíta” para distinguirla de la que se llevó a cabo en el siglo IX por los estuditas,[81] entra también en las iglesias seculares, e incluso la corte constantinopolitana se adapta al nuevo rito, mientras que la tradición estudita sólo se mantiene en vigor en los monasterios impropiamente llamados “basilianos” de la Italia meridional.
            La síntesis monástica neo-sabaíta determina y fija, entre los siglos XIV y XV, la fisonomía espiritual de la liturgia ortodoxa, hecha de repetidas postraciones, vigilias y multiplicados Kyrie eleison. Al mismo tiempo se agudiza el sentido de la transitoriedad de la existencia; con frecuencia, los mismos soberanos visten gustosos el hábito monacal, y el monaquismo se eleva a estado **paradigmático del cristianismo. Si es cierto, como escribió el escritor ruso Gogol, que “toda Rusia es un gran monasterio,” la historia de la liturgia puede contribuir a explicar el porqué.

VIII. Los Tiempos Modernos.

            Con la caída de Constantinopla en manos de los turcos el 29 de mayo de 1453, el Patriarcado ecuménico pierde la catedral de la Divina Sofía, durante tantos años dimensión espacial de la liturgia bizantina. El acontecimiento interrumpe el desarrollo normal de la vida litúrgica y, al tiempo, establece las premisas de un cierto inmovilismo ritual. Pero el factor que por encima de cualquier otro viene a condicionar en la edad moderna la evolución de la tradición litúrgica bizantina fue, sin duda, la aparición de la imprenta, ya que entre 1522 y 1545 las tipografías venecianas publicaron la serie entera de los libros litúrgicos de la Ortodoxia.[82] Los manuscritos entregados a la imprenta reflejan naturalmente la recensión neo-sabaíta, con las variantes locales típicas del Mediterráneo griego. Así, sólo por poner un ejemplo, las ritos matrimoniales de las Iglesias ortodoxas hoy en vigor tienen muy poco que ver con el ritual “bizantino” o constantinopolitano del matrimonio.[83] Podemos incluso decir que hoy — hablando desde un punto de vista científico — la liturgia ortodoxa se presenta exclusivamente en la forma de sólo una de sus variantes provinciales.
            La editio princeps de los tres formularios eucarísticos bizantinos vio la luz en 1526. Por expreso deseo del papa Clemente VIII, no se publicó en Venecia, sino en Roma. El principal responsable de este libro, tan famoso como actualmente raro, fue el cretense Demetrios Doukas.[84] No conocemos las fuentes que Doukas utilizó para su obra, que aún está por estudiar en su casi totalidad. Es opinión generalizada, sin embargo, que representa, más bien, una compilación elaborada en el escritorio, más que la expresión de una concreta tradición local.[85] Como textos manuscritos a él contemporáneos y aun anteriores, en la edición de Doukas las directrices rubricistas se toman directamente de la Diataxis compuesta en Athos por Piloteo Kokkinos. En apéndice, Doukas reproduce la Mystike Theoría atribuida a Germano de Constantinopla. Y así, esta obra no sólo asegurará la uniformidad textual y ceremonial, sino también de interpretación. En cierto sentido, la edición fue para la Ortodoxia lo que el Concilio de Trento (1545-1563) representó para el Catolicismo romano.
            La Contrarreforma católica jugó un papel sorprendentemente positivo con relación a los estudios litúrgicos bizantinos; más aún, fue ella la que prácticamente les dio comienzo, si bien en clave apologética. Ya durante las sesiones del Concilio de Trento se hizo un amplio uso de la Explicacion de la Divina Liturgia de Nicolás Cabásilas. El hecho es que los apologistas católicos buscaban argumentos válidos que pudieran oponer a los reformadores, en particular respecto a los diferentes aspectos de la doctrina eucarística. Ésta es la razón de que se publiquen o se traduzcan fuentes de primera importancia, como la Misa Treverense (anterior a 1030) por parte del dominico Ambrosio Pelargo (Storch; 1493-1561),[86] la liturgia de san Basilio por Juan Cocleo (Dobenek)[87] y más tarde por Jorge Witzel (1501- 1573),[88] hasta la desafortunada versión de la liturgia de san Juan Crisóstomo editada por Erasmo de Rotterdam (1466-1536)[89] y la antología de liturgias en lengua griega del Oriente cristiano, publicada por Juan de Saint-André (1525-1591).[90]
            El interés por la liturgia bizantina continúa en el siglo siguiente con los greco-católicos Pedro Arcudio (1562/3-1633) y León Allaci (1586-1669), cuya argumentación apologética se dirige a sus excorreligionarios ortodoxos. Este interés se orienta por vías más estrictamente científicas con la obra de tres franceses: el oratoriano Juan Morin (1591-1659),con dos monografías sobre la confesión y las ordenaciones,[91] el dominico Jacques Goar (1601-1653), con su monumental edición del **EúxoXóyiov griego,[92] e Isaac Habert (+ 1668), que publicó el Pontifical.[93]
            La adopción en Rusia, en 1651, de los libros litúrgicos publicados en Venecia, con la consiguiente revisión de las rúbricas y del texto de los libros hasta entonces en uso, desencadena el movimiento llamado de los Viejos ritualistas. Lo encabeza el arcipreste Avvakum, que exige fidelidad a la recensión bizantino-rusa hasta entonces practicada. Por desgracia, como suele ocurrir, las divergencias rubricistas vinieron a convertirse en ocasión de contestación dogmática, prontamente ahogada en sangre. El mismo Avvakum halló la muerte en la hoguera.[94] Pero la historia de la liturgia de Rusia continúa. En el siglo XVII se producirá, a través del metropolitano de Kiev Pedro Mohila, un claro influjo de la Escolástica tardía, en particular en la concelebración, en la confesión y en los ritos matrimoniales. En las ediciones de los libros venecianos en lengua griega (confesión) realizadas en el diecisiete se advierten también influencias romanas, a través de la compilación de Jacques Goar.[95]
            En 1838, el Patriarcado ecuménico decreta, por motivos pastorales, una revisión del Typikon de San Saba, publicando un Typikon de la gran Iglesia. El título podría inducir a error. No se trata, en realidad, de una recuperación de la tradición secular-parroquial, sino sólo de una significativa reducción dél pondus de las distintas celebraciones, es decir, de una simplificación, más que de una reforma. La revisión tuvo una favorable acogida, a juzgar por las numerosas reediciones de que fue objeto (1851, 1868 y 1884). En 1888 se llevó a cabo una nueva revisión, que es la que está en vigor actualmente en el Patriarcado ecuménico y en las iglesias seculares de Grecia, Rumania, Bulgaria y Albania. Las Iglesias de Rusia y de Serbia continúan observando más o menos íntegramente el Typikon de San Saba.[96]


Bibliografía.

Bibliografía general: J. M. SAUGET, Bibliographie des Liturgies Orientales, 1900-1960 (Roma 1962); S. JANERAS, Bibliografía sulle Liturgie Orientali, 1961-1967 (Roma 1969); R. TAFT, Selected Bibliography on the Byzantine Liturgy of the Hours: Orientalia Christiana Periódica 48 (1982) 358-404.
Bibliografías razonadas: O. HEIMING, Orientalische Liturgie seit dem 4. Jahrhundert [1935-1949]: Archiv für Limrgiewissenschaft 1 (1950) 354-396; [1950-1951], ibid., 3 (1953-1954) 367-420; [1952-1954], ibid., 5 (1957-1958) 104-136; [1955-1960], ibid., 7 (1961) 233-266; [1961-1967], 11 (1969) 327-344; O. HEIMING-H. BRAKMANN, Einzelbesprechungen, ibid., 16 (1974) 576-585: H. BRAKMANN, Einzelbesprechungen, ibid., 17-18 (1975-1976) 424-429; H. BRAKMANN-W. CRAMER, Zu den Liturgien des chrístlichen Ostens, ibid., 19 (1978) 193-219; H. BRAKMANN, Zu den Liturgien des chrístlichen Ostens, ibid., 24 (1982) 377-410; H. BRAKMANN, Der Gottesdienst der ostlichen Kinhen, ibid., 30 (1988) 303-410.
Bibliografías corrientes: Byzantinische Zeitschrift; Byzantinoslavica.



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CE, 2005.


[1] Capitula Celestini (J. D. MANSI, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio, IV (Florencia 1760 [París 1901]) 461.
[2] The Russian Primary Chronicle, traducido y editado por S. H. CROSS y O. P. SHERBOWITZ-WETZOR (Cambridge, Mass., s.d.) 110-111.
[3] Mensuel. Service Oecuménique de Presse et d’lnformation, 10 (abril 1975) 7.
[4] R. F. TAFT, “Russian Liturgy - A Mirror of the Russian Soul,” en Studi albanologici, balcanici, bizantini ed orientali in onore di Giuseppe Valentini, S.J. (Studi albanesi, studi e testi 6; Florencia 1986) 413-435.
[5] G. WINKLER, “The Achievements of the Pontifical Oriental Insritute in the Study of Oriental Liturgiology,” en R. F. TAFT y J. L. DUGAN (ed.), U 75. annivenario del Pontificio Istituto Oriéntale. Atti delle celebrazioni giubilari 15-17 ottobre 1992: OrChrA 244 (1994) 115-141.
[6] La síntesis de los resultados puede verse en el breve estudio de R. F. TAFT, The Byzantine Rite. A Short History (Collegeville MN, 1992; en francés: Le Rite Byzantin. Bref historique [París 1996]), del que depende en gran parte la presente colaboración.
[7] Véase el primer capítulo de V. PERI, Chiesa Romana e “rito”greco. G. A. Santóro e la Congregazyone dei Greci (1566-1596): Testi e Ricerche di Scienze Religiose 9 (Brescia 1975).
[8] E. KOVALEVSKY, Orthodoxie en Occident. Renaissance d’une Église locale (París 1990).
[9] P.ej., J. MEYENDORFF, La teología bizantina. Sviluppi storici e temí dottrinali (Cásale Monferrato 1984). Al contrario, el griego ‘**(Tesalónica 51975) 37-39, 170, 191, 217, 266, considera que el término “bizantino” es un “nombre ridiculo” procedente de la historiografía occidental. Tomo la cita de Romanidis de Y. SPITERIS, La teología ortodossa neo-greca (Bolonia 1992) 222 n.27.
[10] V. PERI, Chiesa Romana e “rito” greco. G. A. Santón e la Congregazione deí Greci (1566-1596): Testi e Ricerche di Scienze Religiose 9 (Brescia 1975).
[11] Cf. el par. 1 del Decreto Oríentalium Ecclesiarum sobre las Iglesias Orientales Católicas: De ecclesiis particularibus seu ritus.
[12] Véase el capítulo tercero de la obra de M. KUNZLER, La Liturgia della Chiesa: Amateca 10 (Milán 1996) 51-62, en particular 52, y la bibliografía allí citada.
[13] Ha de evitarse, por obsoleta e inexacta, la distinción entre “Liturgia de los catecúmenos” y “Liturgia de los fieles.”
[14] Cf. La Divina Liturgia de nuestro Padre San Juan Crisóstomo (Roma 1964; en adelante: Divina Liturgia).
[15] Entre las muchas traducciones disponibles remito a las publicadas por el Arcediano Denis (= Denis Guiñaume), Hiératikon, tomo 2: Les divines Liturgies (Roma 1986) y Grande Euchologe et Arkhiératikon (Parma 1992) 604-680.
[16] Para los correspondientes textos véase Archidiacre Denis, Grande Euchologe et Arkhiératikon, o también los fascículos: Bápteme (Roma 1979); Mariage (Roma 1979); Rituel de la Profession Monastique (Roma 1981);
Funérailles (Roma 1979); Confession et Communion (Roma 1983); Sacrement de l’Huile Sainte et prieres pour les malades (Roma 1985).
[17] Archidiacre Denis, Evangéliaire byzantin (Roma 1980) y Apotre (Parma 1996).
[18] Archidiacre Denis, Grand Livre d’Heures (Roma 1989); La Priere des Heures **: La Priere des Églises de rite byzantin 3 (Chevetogne 1975).
[19] Archidiacre Denis, Pentecostaire, I-II (Roma 1978).
[20] Archidiacre Denis, Tríade de Careme, I-III (Roma 1978).
[21] Archidiacre Denis, Paraclitique ou Grand Octoéque, I-I (Roma 1977-1979).
[22] Archidiacre Denis, Septembre-Aout, I-XII (Roma 1981-1986).
[23] G. FEDALTO, Hierarchia Eclesiástica Orientalis. I: Patriarchatus Constantinopolitanus (Padua 1988) 3.
[24] Repárese en que no se hace mención alguna de una posible fundación de la sede bizantina por parte del apóstol Andrés, leyenda que se difundió con posterioridad al siglo ix. Cf. F. DVORNIK, The Idea of Apostolicity in Byzantium and the legend of the Apostle Andrew: Dumbarton Oaks Studies 4 (Cambridge, Mass. 1958).
[25] Es fundamental la investigación de F. VAN DE PAVERD, Zur Geschichte der Messliturgie in Antiocheia und Konstantinopel gegen Enden des vierten Jahrhunderts. Analyse der Quellen bei Johannes Chrysostomos: OrChrA 187 (1970).
[26] R. F. TAFT, The Authenticity of the Chrysostom Anaphora Revised. Determining the Authorship of Liturgical Texts by Computer: Orientalia Christiana Periódica 56 (1990) 5-51.
[27] La información se refiere a la Pascua del 404. A.-M. MALINGREY, con la colaboración de PH. LECLERCQ (ed.), Palladios, Dialogue sur la vie de Jean Cbrisostome, I (Sources Chrétiennes 341; París 1988) 196.
[28] J. LEROY, L’homiletique de Proclus de Constantinople (Studi e Testi 247; Cittá del Vaticano 1967) 188-194, 224-225, 237-251; S. JANERAS, La predicació pasqual i baptismal de Procle de Constantinople: Revista Catalana de Teología 5 (1980) 131-151; S. Voicu, Textes peu connus concernant l’onction prébaptismale: Irén 64 (1991) 468-482, esp. 470-473. Véase también: S. BROCK, “The Transition to a Post-Baptismal Anointing in the Antiochene Rite,” en B. D. SPINKS (ed.), The Sacrifice of Praise. Studies on the Themes of Thanksgiving and Redemption in the Central Prayers of the Eucharistic and Baptismal Liturgies. In Honour of Arthur Hubert Couratín (Bibliotheca Ephemerides Liturgicae, Subsidia 19; Roma 1981) 215-225.
[29] Ver R. F. TAFT, La Liturgia delle Ore in Oriente e in Occidente. Le origini dell'Ufficio Divino e il suo significato oggi (Testi di teología 4; Cinisello Balsamo 1988) 75.
[30] J. F. BALDOVIN, The Urban Character of Christian Worship. The Origins, Development, and Meaning of Stational Liturgi: OrChrA 228 (1987) 181-189.
[31] F. PROBST, Liturgie der drei ersten christlichen jahrhunderte (Tubinga 1870); Liturgie des 4. Jahrbunderts und deren Reform (Münster 1892).
[32] A. BAUMSTARK, Liturgie comparée. Principes et méthodes pour 1’étude historique des liturgies chrítiennes, 3.” ed. revisada por B. BOTTE (Chevetogne-París 1953).
[33] R. TAFT, Short History, p.18.
[34] R. TAFT, How Liturgies Grow. The Evolution of the Byzantine “Divine Liturgy”: Orientalia Christiana Periódica 43 (1977) 355-378. Sobre el método véase ID., The Structural Analisis of Litúrgical Units: an Essay in Methodology: Worship 52 (1978) 314-329. Los dos ensayos constituyen los cap. 10 y 11 de la recopilación de R. TAFT,
Beyond East and West. Problems in Liturgical Understanding (Washington DC 1984) 151-192.
[35] Sobre los diferentes géneros de salmodia véase J. MATEOS, La célébration de la Paróle dans la Liturgie byzantine. Etude historique: OrChrA 191 (1971) 7-26.
[36] Divina Liturgia, 21.
[37] Ibid., 32.
[38] Cf. ibid., 53.
[39] Para una visión de conjunto de los ritos anafóricos véase R. F. TAFT, The Great Entrance. A History ofthe Transfer of Gifts and other Preanaphoral Rites of the Liturgy of St. John Chrysostom: OrChrA 200 (21978).
[40] T. F. MATHEWS, The Early Churches of Constantinople: Architecture and Liturgy (University Park and London 1971).
[41] T. PERGER (ed.), Anonymi narratio de aedificatione templi S. Sophiae (Scriptores originum constantínopolitanorum 1; Leipzig 1901) 105.
[42] J. HAURY - G. WIRTH (eds.), Procopii Caesariensis opera omnia (Leipzig 1964) 6, 10, 14.
[43] Divina Liturgia, 23.
[44] Cf. G. WAINWRIGHT, Der Gottesdient als “Locus Theologicus,” oder Der Gottesdienst als Quelle und Thema der Liturgie: Kerygma und Dogma 28(1982) 249.
[45] R. BORNERT, Les cemmentaires byzantins de la Divine Liturgie du VII au XV sicle: Archives de l’Orient chrétien 9 (París 1966).
[46] PG 91,657ss.
[47] I, III, 42, 24 (10), ed. P. KRÜGER, Corpus Iurís Civilis II (Berlín 1900) 28.
[48] Es el Vaticano gr. 342, ed. J.-B. PITRA, Juris ecclesiasticí Graecorum historia et monumenta II (Roma 1868) 209.
[49] R. TAFT, Short History, 42-51.
[50] S. PARENTI - E. VELKOVSKA (ed.), L'eucologio Barberini gr. 136: Bibliotheca Ephemerides Liturgicae, Subsidia 80 (Roma 1995).
[51] S. PAPENTI, “Euchologion,” en Lexicón fur Theologie und Kirche, col.976.
[52] Una síntesis histórica con bibliografía en A. JACOB - J.-M. MARTIN, “L’Eglise grecque en Italie (v. 650-v. 1050),” en AA. W., Histoire du Christianisme des origines a nos jours, tome IV: Evéques, moines et empereurs (610-1054; París 1993).
[53] S. PARENTI, Schemi di evoluzione ed accrescimento dell’cucologio bizantino, en preparación.
[54] 54 Ejemplos en PARENTI-VELKOVSKA, L’eucologio Barberini gr. 336, n.12, 19, 40, 122, 128.
[55] MATEOS, La célébration de la Parole, p.34-45.
[56] H.-J. SCHULZ, The Bizantine Liturgy. Simbolic Structure and Faith Expression. English edJtian introduced and reviewed by Robert Taft, SJ (Nueva York 1986) 67-76, 184-188.
[57] El ejemplar más antiguo ha sido publicado por J. MATEOS, “Un Horologion inédit de Saint-Sabas. Le Codex sinaítique grec 863 (IXe siécle),” en Melanges Eugene Tisserant. III: Orient chrétien: Studi e Testi 233 (Ciudad del Vaticano 1964) 47-76.
[58] Cf. S. PARENTI, Un capitolo della Hypotyposis di Teodoro di Stoudios in due triodia di Grottaferrata dell’XI/XII secólo: Ecclesia Orans 13 (1996) 87-94 (con bibliografía anterior).
[59] R. TAFT, Short Histori, p.52-66.
[60] Sobre el sinaxario véanse las nuevas y originales contribuciones de A. Luzzi, Studi sul sinassario di Constantinopoli:Tesúe studi bizantino-neoellenici 8 (Roma 1995).
[61] Publicado por A. DMITRIEVSKJJ, Opisanie liturgieskich rukopisej chranjacichsja v bliotekach pravoslavnago Vostoka, I, ** (Kiev 1895) 1-152.
[62] J. MATEOS, Le Typikon de la Grande Eglise. Ms. Sainte-Croix n.°40, 1-2: OrChrA 165-166 (1962-1963).
[63] Descrito en DMITRJEVSKIJ, Opisanie..., II, **EúxoXó-yia (Kiev 1901) 993-1052.
[64] R. TAFT, The Pontifical Liturgi of the Great Church according to a Twelfth-Centuri Diátaxis in Codex British Museum Add. 34060, I: Orientalia Christiana Periódica 45 (1979) 279-307; II: Orientalia Christiana Periódica 46 (1980) 89-124.
[65] BALDOVIN, The Urban Character of Christian Worship, p.205-226.
[66] Véanse numerosos ejemplos de Liturgia de las Horas de tipo “estudita” en M. ARRANZ, Les prieres sacerdotales des vépres byzantines: Orientalia Christiana Periódica 37 (1971) 85-124; Les prieres presbyterales des matines byzantines: íbid., 38 (1972) 64-115.
[67] G. BERTONIERE, The Sundays of Lent in the Tríodion. I: The Sundays wíthout Commemoration: OrChrA 254 (1997).
[68] A este propósito, el lector hallará un más detallado análisis con bibliografía en la voz Año litúrgico en Oriente, elaborada por E. VELKOVSKA en el manual Scientia Litúrgica, en curso de publicación.
[69] E. VELKOVSKA, Lo studio dei lezionari bizantini: Ecclesia Orans 13 (1996) 253-271.
[70] H. SCHNEIDER, Die biblischen Oden in Christlichen Altertum: Biblica 30 (1949) 28-65; Die biblischen Oden seit dem sechsten jahrhundert: ibid., 239-279; Die biblischen Oden in Jerusalem und Constantinopel: ibid., 433-452.
[71] J. NASRALLAH, La Liturgie des Patriarcats melchites de 969 a 13OO: Oriens Christianus 71 (1987) 156-181.
[72] S. LUCA, I Normanni e la “rinascita” del sec. XII: Archivio storico per la Calabria e la Lucania 60 (1993) 1-91.
[73] S. PARENTI, Osservazioni sul testo dell’anafora di Giovanni Crisóstomo in alcuni eucologi italo-greci (V1II-XI secólo): Ephemerides Liturgicae 105 (1991) 120-154 (con bibliografía).
[74] MATHEWS, The Early Churches of Constantinople, cap.IV.
[75] SCHULZ, The Byzantine Liturgy, p.180-184.
[76] G. BERTONIERE, The Historical Development of the Easter Vigil and Related Services in the Greek Church: OrChrA 193 (1972); S. JANERAS, Le Vendredi-saint dans la tradition liturgique byzantine. Structure et histoire de ses offices: Analecta Litúrgica 13 = Studia Anselmiana 99 (Roma 1988); R. F. TAFT, In the Bridegroom’s Absence. The Paschal Triduum in the Byzantine Church, en La celebrazione del Triduo Pasquale: anamnesis e mimesis. Atti del III Congresso Internazionale di Liturgia, Roma, Pontificio Istituto Litúrgico, 9-13 maggio 1988 (Studia Anselmiana 102 = Analecta Litúrgica 14; Roma 1990) 71-97; R. F. TAFT, “A Tale of Two Cides. The Byzantine Holy Week Triduum as a Paradigm of Liturgical History,” en J. NEIL ALEXANDER (ed.), Time and Community. In Honor of Thomas Julián Talley (Washington DC 1990) 21-41.
[77] TAFT, Short History, p.68.
[78] A este propósito ha escrito páginas de gran belleza M. ARRANZ, “Les grandes étapes de la Liturgie Byzantine: Palestine-Byzance-Russie. Essai d’apercu historique,” en Liturgie de l’Eglise particuliére et liturgie de l’église universelle: Bibliotheca Ephemerides Liturgicae, Subsidia 7 (Roma 1976) 43-72.
[79] Sobre el Typikón de Casóle véase P. ROUGERIS, Ricerca bibliográfica sui “**Tu-italo-greci: Bollettino della Badia Greca di Grottaferrata 27 (1973) 11 -42, s. v.
[80] R. F. TAFT, Mount Athos. A Late Chapter in the Histoiy of the Byyntine Rite: Dumbarton Oaks Papers 42 (1988) 179-194.
[81] R. TAFT, Short History, p.78-84.
[82] A. RAES, “Les livres liturgiques grecs publiés á Venise,” en Mélanges Eugéne Tisserant, III: Orient chrétien, deuxiéme partie: Studi e Testi 233 (Ciudad del Vaticano 1964) 209-222; E. FOLLIERI, “II libro greco per i greci. Le imprese editoriali romane e veneziane della prima meta del Cinquecento,” en Venezia centro di mediazione tra Oriente e Occidente (secoli XV-XVI). Aspetti e problemi, II (Florencia 1977) 482-508.
[83] G. PASSARELLI, Stato della rícerca sul formulario dei riti matrimoniale, 1983, Studi bizantini e neogreci. Atti del IV Congresso internazionale di studi bizantini (Galatina 1983) 241-248.
[84] F. NIUTTA, “Libri greci a Venezia e a Roma,” en AA.VV., Il libro italiano nel Cinquecento: produzione e commercio. Catalogo della mostra. Biblioteca Nazionale Céntrale Roma 28 ottobre-16 dicembre 1989 (Roma 1989) 77-98, esp. 90, reproducción en color en p.88; texto reproducido en SWAINSON, Greek Liturgies, p.101-144.
[85] A. STRITTMATTER, Notes on the Byzantine Synapte: Traditio 10 (1954) 75-76.
[86] Divina ac sacra liturgia sancti Ioannis Chrysostomi. Interprete Ambrosio Pelargo Niddano, Ordinis Predicatorum... (Worms 1541).
[87] J. COCHLEUS, Speculum antiquoe devotionis circa missam et omnem alium cultum Dei... (Maguncia 1549).
[88] G. WITZEL, Exercitamenta syncerae pielatis multo salubérrima, ínter quae lector habet Liturgiam seu Missam S. Basilii Magní (Maguncia 1555); Liturgia S. Basilii Magni nuper e tenebris eruta (Maguncia 1546).
[89] Cf. A. JACOB, L’édition “érasmienne” de la liturgie de Saint Jean Chrysostome et ses sources: L’Italia medioevale e umanistica 19 (1976) 291-324.
[90] Liturgiae sive missae sanctorum patrum, Antwerpen Christophorus Plantinus 1560 (= G. Morelfium] París 1560).
[91] Commentaríus historicus ac dogmaticus da sacris Ecclesia ordinationibus (París 1655, Amsterdam 21695); Commentaríus historicus ac dogmaticus de disciplina in administratione sacramenti poenitentiae (París 1651).
[92] **EúxoXóyiov sive Ritúale Graecorum (Venecia 21730; Graz 1960).
[93] **‘ApxiEpatiKÓv Liber Pontificalis Ecclesiae Graecae (París 1693).
[94] P. MEYENDORFF, Russia, Ritual, and Reform. The Liturgical Reforms of Nikon (Crestwood, N.Y. 1992).
[95] M. OLSZEWSKI, Der Ritus des Sakraments der Busse nach Peter Mogila in seinem historischen Kontext:
Ostkirchlkhen Studien 31 (1982) 142-159.
[96] A. RADOVIC, Reformes liturgiques dans l’Eglise de Crece, en Liturgie de l’Eglise particuliere..., p.261-273, esp. 265-266.

INICIACIÓN A LA LITURGIA- GARRIDO BONAÑO

LA REFORMA DE LA LITURGIA.-KLAUS GAMBER

LA REFORMA LITÚRGICA- F.ANTONELLI




Con el renacido interés por la Liturgia que ha traído el pontificado de Benedicto XVI entre los fieles católicos de a pie, vuelven a recuperarse las figuras de los más eminentes liturgistas de nuestro pasado reciente. Mientras que proliferan las referencias a hombres tan importantes como Klaus Gamber, una de ellas, la del Cardenal Ferdinando Antonelli, quizás siga aún siendo una gran desconocida para el público en general.

No vamos a hacer aquí un semblante biográfico del Cardenal, sino que venimos a recomendar un libro que es realmente interesante. Se trata de “El Cardenal Ferdinando Antonelli y la Reforma Litúrgica”, que publicó en español Ediciones Cristiandad en 2005. En dicha obra se recogen los escritos inéditos del Cardenal Antonelli, que fue uno de los protagonistas de dicha Reforma Litúrgica, sobre todo hasta el Concilio.
En dichos escritos se trasluce el entusiasmo del Cardenal Antonelli por la renovación litúrgica, conforme a lo dictado por la encíclica Mediator Dei de Pío XII en 1947 (Antonelli perteneció a la que denominaron como Comisión “piana” [querida por Pío XII] que llevó a cabo una parte de renovación litúrgica -la reforma del Sábado y Santo y la de la Semana Santa- bajo el pontificado de Pío XII). Y también queda clara la profunda decepción que este purpurado sufrió con la creación y los trabajos del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, de la que el Padre Annibale Bugnini (quién después de un período de confianza casi absoluta por parte de Pablo VI, sería después, en enero de 1976 “degradado” por el Papa y alejado de Roma al ser promovido como Nuncio Apostólico en Irán) era secretario, mientras que Antonelli –con muchísimo más conocimiento y experiencia en Liturgia- sólo un simple miembro.
El Consilium, con Bugnini como máximo artífice de sus trabajos, fue el responsable de que la Reforma Litúrgica querida por el Concilio Vaticano II quedara como quedó, y acabara convirtiéndose en una continua fuente de conflicto, que perdura hasta nuestros días. La obra mencionada da una idea de cómo se desarrollaron los entresijos de esta reforma, del perfil de los que trabajaban en ella y de cómo se acometían los trabajos. Los frutos litúrgicos surgidos de este Consilium ya los veía venir, desde su mismo establecimiento el Cardenal Ferdinando Antonelli, y en sus notas privadas expresó con contundencia y dureza el problema que se venía encima.
Con la recomendación de que adquieran este libro, traemos aquí algunas citas del mismo, palabras del Cardenal Antonelli, que son realmente interesantes y profundamente reveladoras de lo que se coció en los fogones de la Reforma litúrgica postconciliar.

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“Ayer, 23 de julio de 1968, hablando con Mons. Giovanni Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado, mostré mis preocupaciones sobre la reforma litúrgica que se hace cada vez más caótica y aberrante. Noté en particular:


1-La ley litúrgica que hasta el Concilio era una cosa sagrada, para muchos ya no existe. Cada uno se considera autorizado a hacer lo que quiere y muchos jóvenes actúan así.


2-La misa, sobre todo, es el punto doloroso. Se van difundiendo las misas en casa, en pequeños grupos, en conexión con comidas comunes: la cena.


3-Ahora comienza la acción disgregadora en torno a la confesión.


4-Hacía notar que parte de responsabilidad de este estado de cosas está en la relación con el sistema de los experimentos. El Papa ha concedido al Consilium la facultad de permitir los experimentos. El Consilium utiliza libérrimamente esta facultad. Un experimento hecho en uno o en pocos ambientes cerrados (un monasterio, una parroquia funcional) y por un tiempo limitadísimo, puede valer y es útil; pero concedido ampliamente y sin límites restrictivos de tiempo es el camino abierto para la anarquía.


5-En el Consilium hay pocos obispos que tengan una preparación litúrgica específica, muy pocos que sean verdaderos teólogos. La carencia más acentuada en todo el Consilium es la de los teólogos. En liturgia, toda palabra, todo gesto traduce una idea que es una idea teológica. Dado que actualmente toda teología está en discusión, las teorías corrientes entre teólogos avanzados inciden sobre la fórmula y sobre el rito. Con esta consecuencia gravísima: que mientras la discusión teológica permanece al nivel alto de los hombres de cultura, puesta al nivel de la fórmula y del rito se pone en marcha para su divulgación entre el pueblo. Podré ilustrar este punto de vista con varios elementos de la Instructio de cultu mysteryy eucharistici del año pasado”.
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Lo que es triste (…) es un dato de fondo, una actitud mental, una postura preestablecida, y es que muchos de los que han influido en la reforma, (…) y otros, no tienen mor alguno, veneración alguna por lo que nos ha sido transmitido. Tienen de entrada menosprecio por todo lo que hay actualmente.Una mentalidad negativa, injusta y perjudicial. Desgraciadamente, también el Papa Pablo VI está un poco de esa parte. Tendrán todos las mejores intenciones, pero con esta mentalidad son llevados a derribar y no a restaurar”.
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“Es seguro, además, que Pablo VI seguía con atención los trabajos de este Consilium. Recuerdo al respecto que en una reunión de dicho Consilium, y concretamente en la del 19 de abril de 1967, Pablo VI intervino personalmente; y me llamó la atención el hecho de que, hablando del camino actual de la realización de la reforma litúrgica, Pablo VI manifestara su amargura, porque se hacían experimentos caprichosos en la Liturgia, y expresó también su dolor por ciertas tendencias hacia una secularización de la Liturgia. Pero reconfirmó su confianza en el Consilium. Y no se da cuenta el Papa de que todos los perjuicios nacen de cómo ha planteado las cosas el Consilium en esta reforma”
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Peor el sistema de las votaciones. Normalmente se hacen levantando la mano, pero nadie cuenta quién la levanta y quién no, y nadie dice tantos aprueban y tantos no. Una verdadera vergüenza”.
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“Ha sido nombrado Secretario de la nueva Congregación del Culto Divino el P. Annibale Bugnini, CM. Podría decir muchas cosas de este hombre. He de añadir que Pablo VI lo ha apoyado siempre. No quisiera equivocarme, pero la laguna más notable del P. Bugnini es la falta de formación y sensibilidad teológica. Falta y laguna grave, porque en la liturgia cada palabra y cada gesto traducen una idea que es idea teológica. Tengo la impresión de que se ha concedido mucho, sobre todo en materia de sacramentos, a la mentalidad protestante. No es que el P. Bugnini haya creado estos conceptos, nada de eso, él no ha creado, él se ha servido de mucha gente, y, no sé por qué, ha introducido en el trabajo a gente hábil pero de matices teológicos progresistas. Y, o no se ha dado cuenta, o no ha resistido, como no se podía resistir a ciertas tendencias”

LA REFORMA LITÚRGICA- ROMANO AMERIO


LA REFORMA LITÚRGICA

 Romano Amerio
(De su magnífica obra: Iota Unum)

276. La reforma litúrgica.
La reforma de la liturgia católica es la obra más imponente, visible, universal y eficaz salida del Vaticano II. Contradice los textos de la gran asamblea, y se caracteriza por el carácter anfibológico de sus prescripciones, sobre las cuales se ejercitaron tanto la sutileza bicéfala de los redactores como la hermenéutica posterior, que a causa de la anfibología de los textos apelaba al espíritu del Concilio (ver §§ 48-50). Siendo casi inmensa la selva de las materias, nos circunscribiremos a los axiomas patentes y latentes que informaron la reforma, para extraer así de ellos su significado esencial, que también en este punto se resuelve en una general propensión hacia la independencia y el subjetivismo: ya sea en línea histórica, rompiendo con la tradición, ya sea en línea dogmática: sin rechazar ningún artículo de fe, pero eludiendo algunos y rubricando otros, como ya vimos sobre la Eucaristía.
Siendo uno el objeto real y múltiple la aprehensión subjetiva, la primera manifestación de la mentalidad conciliar fue el abandono de la unidad en beneficio del pluralismo; y puesto que la Iglesia latina tuvo casi desde el principio unidad de idioma en el uso del latín, el espíritu pluralista rompió preliminarmente la unidad idiomática proclamando el abandono del latín como lengua propia de la Iglesia.
La supresión del latín de la liturgia contradice en primer lugar el artículo 36 de la Constitución conciliar sobre liturgia, que ordenaba: "Lingua latinae usus in ritibus latinis servetur". Sin embargo, dicho uso se restringió desde el principio a la recitación del Canon, y fue luego totalmente abrogado con la vulgarización integral de la Misa. Contradice la Mediator Dei de Pío XII, que reafirmaba "las serias razones de la Iglesia para conservar firmemente la obligación incondicionada para el celebrante de usar la lengua latina". Contradice la Veterum sapientia de Juan XXIII: "Que ningún innovador se atreva a escribir contra el uso de la lengua latina en los sagrados ritos (...) ni lleguen en su engreimiento a minimizar en esto la voluntad de la Sede Apostólica" (ver § 32). Contradice finalmente la Carta Apostólica Sacrificium laudis de Pablo VI mismo contra la deslatinización, la cual "no sólo atenta contra este manantial fecundísimo de civilización y contra este riquísimo tesoro de piedad, sino también contra el decoro, la belleza y el vigor originario de la oración y de los cantos de la liturgia".
No observaré, como fue observado y con verdad, que la exterminación del latín contradice también al espíritu democratizador que informa al mundo contemporáneo y, por acomodación, a la Iglesia. Este espíritu mira a la elevación cultural de las multitudes, mientras en el abandono del latín se respira una especie de desprecio hacia el pueblo de Dios, considerado indigno por su crasitud de ser elevado a la percepción de valores excelentes, incluso poéticos; y condenado por el contrario a abandonar esos mismos valores.

277. Latinidad y popularidad en la liturgia.
El Concilio de Trento (ses. XXII, cap. 9) ordenó que en el curso de la Misa el sacerdote explicase al pueblo parte de las lecturas. Esto no sólo se hacía en la homilía, sino también y de modo muy abundante mediante los libros de piedad, difundidísimos hasta el Vaticano II, que facilitaban seguir las diversas partes de la Misa. Llevaban oraciones apropiadas que a menudo parafraseaban los textos litúrgicos, e incluso viñetas reproduciendo del modo más evidente posible ante los ojos el aspecto del altar, los actos del celebrante, y la posición de los vasos y de los ornamentos. Naturalmente, siendo analfabeta gran parte del pueblo cristiano no se podía encontrar perfecta concordancia entre la devota disposición interior del vulgo y la secuencia de las ceremonias sagradas. Por otro lado, la universalidad (letrada o iletrada) de la asamblea conocía y reconocía los momentos más importantes y las articulaciones del rito, indicadas también por la campanilla. De este modo no faltaba a los ritos sagrados la participación espiritual de los fieles. Y no solamente no faltaba, sino que faltó cada vez menos después de que en los años de la primera postguerra (en Italia por mérito de la Obra para la realeza de Cristo) en todos los países europeos se difundieran los cuadernillos con el texto latino y la traducción al vulgar del Misal festivo. Y conviene señalar que los misales que contenían el texto latino y yuxtapuesta la traducción en lengua moderna estuvieron en uso desde el siglo XVIII, y no sé si también antes. En la biblioteca de Manzoni en Brusuglio existe uno latín-francés impreso en París en 1778, y era utilizado por doña Giulia.
Suele objetarse que en el rito latino el pueblo estaba desvinculado de la acción de culto y faltaba esa participación activa y personal constituída en intención de la reforma. Pero contra dicha objeción milita el hecho de que la mentalidad popular estuvo durante siglos marcada por la liturgia, y el lenguaje del vulgo recogía del latín cantidad de locuciones, metáforas, y solecismos. Quien lee esa vivísima pintura de la vida popular que es el Candelaio de Giordano Bruno se sorprende del conocimiento que los más bajos fondos tenían de las fórmulas y de los actos de los ritos sagrados: no siempre (es obvio) en la semántica legítima, y a menudo llevados a sentidos deformes, pero siempre atestiguando el influjo de los ritos sobre el ánimo popular. Por el contrario, hoy tal influencia se ha apagado del todo y el lenguaje toma sus formas de otros campos, sobre todo del deporte. El más importante fenómeno lingüístico por el cual quinientos millones de personas han cambiado su lenguaje de culto, no ha dejado hoy la más mínima sombra en el lenguaje popular.

278. Los valores de la latinidad en la Iglesia. Universalidad.
No queremos aquí retroceder hasta la Auctorem fidei de Pío VI, que reprobó la propuesta del Sínodo de Pistoya de realizar los ritos en lengua vernácula (DENZINGER, 1566). No nos extenderemos ni siquiera sobre la doctrina de Rosmini en las Cinque piaghe, cuando consideraba que el justo remedio a la desvinculación del pueblo de la acción sagrada no residía (como hoy erróneamente se le atribuye) en la abolición de la lengua latina, sino en el desarrollo de la instrucción vital del pueblo fiel.
Si decimos que el latín es connatural a la religión católica, ciertamente no nos referimos a una connaturalidad metafísica coincidente con la esencia de la cosa misma (como si el catolicismo no pudiese subsistir sin el latín), sino a una connaturalidad histórica: un hábito adquirido históricamente por una peculiar aptitud y conveniencia que el idoma latino tiene con la religión. El catolicismo nació, por así decirlo, arameico; fue durante mucho tiempo griego; se hizo pronto latino, y el latín se le hizo connatural. De entre las muchas adaptaciones posibles de un lenguaje a la religión, la connaturalidad histórica es la que mejor responde a las propiedades de ésta, modelándose perfectamente sobre los caracteres de la Iglesia.
En primer lugar la Iglesia es universal, pero su universalidad no es puramente geográfica ni consiste, como se dice en el nuevo Canon, en estar difundida por toda la tierra. Dicha universalidad deriva de la vocación (están llamados todos los hombres) y de su nexo con Cristo, que ata y reúne en Sí a todo el género humano. La Iglesia ha educado a las nacionalidades de Europa y creado los alfabetos nacionales (eslavo, armenio), dando origen a los primeros textos escritos. En consonancia con la accion civilizadora de los Estados europeos, ha educado a las nacionalidades de Africa. Sin embargo, no puede adoptar el idioma de un pueblo particular, perjudicando a los demás. A pesar de la disgregación postconciliar, a la Iglesia católica parece escapársele lo mucho que la unidad de la lengua aporta a la unidad de un cuerpo colectivo: no ocurre así con el Islam, que usa en sus ritos el paleoárabe incluso en los países no árabes; ni con los hebreos, que usan para la religión el paleohebraico; tampoco se les escapa a los Estados que han alcanzado después de la guerra su unidad nacional, pues ninguno de ellos ha adoptado como lengua oficial una de las lenguas nacionales, sino el inglés o el francés, lenguas de sus colonizadores y civilizadores.
En segundo lugar la Iglesia es sustancialmente inmutable, y por ello se expresa con una lengua en cierto modo inmutable, sustraída (relativamente y más que cualquier otra) a las alteraciones de las lenguas usuales: alteraciones tan rápidas que todos los idiomas hablados hoy tienen necesidad de glosarios para poder entender las obras literarias de sus primeros tiempos. La Iglesia tiene necesidad de una lengua que responda a su condición intemporal y esté privada de dimensión diacrónica. Ahora bien, siendo imposible que una lengua de hombres escape al devenir, la Iglesia se acomoda a un lenguaje que elide cuanto es posible la evolución de la palabra. Hablo en términos prudentes porque, coincidiendo la diventabilidad con la vida de un idioma, sé bien que también el latín de la Iglesia va cambiando con el correr del tiempo. Incluso prescindiendo de la presente decadencia de la latinidad, tanto profana como eclesial, basta confrontar las encíclicas del siglo XIX con las de los últimos pontificados para advertir la diferencia.

279. Inmutabilidad relativa. Carácter selecto del idioma latino.
En tercer lugar la lengua de la Iglesia debe ser selecta y no vulgar, porque las cosas que intenta expresar son las cumbres del espíritu, más bien un ensayo de realidades sobrehumanas. No es que la Iglesia desprecie el profanum vulgus: al contrario, todo aquéllo que toca lo santifica, y el vulgo, los pobres y los simples son objeto precipuo de su cuidado. Ella trata con perfecta paridad en sus sacramentos a príncipes y a plebe, y catequizó a los pueblos en sus dialectos: Santo Tomás en Nápoles predicó en el vernáculo napolitano, Gerson en el de la Alvernia y los párrocos de Lombardía hasta final del siglo XIX en el del país. Incluso fundó órdenes religiosas expresamente comprometidas en la instrucción de las capas populares, asemejándose a ellas incluso en la humildad del nombre (los Ignorantes). No es por desprecio del pueblo o altanería sobre los pueblos como pudo la religión tener el latín como lengua propia y connatural. La razón de la latinidad de la Iglesia es ciertamente aquélla, que ya tocamos en $ 32, de la continuidad histórica, por la cual la religión acompaña el curso de las civilizaciones. Pero la razón importante es la necesidad para la Iglesia de custodiar el dogma con una lengua que se mantenga fuera de las pasiones. Las pasiones, en una explicación completa (que abarca desde el orgullo hasta la facilidad para sacar conclusiones), son principio de fluctuación de las mentes, de alteraciones de la verdad y de divisiones entre los hombres. Y es ciertamente fútil el escándalo que se monta a veces sobre las sutiles diferencias entre una definición y otra, como si fuesen chanzas y menudencias de charlatanes. El lenguaje es la idea misma, y variar el lenguaje, como se desprende del desarrollo homogéneo o heterogéneo del dogma, significa idénticamente variar la doctrina. Lo hemos visto respecto al término transustanciación en §275.
En conclusión, los caracteres del latín de la Iglesia se fundan en una suprahistoricidad que instaura, más que impide, la comunicación entre los hombres, del mismo modo que el elemento de la vida sobrenatural instaura, más que impide, la comunión de todos aquéllos que participan de la naturaleza humana. Lorenzo el Magnífico, discurriendo de las diversas excelencias de las lenguas, atribuye la universalidad del latín a la "prosperidad de la fortuna". No hace falta creer con los medievales que, al igual que el Imperio, así la lengua de Roma haya estado establecida "por lugar santo / donde mora el que a Pedro ha sucedido" (Inf. II, 23-24). Se puede rechazar tal sentencia y no desconocer sin embargo la eminencia y el idiotropion de la latinidad de la Iglesia.
No conviene concluir este discurso sin recordar que el latín constituía hasta hace poco tiempo la más vasta _oin_ [lengua común] del mundo de la cultura. Si espíritus de renuncia y de flaqueza no hubiesen frustrado la restauración ordenada por Juan XXIII (ver § 32), esta _oin_ podría conservarse dentro de la Iglesia Católica en la enseñanza, en los ritos y en el gobierno. Mayor fuerza moral que la Iglesia mostraron esos gobiernos civiles de nuestra época que consiguieron imponer o persuadir a poblaciones enteras una lengua desconocida o extraña para ellos: así ocurrió en Israel, que hizo nuevo el antiguo idioma, en la República Popular China y en muchos Estados africanos.

280. La neovulgata litúrgica.
La adopción de las lenguas vernáculas introducía ciertamente la pluralidad en el culto católico, anulando la una voce de la doxología humana y angélica. Pero la pluralidad habría debido encontrar un límite en el texto típico de la Misa, todavía latino, que fue promulgado el 3 de abril de 1969. Sobre tal texto debían modelarse las traducciones concretas, necesitadas además de la aprobación de la Sede Romana. Y debían modelarse ad amussim, porque esta exactísima conformidad es necesaria a toda traducción, al consistir toda traducción (como lo dice la palabra) en transportar la misma idea de un idioma a otro. Ahora bien, en la neovulgata bíblica y litúrgica ha funcionado poderosamente el espíritu de innovación propio del período postconciliar: síntoma de la general tendencia a la subjetivización y a la liberación de todo dato inmutable, sea de la tradición histórica de la Iglesia, sea del depósito de la fe.
Esta independencia resalta claramente en los muchos puntos en los que la traducción italiana diverge del original latino. El texto que se exhibe como una versión es por muchos conceptos un texto nuevo, que opera una verdadera y propia reforma en el interior de la primera reforma. Extraeremos los ejemplos solamente del Rito de la Misa (latino-italiano) editado por la Conferencia episcopal italiana en 1969.
Las variaciones se extienden a toda la órbita de la filología, desde el orden léxico al sintáctico, pero todas ellas arguyen una variación profunda de la mentalidad. A veces la variación parece proceder de una directriz general. Las proposiciones finales, por ejemplo, son tendencialmente eliminadas o sustituídas con proposiciones de hecho. Ciertamente esto se debe a la tendencia de los lenguajes modernos a evitar la organización de los pensamientos en estructuras fuertemente sintéticas y a disolverse en una secuencia paratáctica. Pero también a la repugnancia hacia lo ontológico y lo metafísico ínsito en la ley de causalidad: se sustituye el nexo real entre una cosa y otra por una simple sucesión entre ellas.
En la oración que se recita inmediatamente después del Pater noster se lee: "Da propitius pacem... ut a peccato simus semper liberi", etc. Estas palabras siginifican: "Danos la paz (...) para que seamos libres", etc. Sin embargo, en la versión italiana: "Concédenos la paz (...) y seremos siempre libres", etc. Igualmente, en el primer prefacio de Adviento el latín dice: "Nobis salutis perpetuae tramitem reseravit, ut capiamus quod nunc audemus exspectare promissum", es decir: "El nos abrió el camino (...) para que podamos obtener". En italiano, sin embargo: "El nos abrió la vía (...) y podremos obtener". Los dos hechos (liberar y estar libre de pecado), y los otros dos (abrir la vía y obtener los bienes prometidos) pierden toda conexión finalística y resultan en pura sucesión. Son un fenómeno después de otro, no ya un fin al que mira la voluntad y que puede o no llegar al acto. Es como tomar por proposiciones equivalentes: "Tito bebe la medicina para curarse" y "Tito bebe la medicina y se curará". Ya no son efectos ni fines, es decir, responsabilidades, sino hechos. Quien medite en tal abolicion de las finales encontrará un profundo paralelo con la mentalidad desustanciadora y antimetafísica de la filosofía moderna.

281. La neovulgata litúrgica. Variaciones léxicas. Aires pelagianos.
En el orden léxico las variaciones no son menos significativas y arguyen tendencias innovadoras y flexiones dogmáticas.
Deus Sabaoth se tradujo por "Dios del Universo", cambiando el sentido del hebraico Sabaoth y del latín exercituum, que significan las potencias (y no sólo guerreras) de un Dios del cual se reconoce el poder. Pero los traductores han pretendido obviar toda sombra de militarismo, aunque todo el Viejo Testamento sea una historia de guerras y la vida misma sea descrita, desde Job a San Pablo, como milicia y combate. Igualmente, por deferencia al aura antimilitarista del mundo, "militia coelestis exercitus" se convierte en "multitud de los Coros celestiales". La imagen musical sustituye a la milicia.
Sin cambiar el latín fueron modificadas en la neovulgata las fórmulas mismas de la Consagración, apartándose no solo de las palabras que se habían conservado intactas durante siglos, sino incluso del tenor de la Sagrada Escritura, por no hablar de la delicadeza venerable con la que los teólogos disputaron en tiempos sobre la ilicitud de variar su más mínima partícula. Por tanto, donde el Canon antiguo decía "qui pro vobis et pro multis effundetur", se introdujo "derramada por vosotros y por todos los hombres". La diferencia es evidente. Teológicamente la variación no toca a la fe, porque el sacrificio redentor merece a todos los hombres la salvación eterna: aunque sólo los que corresponen con una aceptación de la voluntad reciben de hecho la salvación. Pero es claro que teniendo las dos fórmulas el mismo significado, no se habría encontrado motivo para tan imprevista y vistosa novedad si no se hubiese querido evitar incluso la sombra del dogma católico de la predestinación, e insinuar por el contrario la universalidad de hecho de la salvación. Hay por consiguiente una coloración pelagiana en esta huida de toda idea de discriminación.
Tal aire pelagiano caracteriza también la variación introducida en el prefacio de las ferias de Cuaresma, donde, mientras el latín dice: "virtutem largiris et praemia", "danos la virtud y el premio", la neovulgata traduce "infunde la fuerza y danos el premio". Prescindiendo de las reservas gramaticales que se podrían hacer sobre el desdoblamiento de "largiris" en dos predicados ("infunde y da"), aquí resulta escondida y oscurecida la verdad fundamental de la ética cristiana de que todo bien (y sobre todo el bien moral, es decir, la buena voluntad o virtud) es un don del Cielo. En esta variación se agita una fuente pelagiana, ya que Pelagio no podía concebir la virtud si no estaba causada exclusivamente por el libre albedrío, creía que la acción divina era una simple propuesta (de otro modo la juzgaba incompatible con la elección moral del hombre), y rechazaba enérgicamente que el mérito procediese de la gracia más que de la inmanente libertad humana. Por ello el nuevo Misal expulsa de los oremus todos los lugares donde se suplica de Dios la virtud, no comprendiendo que cuando la oración litúrgica dice concede o da implica la persuasión de que la virtud es don, y también lo es el premio que corona la virtud. Son cosas bien distintas infundir la fuerza y otorgar la virtud. Y no entro a observar cómo para llevar al texto latino a ese significado, el traductor ha debido plegar el vocablo a su acepción pagana, abandonando la que resulta obvia en el léxico sagrado.
La ética pagana, máxime en sus dos cumbres (epicureísmo y estoicismo), sostiene que los bienes corporales deben implorarse a la divinidad, pero la virtud sólo el hombre se la puede dar a sí mismo. Es célebre el pasaje de Cicerón en De natura deorum, III, XXXVI, 86-87: "omnes mortales sic habent, externas commoditates, vineta, segetes, oliveta ... a dis se habere, virtutem autem nemo umquam a deo acceptam deo rettulit". Se hace eco el hombre moderno en el desafío de Orestes a Júpiter: "Eres el rey de las piedras y de las estrellas, pero no eres el rey de los hombres" (Sartre, Las moscas, acto III, escena II). Si no se salva el dominio divino sobre la humana voluntad, se recorta la Providencia, se mutila la infinidad divina, y se altera la religión.

282. La neovulgata litúrgica. Anfibologías dogmáticas.
A la tendencial negación de la diferencia ontológica entre el sacerdocio del sacerdote y el sacerdocio de los laicos se refieren muchos pasajes del nuevo Misal, que reflejan la orientación igualitaria examinada en §§ 80-82.
Cuando en la Plegaria eucarística I "nos servi tui" y "famuli tui" se convierten en "nosotros tus ministros", resulta innegable la ambigüedad entre sacerdocio sacramental y sacerdocio común. "Nos has llamado a prestar el servicio sacerdotal" son palabras que en esa circunstancia convienen al sacerdote ordenado, pero no convienen a los laicos. No menos importante es la variación por la cual "Domine, non sum dignus ut intres sub tectum meum" se convierte en : "no soy digno de participar en tu mesa". Entrar Cristo en mi diámora, es decir, en lo más íntimo de mí, es una cosa totalmente diferente que ser su comensal: se niega implícitamente que por la Eucaristía Dios entre en el hombre, anunciándose una simple comensalidad y familiaridad.
Por estar limitado nuestro discurso al Misal italiano, omitimos las variaciones de los otros; sobre todo de los africanos, donde las versiones son centenares y no se ve cómo pueden ser recibidas y aprobadas por la Curia romana, que ignora tantos idiomas heterogéneos y por tanto está obligada a aceptar como revisores a los mismos traductores. Mencionaré solo el Missel romain del Episcopado de Francia, que traducía el "consubstantialem" del Credo por "de la misma naturaleza". Es un manifiesto error teológico: el Padre y el Hijo son la idéntica sustancia, no dos sustancias con la misma naturaleza. Cayo y Tito tienen una idéntica naturaleza (humana), pero no son una sustancia idéntica. No menos lejana del dogma es en el mismo Missel la traducción de Filip. 2, 6: "qui cum in forma Dei esset, non rapinam arbitratus est esse se aequalem Deo [el cual, siendo su naturaleza la de Dios, no miró como botín el ser igual a Dios]". En el leccionario de 1960 se traducía exactamente, según la Biblia de Jerusalén: "El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios". Pero las ediciones sucesivas tradujeron que "Jesucristo es la imagen de Dios, pero no ha querido conquistar por fuerza la igualdad con Dios". El error es manifiesto. Cristo es Dios y por tanto no puede conquistar la igualdad con Dios. Son rasgos de arrianismo.

283. Derrota absoluta del latín.
Es el hecho evidente más innegable de la Iglesia postconciliar y el signo de que ha entrado sin rémoras en el movimiento histórico. Los órganos eclesiásticos de gobierno son ahora plurilingües; la enseñanza teológica se hace en lengua vulgar; el Papa en las ceremonias salutatorias se extiende en decenas y decenas de expresiones extranjeras. Incluso en el Consistorio el cardenal que habla por los nuevos elegidos se expresa en francés y Juan Pablo II le responde en siete idiomas (OR, 3 de febrero de 1983). Y en septiembre de 1983 se dirigió a la Congregación general de los jesuitas en cinco lenguas modernas, mientras que Pablo VI en circunstancia análoga se había dirigido a ellos aún en latín. Y no es lo menos atípico de ese discurso plurilingüe de Juan Pablo II el orden en que fueron utilizadas esas lenguas, habiéndose concedido el primer lugar al italiano, la menos utilizada de todas. En los centros turísticos de Italia es hoy más fácil asistir a una Misa en alemán o en inglés que en latín. Cuando el Papa en mayo de 1982 visitó durante seis días Gran Bretaña, todas sus Misas fueron celebradas en el idioma del país. En el mismo Sínodo de los obispos los Padres se reúnen para sus trabajos en circuli minores: francés, alemán, inglés, español, etc., uno de los cuales es el círculo latino. De este modo la asamblea se diferencia lingüísticamente, mientras en tiempos los trabajos se desarrollaban en el único y unificante idioma latino. El latín y su congénere el canto gregoriano no solamente están abandonados (no obstante los reclamos contradictorios y débiles de Pablo VI), sino que son despreciados y ridiculizados como cosa que no puede ya tener lugar más que en una sociedad de muertos. El estilo bustrofédico de Pablo VI aparece también en la fundación de la obra Latinitas, a la que destinó por sede el palacio de la Cancillería y que tiene por finalidad la restauración del latín como lengua usual y científica. Sería deseable que tal fundación no haya corrido la suerte del Instituto superior de latinidad fundado por Juan XXIII en ejecución de la Veterum sapientia.
Este aspecto de rebajamiento religioso y del culto es sin embargo pasado por alto por el Consilium para la ejecución de la reforma litúrgica en la Instrucción de septiembre de 1964. Con el habitual estilo bustrofédico se prescribe que la recitación del Oficio divino en el coro se haga siempre en latín, pero inmediatamente después se abre la vía a las dispensas; y la razón de las dispensas es que "el uso de la lengua latina constituye para algunos un grave impedimento para la recitación del oficio divino". Por tanto, según ese documento el latín no solamente es superfluo y anticuado, sino que directamente impide la oración. Sin embargo el Concilio, tratando de los estudios eclesiásticos, ordenaba aprender el latín necesario (decía) para comprender los documentos de la Iglesia (Optatam Totius 13).
La inmensa calamidad provocada por la Iglesia con el rechazo del latín y del gregoriano fue percibida y luctuosamente deplorada en un memorable discurso de Pablo VI (OR, 27 de noviembre de 1969). Sin embargo, la gravedad de la desgracia no pude prevalecer sobre las esperadas ventajas de la deslatinización, ni desligarla de la reforma, ni detenerla en su precipitada realización, ni siquiera moderar mediante la antigua sabiduría romana sus efectos más funestos y malhadados. El Pontífice, por tanto, tratando del paso a la lengua hablada (como dice impropiamente, ya que el latín era lengua hablada, y en modo eminente, en la liturgia), reconoce ser la renuncia al latín "un gran sacrificio" y lamenta agudamente la ruptura de la tradición. El nuevo rito rechaza lo antigüedad transmitida durante siglos para aferrarse fragmentariamente a lo antiguo que no fue transmitido, y así separa a unas generaciones de cristianos de otras. Tampoco se le escapa al Papa la inestimable riqueza de la latinidad litúrgica. "Perdemos, de este modo, el lenguaje de los siglos cristianos, nos convertimos casi en unos intrusos y profanos en el recinto literario del lenguaje sagrado, perderemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos, pues, motivos para lamentarnos y hasta turbarnos. ¿Con qué sustituiremos esta lengua angelical? Se trata de un sacrificio de inestimable valor". El Papa dice que el latín "debería traer a nuestros labios la oración de nuestros antecesores y de nuestros santos, y ofrecernos la seguridad de que permaneceremos fieles a nuestro pasado espiritual que continuamente actualizamos para transmitirlo después a las generaciones futuras". Pero si lo hacían actual (se puede observar) cae la necesidad de la reforma, que se dice introducida para actualizar la liturgia. "En esta coyuntura conocemos mejor el valor de la tradición": estas palabras del Papa pueden querer decir solamente que comprendamos mejor, en el momento de abandonarla, que el valor de la tradición es menor de lo que pensábamos.
Finalmente el Pontífice justifica el abandono de todos estos inestimables valores. Este precio merece ser pagado porque "vale mucho más entender el contenido de la plegaria que conservar los viejos y regios ropajes con los que se había revestido; vale mucho más la participación del pueblo, de este pueblo moderno ávido de la palabra clara, inteligible, traducible a la conversación profana". Y cita I Cor. 14, 19: "pero en la Iglesia quiero más bien hablar cinco palabras con mi inteligencia, para instruir también a otros, que diez mil palabras en lenguas".

284. Crítica de los principios de la reforma litúrgica. La expresividad humana.
Antes de examinar los principios de la reforma conviene refutar el sofisma con el que se cree probar que la poliglotía garantiza igualmente la unidad litúrgica. Se afirma que la unidad está garantizada desde el momento en que en las diversas traducciones se encuentra el mismo sentido. Ciertamente se lo encuentra si éstas son legítimas, y ya se ha visto cuántas no lo son. Pero también en la pluralidad de traducciones legítimas las traducciones difieren una de otra por su expresión, construcción y sintaxis, y a causa de dicha pluralidad la poliglotía litúrgica resulta, en cuanto a la unidad, inferior al latín.
La oración litúrgica se distingue de la oración mental precisamente por el hecho de ser exterior, sensible, comunitaria. Es una contradicción decir que la diversidad de lenguas expresa la unidad, porque esa unidad que se pretende expresada por la poliglotía no es visible ni audible, y por tanto pertenece a un orden distinto al litúrgico. Además, si la diversidad de lengua vale como expresión de unidad, ¿por qué detenerse y no llegar a la diversidad de gestos? Pero esto sería la destrucción de la liturgia, que va más allá de la pura interioridad y procede de lo interno a lo externo; y así procede tanto más perfectamente cuanto más respuesta encuentra el unum del interior en el unum del exterior.
Como se ha visto en el discurso de Pablo VI, la razón mayor y decisiva de la reforma es que la inteligencia de la oración vale más que los vestidos viejos y adornos de los que está revestida. Ahora bien, considerar que la intelección de las fórmulas litúrgicas valga más que éstas es como pretender que la intelección de una idea valga más que la idea: justo al contrario, el valor de la comprensión deriva de la idea comprendida.
Tampoco parece que esta preeminencia del entendimiento se pueda deducir del anteriormente citado pasaje de San Pablo. El apóstol se refiere a la palabra didáctica ("ut et alios instruam"), que debe necesariamente resultar inteligible a quien la escucha. Pero la Iglesia ha pronunciado siempre esta palabra didáctica durante la Misa en las diversas lenguas vulgares: sea releyendo al pueblo el texto sagrado en lengua vernácula, sea reproponiéndolo y explicándolo en la homilía. Pero si se mantiene la distinción entre Liturgia de la Palabra y Liturgia del Sacrificio, jamás puede ocurrir que la percepción intelectual de las formas de oración (posible también para un no creyente) valga más que la elevación de la mente y del animus con que se realiza la oración. El Concilio ha puesto como fundamento la participación de los fieles "consciente, activa y fructuosa" (Sacrosanctum Concilium 11), y por participación entiende "que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones" (Sacrosanctum Concilium 48).
En los motivos de la reforma se encuentran respecto a la tradición algunas variaciones importantes conectadas tendencialmente con variaciones dogmáticas.
La primera variación proviene del supuesto de que la liturgia debe expresar los sentimientos de los hombres contemporáneos (Sacrosanctum Concilium 37-38), cuando por el contrario expresa el sentido intemporal de la Iglesia. Este sentido intemporal, precisamente por serlo, incluye también el sentimiento de los contemporáneos, pero no esta circunscrito a él: no es un sentimiento histórico, sino suprahistórico, que abraza el discurrir de todas las generaciones cristianas. La liturgia, según la definición clásica retomada además por el Concilio (Sacrosanctum Concilium 7), es la acción sacerdotal de Cristo y de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia: de donde resulta el culto público a Dios Padre. La operación sacerdotal de Cristo en la asamblea sólo tiene lugar mediante la acción del sacerdote ordenado, y el sacerdocio bautismal es radicalmente incapaz de consagrar el cuerpo del Señor, centro de la liturgia. Este punto de fe fue claramente fijado en el documento Sacerdotium ministeriale, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en septiembre de 1983. Sin sacerdote no tiene lugar ni Eucaristía ni oración pública de la Iglesia; por el contrario, el sacerdote que celebra la Misa incluso sine populo cumple un acto "público y social" (Sacrosanctum Concilium 27). Más que ser acción del sacerdote in persona Christi, la Misa se convierte ahora tendencialmente en una acción de la comunidad: no sólo ofrece con el sacerdote el sacrificio ofrecido eficientemente por él, sino que co-ofrece con él y concelebra (Sacrosanctum Concilium 48).
Aquí es patente el influjo que el nuevo rito ha sufrido por parte de las corrientes teológicas que quitan el nervio a la peculiaridad ontológica del sacerdote ordenado, intentan ampliar las competencias del pueblo de Dios respecto a la función sagrada del sacerdote, elevan la sinaxis por encima del acto consacratorio, y persiguen la subjetivización (y por tanto la variabilidad) de todo el culto. La esencia del culto divino ya no es la esencia inmutable del sacramento (con la consiguiente inmutabilidad del culto), sino la ductilidad de los sentimientos humanos, que apremian para expresarse e imprimen a la liturgia las diversas mentalidades y costumbres de las gentes. Por lo tanto, la Iglesia no aspira ya a una rígida uniformidad de los ritos, ni a su fijación en rúbricas, sino que más bien "estudia con simpatía (...) lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces lo acepta en la misma liturgia" (Sacrosanctum Concilium 37).

285. El principio de creatividad.
La nueva liturgia es por consiguiente más psicológica que ontológica, y más subjetiva que objetiva; no expresa el misterio trascendente, sino los sentimientos con los cuales lo perciben los fieles; es antropológica y no teológica. Lo propio del culto es estimular el sentido de lo divino, más que llevar al hombre lo divino, por lo que la asamblea vale más que la Eucaristía y el pueblo de Dios prevalece sobre el sacerdote.
Esta variación produce otra, convertida en teoría con la doctrina de la creatividad litúrgica: el pueblo de Dios vuelca su propia cultura y su propio genio en los ritos, y el sacerdote se expresa a sí mismo en la celebración. La objetividad de la liturgia (encubrimiento del Objeto absoluto) debe ceder ante el valor del sujeto humano que quiere expresarse. Sacrosanctum Concilium 21 distingue la parte mutable de la liturgia de su parte inmutable, sin definir sin embargo cuál sea ésta. Realmente no se ve dónde puede colocarse la inmutabilidad si hasta se cambian las palabras de la Consagración. Evidentemente, siempre se cambió de facto la parte mutable de los ritos en el curso de los siglos cristianos; pero prudente, moderada, y sabiamente. La reforma habría encontrado sin duda muchas partes anticuadas y disonantes de los tiempos que merecían cambiarse. Me refiero por ejemplo al calendario de las Cuatro Témporas, inaplicable ahora para una Iglesia dilatada a países que conocen sólo dos estaciones; o las oraciones "pro Christianissimo Imperatore" en el oficio de Viernes Santo. Se debía sin duda suprimir (y fue suprimido) el juramento que en el rito de la consagración episcopal debía prestar el nuevo obispo, de no matar ni conspirar para matar al Papa. Sin embargo, una cosa es cambiar los ritos para acomodarlos a condiciones objetivas manifiestamente diferentes, y otra establecer como principio que los ritos se deban acomodar a la psicología, las costumbres, o el genio de las naciones e incluso de los individuos.
El principio de la creatividad es consecuencia del falso supuesto de que la liturgia debe expresar los sentimientos de los fieles y ser producida por ellos; por el contrario, lo que ella expresa es la realidad del misterio, y es una acción de Cristo. Hay aquí una implícita disolución de la liturgia en la poesía.
La creatividad (que no es ni siquiera un principio en estética, pues en el fondo de las invenciones del arte hay algo de increado, o más bien de increable) es admitida y promovida por la nueva liturgia. Ante todo, ya casi no hay normas imperativas, y en muchísimos puntos se le propone al celebrante una diversidad de palabras o de actos entre los que escoger ad libitum. Ya no son posibles infracciones, porque la creación excluye condiciones y límites. Esta posibilidad de elegir hace que cada celebrante retoque, añada y omita, creando las formas más adaptadas a su propia personalidad: como si se tratase de expresarse a sí mismo más que de adorar, o de dar forma al misterio más que de conformarse a él. De aquí la enorme multiplicidad de celebraciones de una Misa que debería, sin embargo, reconocerse única bajo todos los cielos del orbe católico. En el momento de la reforma en 1969 fue publicada la edición típica del Misal romano a la cual se debían conformar las traducciones en lengua moderna, que debían además ser aprobadas por la Santa Sede. Pero el principio de la expresividad ha quitado todo valor a la edición típica. En OR, 20 de octubre de 1982, en un artículo conmemorativo del vigésimo aniversario del Concilio, un liturgista benedictino deplora que "a menudo nos hemos contentado con una simple traducción de los textos romanos", cuando "es necesaria la elaboración progresiva de un lenguaje litúrgico y de una eucología compuesta directamente en la lengua nacional". Esta variedad disonante responde a la variedad de los espíritus nacionales y de las culturas que se quieren expresar, pero es también efecto del carácter opcional de las rúbricas mismas, de la inventiva personal de cada celebrante o finalmente de la transferencia de la autoridad en el campo litúrgico desde la Sede Apostólica a las Conferencias Episcopales y a los obispos individuales.
Este paso de la liturgia como forma estable de drama sagrado a la liturgia como drama poético nacido del arte inventivo de los individuos es una de las innovaciones más visibles de la reforma, y una de las más lamentadas. Se benefició de la desistencia de la autoridad mencionada en $$ 65 y 71. El principio de creatividad elide totalmente el valor de las rúbricas, siguiendo el espíritu de independencia (respecto al misterio, que in aeternum stat) y el rechazo de las esencias, y transformando lo sagrado y trascendente en lo poético e inmanente al hombre.
El principio de la creatividad, destinado a una liturgia "más viva y participativa", produce dos efectos. Primero, transforma la acción sagrada en drama teatral. Segundo, transforma en privada la acción del celebrante (la cual tiene siempre sin embargo un carácter público y social, incluso cuando se hace en solitario); de este modo impide el consenso y la armonía de quienes participan en el culto, que deberían hacerse uno sensu ideoque una voce.

286. Paso de lo sagrado a lo teatral.
Por espíritu de denigración se dijo que la Misa antigua era un espectáculo de sacerdotes ante los ojos de un pueblo mudo e inerte. Pero la acusación es temeraria e infundada. La nueva liturgia se ha convertido sin embargo en espectáculo escénico no sólo de facto, sino incluso doctrinalmente.
El OR del 15 de marzo de 1974, en una página especial bajo el título Por un nuevo estilo de celebración, confiesa la teatralidad sustancial a la cual debe convertirse la liturgia. "Celebrar la Misa se ha convertido ahora en un arte que supone desniveles de acentos y tonos, de puntuación, pausas, reposos y reanudaciones, crecimientos y disminuciones como en una sinfonía". Pero todas estas modulaciones existían ya en el rito antiguo, que preveía partes para cantar, para hablar, para decir elata voce, submissa voce o secrete, y tonos comunes, solemnes y solemnísimos. La diferencia no consiste en la falta en el antiguo de esos "desniveles", sino en que aquéllos estaban fijados, prescritos, regulados según el carácter sacro y objetivo del rito, mientras ahora son abandonados a la inventiva "dionisíaca" del celebrante principal y de la masa concelebrante. "Del celebrante hácelo-todo del Misal anterior se debe pasar a la figura del celebrante-director que sabe hacer viva la acción litúrgica". Además ser injuriosas, hay en estas palabras una singular falta de lógica. El celebrante del rito antiguo no lo hace él todo (como pretende el artículo), sino que es ayudado por el monaguillo, y sobre todo no puede decir ni hacer ni más ni menos de lo prescrito imperativamente en las rúbricas: sin embargo aquí es llamado celebrante "hácelo-todo". Al contrario, el rito nuevo, en el cual el celebrante hace verdaderamente todo lo que su inventiva excogita o improvisa sin regla ni límite ni discreción de medios (concurriendo también el pueblo irregularmente con su propia inventiva), es indicado aquí como el ideal del nuevo estilo litúrgico. A causa de la inventividad, resulta difícil la coincidencia exacta de dos celebraciones; y especialmente en ocasiones solemnes, es toda la comunidad quien prepara los gestos, la música y las lecturas litúrgicas, en vez de extraerlas de los libros oficiales. Se recomienda al sacerdote "aprovechar todos los resortes instrumentales para hacerse aceptar como líderes capaces de crear contactos". La objetividad del misterio y la eficacia inherente a él son totalmente pasadas por alto, para reducir la liturgia a la impresión psicológica (más bien mecánicamente psicológica) de un mimo o de una commedia dell'arte.
Según el OR del 7 de octubre de 1978, "los intentos de reforma están todavía en los primeros pasos. Un simple contacto con ciertas liturgias vivas celebradas en alguna iglesia africana o hispanoamericana podría sacudirnos de nuestro entumecimiento senil". Además, el arzogispo Magrassi, presidente de la comisión de la Conferencia Episcopal Italiana que prepara la revisión del misal, en una entrevista al periódico "Il regno", 15 de septiembre de 1981, deplora el estancamiento de la liturgia, reacia a adoptar el principio de la creatividad, y escribe que "si la liturgia es expresión de un pueblo que manifiesta su sentido religioso, entonces se abre ante nosotros una liturgia que tiene vastísimos espacios de creatividad".
La Misa se convierte por consiguiente en un espectáculo "del que se hace cargo", como dicen los obispos franceses, todo el pueblo de Dios. Se acomoda a los tiempos y a las personas, expresa las emociones humanas, adopta la lectura de diarios y novelas, y lleva al culto todas las costumbres del mundo (lo vivido, lo cotidiano), desarrollándose todo bajo una dirección. La acomodación adulatoria a las personas (idear un rito nuevo ad personam es ya adulación) se ve, por ejemplo, en la Misa celebrada en Poigny-Forêts para Giscard d'Estaing y Aldo Moro durante la cumbre de Ramboullet en abril de 1971. Habiendo juzgado el párroco que el Evangelio y la Epístola de aquel domingo no convenían a aquellos personajes y habrían podido contrariarles, eligió otras lecturas. Fue también un signo de reverencia ante los poderosos del mundo.
La novedad que se estaba instaurando quedó mucho más claramente significada en la Misa de la televisión francesa del 20 de febrero de 1972, ya sea por haber sido celebrada bajo la responsabilidad de la Conferencia Episcopal, ya por haber sido seguida por varios millones de fieles. No había altar, sino cinco mesas; los celebrantes no tenían ninguna de las vestimentas prescritas por la Institutio generalis en el n. 297 y ss.; eran distintas del texto tópico las oraciones de apertura, sustituídas por otras inventadas; antes de la invocación (Kyrie) varios asistentes tomaron la palabra para dar a conocer a la asamblea sus pensamientos personales; no se recitó el Credo; las palabras del ofertorio eran inventadas; el Canon (que fue el II) fue embutido entre cantos y textos inventados; antes del Pater, uno de los asistentes pronunció una admonición sobre la situación en Irlanda; a la Comunión, un hombre y una mujer fueron a la mesa de los sacerdotes, cogieron un plato con las formas y comulgaron por sí mismos, y después pasaron el plato a los otros fieles, que lo hicieron igualmente, luego bajo las especies del vino, y pasaron la copa a los otros.
Estas Misas de creatividad son ahora habituales en el orbe católico, diversificando la liturgia no por naciones, sino por diócesis, por parroquias e incluso por iglesias de la misma parroquia. Se hace la elevación con la patena (anulando la ostensión); se elevan simultánemaente la Hostia y el Cáliz; se muestran con los brazos abiertos; se enseña la Hostia ya partida; se interpolan los textos a voluntad; se inventan nuevas preces eucarísticas; se introducen lecturas de periódicos y de autores profanos en lugar de la Escritura (según la propuesta del Sínodo suizo de 1972); se omiten partes enteras del rito, sobre todo el Credo; se adopta cualquier indumentaria; se excluye toda luz; se consagra con pan de mesa (y por tanto inválidamente) en vez de ácimo y con un vino o licor cualquiera; se usan platos y vasos en vez de patena y cáliz; el sacerdote consagra en el altar el pan eucarístico, sostenido en sus propias manos por cada uno de los participantes. Y no hablemos de las danzas, los mimos, las músicas percusivas, y en suma de toda la emancipación de las normas, raras veces reprobada o reprimida por los obispos. De la irreverencia al Santísimo hemos hablado ya en el § 270.
287. Paso de lo público a lo privado.
Descendiendo de lo sacro a lo poético, la liturgia cae también de lo comunitario a lo privado; y resulta curioso que la reforma, nacida para resaltar mejor los valores comunitarios, conceda luego tanto al principio del individualismo creativo antitético a ellos. Lo sagrado conduce por sí mismo a lo universal y a la subordinación del individuo a Dios y a la comunidad de comunión con Dios; al contrario, la creatividad agudiza el sentimiento individual y da carácter privado a la acción litúrgica. Cuando el celebrante crea una palabra o un gesto nuevo que no está en los libros litúrgicos, se separa de la Iglesia (si es que no se le opone); y si reza, su oración tiene carácter privado, como privado es el mérito de la oración. No se puede decir que actúe in persona Christi en el sentido estricto entendido por la liturgia, sino si acaso solamente en sentido lato: en cuanto, supuesto que esté en gracia, su oración reviste un valor sobrenatural cristiforme. Y si la liturgia desciende a lo privado, no resulta impedido un consenso cualquiera, sino el consenso litúrgico, posible solamente si la celebración es celebración de Cristo mismo y de su Iglesia, y no simplemente de un individuo.
Max Picard, el escritor que glosó tan altamente los valores-en-sí y la objetividad, me exaltaba en una conversación en 1942 la objetividad absoluta de lo sagrado; hacía notar justamente cómo el sacerdote celebrante debe perderse en la objetividad del rito, haciendo inadvertible su individualidad. Añadía pintorescamente que la Misa se celebraría incluso por sí misma: las campanas sonarían por sí mismas, y la Hostia se elevaría espontáneamente. La objetividad de lo sagrado es diametralmente opuesta a la liturgia "viva" que persigue la reforma (considerando vida la vivacidad, el movimiento y la variación). Vivir es al contrario durar en la identidad, suceder, conservarse en la sucesión, como hemos mostrado tratando del movilismo en §§ 157-162.

288. Biblia y liturgia.
Bastante relevante es la variación acaecida en la relación entre Biblia y liturgia, siguiendo Sacrosanctum Concilium 35 y 51: "In celebrationibus sacris abundantior, varior et aptior lectio Sacrae Scripturae instauretur", es decir: establézcase en las celebraciones sacras una lectura de la Biblia más amplia, más variada y más adaptada. La variación, por un lado y en línea doctrinal, invierte la orientación hasta entonces mantenida por la Iglesia y sancionada por Pío VI contra el sínodo de Pistoya; y por otro y en línea de praxis pastoral y litúrgica, modifica los criterios mantenidos durante siglos.
La Iglesia fundó sobre la explicación de la Escritura la predicación al pueblo, y así lo ordenó el Concilio de Trento. No solamente los sermones de los Padres antiguos (Agustín explicó a la plebe púnica todo el salterio), sino también la oratoria sagrada moderna desde Segneri a Bartoli, de Bossuet a Massillon y a los grandes predicadores de Notre-Dame, está fundada o bien expresamente en la exposición de un texto bíblico, o bien (si el tema no es una perícopa del Evangelio) en un desarrollo homilético continuo a base de citas bíblicas, que los predicadores, incluso predicando en lengua vulgar, siempre hacían en el latín de la Vulgata traduciéndolo después a lengua vulgar.
La disciplina de la Iglesia en esta materia se apoya sobre una cualidad innegable de la Biblia. La Biblia es un libro difícil y contiene y celebra hechos que exigen muchos conocimientos para ser reconocidos en su significado moral, y que llegan a ser escandalosos para el común de los hombres. Tales son los pasajes sobre la meretriz de Oseas, Oolla y Ooliba en Ezequiel, la gesta traicionera de Judit, el incesto de Tamar, el adulterio de David, o los exterminios de los herem. El genio satírico de Voltaire tuvo su ápice en la Instruction du gardien des capucins de Raguse à frère Pediculosus partant pour la Teirre Sainte. La burla es muy atroz, la ironía desbordante y fantástica: hiere no tanto a la Sagrada Escritura como al uso imprudente, vulgar y presuntamente educativo, que se quería hacer y al cual la Iglesia se negaba. El célebre agnóstico aporta con su pequeña obra maestra blasfema un sufragio importante a la disciplina restricitiva de la Iglesia sobre la lectura de la Biblia.
Que la Biblia sea difícil por razones filológicas, históricas y morales, puede probarse abriendo un libro cualquiera, y lo atestigua la Biblia misma. En Ecl. 1, 8, se anuncia la dificultad general del lenguaje: "Cunctae res difficiles; non potest eas homo explicare sermone [Todas las cosas son afanes, más de cuanto se puede decir]". Pero II Pedr. 3, 16 afirma en particular la dificultad de algunos lugares de San Pablo y en general de toda la Biblia, siempre posibles de falsear: "in quibus sunt quaedam difficilia intellectu, quae indocti et instabiles depravant sicut et caeteras Scripturas [en las cuales hay algunos pasajes difíciles de entender, que los ignorantes y superficiales deforman, como lo hacen, por lo demás, con las otras Escrituras, para su propia ruina]".
Por otra parte, la prueba perentoria de que la Escritura es difícil y no universalmente divulgable la proporciona paradójicamente la misma reforma actual. Ha hecho en los textos bíblicos lo que hicieron los clásicos latinos en las ediciones expurgadas ad usum Delphini, y que jamás se había osado llevar a cabo con el texto sagrado. La reforma ha separado de los Salmos llamados imprecatorios los versículos que parecían incompatibles con la visión irenista del Concilio, mutilando el texto sagrado y sustrayéndolo furtivamente al conocimiento de clérigos y laicos. Ha expulsado además de la Misa versículos enteros de los textos del Evangelio en 22 puntos que tocan al juicio final, la condena del mundo, y el pecado.
A causa de las dificultades lingüísticas e históricas, de la multiplicidad de los significados (objeto del razonamiento teológico), y del principio católico de que la Iglesia posee las Escrituras y, a diferencia de la Sinagoga, también el sentido de las Escrituras, la disciplina de la Iglesia prescribió que la Biblia fuese entregada al pueblo de Dios por mediación del sacerdocio; que se discerniesen las partes que debían divulgarse de aquéllas que podían reservarse; que, en general, el conocimiento del texto sagrado tuviese lugar solamente a través de la liturgia, la catequesis y la homilética; que por texto oficial y auténtico fuese tenida sólo la Vulgata, y sobre ella se basasen las traducciones; y finalmente, que éstas fuesen todas autorizadas y acompañadas de notas interpretativas según el sentir de la Iglesia.
Esta disciplina ha sido variada; en parte por la nueva dirección imprimida por el Concilio a la liturgia, y en parte por la sucesiva infracción de las normas conciliares. El Concilio superó los decretos antijansenistas y las prescripciones de Pío VI. Contra la popularización protestante y jansenista de la Escritura Pío VI establecía que la lectura de la Biblia no es necesaria ni conveniente a todos (DENZINGER, 1507 y 1429). Por el contrario, el Concilio, en Dei Verbum 25, recomienda encarecidamente a todos los fieles la frecuente lectura de la Biblia. La Iglesia prescribía que las versiones fuesen autorizadas por la Santa Sede y acompañadas de glosas explicativas según la mente de la Iglesia, para que en medio del oleaje del pensamiento histórico y contra las interpretaciones privadas quedase fijada la inalterable verdad de fe (DENZINGER, 1603). El Concilio, por el contrario, aunque conserva la obligación de las glosas, confía a los obispos la vigilancia sobre las versiones. De aquí procede una multitud de traducciones, a veces conformes con el sentido auténtico y bien fundadas filológicamente, a menudo sin embargo viciadas de incertidumbre, tendencias heterodoxas o imprecisiones lingüísticas. Se verificó un fenómeno análogo al de los primeros tiempos cristianos, cuando según San Agustín circulaban innumerables traducciones: cualquier fiel que creyese conocer un poco de griego y latín se ponía a traducir (De doctrina christiana II, 6, 8). Pero aquéllas eran traducciones parciales sugeridas por el fervor personal y a la medida de éste. Aquí sin embargo se trata a menudo de traducciones completas, llevadas a cabo por organismos a veces mixtos de católicos y no católicos, frecuentemente desprovistas de glosas, y no siempre con aprobación eclesiástica.

289. Exceso y deformidad en la neovulgata.
La exigencia formulada por el Concilio dio lugar a una útil revisión general de la Vulgata, iniciada ya por Pío XI con la fundación del monasterio de San Jerónimo de Urbe, dedicado precisamente a tal obra. Pero la diversificada multitud de sucesivas versiones, con o sin aprobación eclesiástica, produjo una confusión y una dispersión antes desconocida.
Han cambiado las denominaciones tradicionales de algunos libros (Qoèlet en vez de Eclesiastés, Siracide en vez de Eclesiástico, etc.); las lecciones bíblicas de la Misa han sido ampliadas hasta exigir para su desenvolvimiento completo tres ciclos anuales; las admoniciones, las instrucciones, los preludios y los comentarios interpuestos a los textos litúrgicos se multiplican desmedidamente contra la expresa norma de Sacrosanctum Concilium 34; y en contra de las prescripciones, se leen in capite los nombres de sus autores; las partes oficiales con las que reza la Iglesia están mezcladas con reflexiones privadas, con opiniones meteóricas, con citas de autores profanos antiguos y modernos y con las efusiones sociales de los compiladores. El Misal antiguo se presentaba con caraceres de belleza y sobriedad y cabía todo en un volumen manejable, o en ediciones de bolsillo manejabilísimas. El Misal moderno, desmesuradamente engordado con lo sagrado y con lo inventivo y heterogéno como una satura latina, se presenta como una obra semieclesiástica colectiva distribuída en varios volúmenes (entre parte festiva y ferial, un conjunto de 4000 páginas).
El propósito de desarrollar para el pueblo de Dios durante el oficio divino la mayor parte posible del tesoro bíblico incurre en un inconveniente grave: ofende a la pedagogía de la memoria. Con el antiguo rito, en el curso de un año el pueblo oía en los días festivos un cierto número de perícopas de los Evangelios (algunos en verdad aporéticos, como la del siervo infiel). Entonces el retorno anual, con la anexa memoria de la homilía, acababa por imprimir en el espíritu de los fieles una profunda huella de la enseñanza del Divino Maestro. La renovación de una misma impresión es el factor principal de la memoria. Con el nuevo leccionario, en el cual las mismas cosas retornan sólo después de tres años, éstas no pueden retenerse, y el conocimiento de la Biblia es casi nulo (no existe conocimiento en el hombre si no hay memoria). El pueblo de Dios, que conocía de memoria salmos, himnos, secuencias y preces litúrgicas, y las asimilaba (a veces estropeándolas) a su propio lenguaje, hoy no conoce casi nada, aparte de las pocas partes fijas de la Misa. El haber violado la regla de la pedagogía y de la psicología de la memoria hace que el conocimiento de las fórmulas litúrgicas y de la Biblia, que se quería ampliar, por el contrario se haya restringido.
Pero además del exceso material, hay en los nuevos libros litúrgicos discrepancias de interpretación. Daré un ejemplo.
La segunda lectura de la Misa de Pascua está constituída por un paso de I Cor. 5, 7: _a_ g_r t_ p_sca _m¢n _t_'h Crist_V, que significa: "porque ya nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolada". Pero los nuevos misales traducen: "Nuestra Pascua es el Cristo inmolado", o bien "Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado"; y en la misma Misa en el canto de comunión: "Cristo, nuestra Pascua, es inmolado". Todas estas versiones dejan escapar el valor predicativo del vocablo t_ p_sca en esa construcción. No es posible, en un libro como éste, perseguir todas las versiones insostenibles, cuya abundancia, por decirlo con el poeta, se asemeja a las arenas de la playa y las olas del mar.

290. Altar y mesa en la reforma litúrgica.
Las mutaciones acaecidas en la estructura y en el lugar del altar como consecuencia de la reforma litúrgica arguyen las variaciones acaecidas en la mentalidad eclesial, sean conscientes o inconscientes. Como hemos señalado muchas veces, las ideas se mueven según una mecánica interna propia e inevitable.
Una primera idea que anduvo descarriada es la del altar como base compacta, elevada y excelsa sobre la cual inmolar el sacrificio. El altar simbolizaba el "monte de Yahvé vé (en el monte de Yahvé se verá)", sobre el que Abraham de disponía a sacrificar a su hijo en obediencia al Señor, y representaba también la altura del Calvario del hombre-Dios. Al altar estaba conectada la idea de la estabilidad, eternidad y excelsitud del Nume. Del mismo modo, en Homero, al tálamo de Ulises, trabajado dentro de la cepa viva de un olivo, estaba conectada la idea de la perpetuidad de las bodas. El altar estaba in excelsis, era el sitio del sacrificio y llevaba los signos de la inmutabilidad de Dios. Y puesto que era el lugar de la Eucaristía, le correspondía la posición más digna, más eminente y más visible de todo el templo.
Sé bien que la estructura y el sitio del altar variaron a lo largo de los siglos, y que la actual disposición procede sustancialmente de Trento; pero no creo que solamente por probarse la preexistencia en la Iglesia de una opinión o una costumbre sucesivamente caducadas haya motivo para retornar a aquella modalidad ya pasada. Para resucitar una forma antiguamente existente es necesario que ésta, al ser resucitada, realice más completamente que las actuales el sentido de la fe y las creencias de la Iglesia. De hecho muchas formas de vida en la Iglesia histórica representan un grado inferior de ese conocimiento de la fe y de ese sensus Christi que se desarrolla progresivamente en la Iglesia. Volver a ellas implicaría un paso retrógrado. Basta pensar en el culto y los dogmas marianos, en la conciencia misma del dogma trinitario, o en general en la superioridad actual de conocimientos sobre la verdad revelada en relación al pasado de la Iglesia ($ 269). Ahora bien, la perfecta comprensión del dogma eucarístico y la necesidad de venerar, adorar y custodiar con sumo cuidado el Sacramento está ciertamente menos presente en la reforma conciliar.
En primer lugar se ha perdido la idea de la elevación del altar: habiendo prevalecido el significado asambleario de la Misa sobre su carácter sacrificial, la grácil, sencilla y móvil mesa ha eliminado el compacto, monumental, e inmóvil altar. Éste es abatido (si las autoridades civiles no lo defienden por razones artísticas), separado de la mesa, y reducido a frontal; o bien conservado, pero anulado funcionalmente detrás del nuevo.
En segundo lugar, en vez de en un sitio elevado y dominante, el altar es colocado en el fondo del templo y dominado (como en un teatro es dominada la escena) por las gradas del patio destinado al pueblo.
En tercer lugar, el Sacramento (otrora conservado en un tabernáculo sobre el altar) ha perdido el sitio central, el más digno, y es colocado al lado de la mesa o en una capilla secundaria no inmediatamente reconocible; o bien se lo deja en el tabernáculo central antiguo, que viene ahora a encontrarse a espaldas del celebrante.
291. El altar cara al pueblo.
El altar cara al pueblo es la variación más importante ocurrida después del Concilio. La reforma misma lo declaraba "no indispensable", y ordenaba la conservación del altar primitivo cuando razones históricas, artísticas o religiosas lo aconsejasen; finalmente prohibía la constitución de dos altares, uno delante del otro, en un mismo presbiterio.
Sin embargo en casi todas partes donde no lo impidió la autoridad civil, se demolieron los antiguos altares o cuando menos se duplicaron en el mismo presbiterio, plantando la mesa para poder celebrar cara al pueblo.
El altar versus pupulum estaba admitido por la liturgia incluso antes de la reforma, pero al parecer subordinado a la orientación del edificio, ya que las rúbricas dicen: "Si altare sit ad orientem versus populum". Pero la posición del celebrante debe respetar la preeminencia absoluta del Sacramento, tanto si la asamblea se reúne en torno al sacerdote como fue antiguamente (y es recordado todavía por el término omnium circunstantium del canon), como si el pueblo de Dios se agolpa detrás o delante.
El altar cara al pueblo presenta graves inconvenientes. Si está plantado delante del altar antiguo (como a menudo sucede), que contiene el tabernáculo, es un agravio que el celebrante le dé la espalda al Sacramento para volver la cara al pueblo. Se verifica entonces la "abominación" execrada en Ez. 8, 16, cuando los sacerdotes sacrifican dando la espalda al Sancta Sanctorum. El agravio aparece más manifiesto si se tiene en cuenta que en la Ley Antigua se trataba de un Sancta Sanctorum prefigurado, y aquí del Santísimo real. Y más aún si se recuerda que para no volver la espalda al Santísimo los púlpitos se construían en el lateral de la nave; y durante la exposición del Santísimo, mientras se predicaba, el ostensorio era velado, considerándose irreverencia simplemente estar en presencia del Sacramento sin prestarle atención.
Pero prescindicendo de la irreverencia al Sacramento, una celebración versus populum padece otros inconvenientes. Los espacios en los cuales nos movemos son también espacios de emociones y de valores, porque el espacio universal base de todos los entes corpóreos no sólo está diferenciado por sus términos físicos, sino por significados metafísicos que fundamentan su simbolismo (que a su vez constituye la cara inteligible de lo sagrado). Lo de delante, por ejemplo, es esperanza, y lo de detrás, sospecha; la derecha favor, la izquierda desventura; lo alto es lo divino, lo bajo es el mal; lo derecho es la verdad, lo oblicuo es la incertidumbre, etc. Así, en la liturgia, posiciones y disposiciones, tanto de los objetos como de las personas, tienen significados profundos que pueden convenir o no a la realidad de lo sagrado. Que el sacerdote vuelva la cara hacia el pueblo y el pueblo hacia el sacerdote crea una situación totalmente distinta respecto a cuando ambos tenían la misma orientación. La celebración cara al pueblo rompe la unanimidad de la asamblea. En el rito preconciliar de la Misa sacerdote y fieles están todos juntos vueltos hacia Dios, que está delante y por encima de todos. Están en disposición jerárquica y tienen una visión teotrópica. En la nueva Misa "à l'envers" (como decía Claudel), la asamblea y el sacerdote se vuelven hacia el hombre y hacia el rostro del hombre. Se corrompe así la unanimidad de la Iglesia, porque el Dios hacia el que se vuelve el pueblo está, por así decirlo, al revés de aquél hacia el que se vuelve el sacerdote. La derecha del sacerdote es la izquierda del pueblo. El celebrante está en presencia de un Dios al cual el pueblo vuelve la espalda, y al revés, el pueblo está en presencia de un Dios al cual vuelve la espalda el celebrante. Ciertamente se puede prescindir de esta figuración y centrar los pensamientos en la Hostia del sacificio; pero la piedad natural humana procede por figuraciones e imagina personas. Se corrompe la unanimidad de la Iglesia, que no consiste en la consideración recíproca de sus miembros, sino en mirar a Dios todos juntos. Se reduce la Iglesia a comunidad de concentración, cuando en realidad es comunidad de proyección hacia un único punto trascendente.

292. La nueva arquitectura sagrada.
También la nueva arquitectura sacra (con poca imaginación, en verdad) está marcada por la idea de que lo sagrado consiste solamente lo sagrado del hombre y lo sagrado para el hombre, habiéndose perdido el sentimiento de lo sagrado en sí. La funcionalidad, convertida en principio de la arquitectura moderna y auténtico _rc_ [fundamento] de la construcción, domina también los edificios sagrados, concebidos con vistas a la utilidad del hombre: religiosa, sin duda, pero también a la utilidad de géneros distintos; por lo cual la Iglesia llamada polivalente sirve como lugar de asambleas profanas, sala de conciertos, refugio de huelguistas, etc.
Aquí se pierden dos valores: el de lo sagrado (lo separado por excelencia) y el de la adoración.
Lo sagrado, según la nueva arquitectura, está difuso en todo lo real, y por tanto el límite que lo circunscribe en las iglesias debe desaparecer. La nueva catedral de Taranto de Luigi Nervi, considerada una obra maestra, es totalmente contraria a los conceptos dogmáticos. Según el esquema antiguo, el altar está en alto (y si es posible también está en un alto la iglesia, que es simbólicamente un monte) y el pueblo alza la vista a él. En Taranto el altar está en lo profundo en vez de en la cima, como si Dios estuviese en el fondo y el hombre en la cumbre. Contrariamente a la idea sagrada de lo concluído, la bóveda está rasgada hacia el cielo para significar (dice el autor) que también el espacio externo es sagrado. Y así se destruye lo sagrado en general y lo sagrado peculiar del cristianismo, que es la Eucaristía. Finalmente, el altar del sacramento es lateral y totalmente igual al de los Santos, e incluso al de los caídos en la guerra.
A Pablo VI se le presentó el modelo de la nueva iglesia de Tagba, carente de paredes, totalmente abierta hacia la sagrada naturaleza que irrumpe con su belleza (OR, 10 junio 1968). San Carlino ai Morti fue una iglesia del lazareto milanés totalmente abierta a los lados para que los apestados pudiesen desde sus cuartos seguir la Misa; pero no implicaba ciertamente la filosofía de la nueva arquitectura, que eclipsa la idea de lo sagrado, que es la idea del templum, del t_menoV [espacio sagrado], del umbral, del limen; idea reforzada, como pronto diremos, por la de la presencia eucarística. También aquí con la expansión de lo sagrado fuera de lo sagrado se consuma la destrucción de las esencias en el intento de ver todo en todo y de hacer todo de todo.
La tendencia a transfundir la realidad sagrada fuera del espacio sacro, como si no se cayese en contradicción hablando de algo sacro que no esté separado, hace incurrir al catolicismo en una dificultad peculiar a causa del dogma eucarístico. Además de la presencia ubicua inherente a la divina naturaleza, según el dogma existe otra especialísima presencia de Dios en los lugares consagrados. Esa presencia está ligada a la presencia sacramental del cuerpo del hombre-Dios, quien solamente mediante el cuerpo, pasible o glorioso, se manifiesta en el espacio y en el tiempo de la criatura deviniente. No se introduce en ellos en el modo llamado por los teólogos definitivo o circunscriptivo (Summa theol. III, q, 76, a. 5), sino que se manifiesta en un modo real, de modo que el Santísimo está en este espacio y no en este otro. La Eucaristía es lo sagrado esencial de donde fluye y a lo que se refiere todo espacio sagrado, tiempo sagrado, persona sagrada, o acto sagrado. Solamente por la Eucaristía es posible una localización de lo divino. Si se prescinde de tal creencia, encerrar al ser divino dentro de paredes es algo incompatible con la exacta noción de la Divina Majestad, y que tiende a la superstición. Entonces la lógica llevará a contemplar el templo solamente como el lugar donde los hombres realizan sus operaciones de culto, y no como la sede de lo sagrado esencial, de donde procede toda santificación.
La sobrevaloración de lo funcional lleva a una disminución de lo sagrado. La iglesia es ciertamente también el lugar donde los fieles se reúnen a rezar y participan de la liturgia, pero es lugar sagrado independientemende de tal función, porque como toda creación del arte religioso, el edificio sagrado subsiste en sí antes de toda intencionalidad y funcionalidad pragmática. Y a la arquitectura sagrada se aplican las palabras de Luc. 19, 40: "si hic tacuerint, lapides clamabunt [si estas gentes se callan, las piedras se pondrán a gritar]", a la cuales se asemejan las de Rouault, para quien las iglesias deberían ser maisons priantes: no casas donde vengan los hombres a rezar, sino casas que rezan por sí mismas. Tal fue el carácter del arte medieval, cuando el artista escondía en lugares excelsos de agujas sin bautismo de luz formas de belleza que nadie veía, pero que cantaban por sí mismas la gloria divina para la cual el artista las había hecho (olvidando y anulándose a sí mismo en el anonimato, para que sólo el nombre de Dios fuese celebrado).

293. Resumen sobre la reforma litúrgica.
La reforma tuvo un efecto que sobrepasó y contradijo el marco prescrito por el Concilio en Sacrosanctum Concilium 36 (conservación del latín) y 116 (canto gregoriano). Es el aspecto del periodo postconciliar en que el espíritu atribuído al Concilio pasó por encima de su realización auténtica. El efecto mayor fue la caída en la frecuencia de las celebraciones litúrgicas, que calculando la media de las medias nacionales puede cifrarse en un 40 % respecto a la frecuencia anterior. Ciertamente no puede esta deserción imputarse solamente a la nueva liturgia, ya que concurrieron eficazmente la desafección del clero de su propio oficio sacerdotal, la sobrevaloración de la función sagrada de los laicos, la degradación de la Eucaristía, el rebajamiento de la orientación teotrópica de toda la religión, y la conformación de la Iglesia a los sentimientos secularizantes del mundo. Y sin embargo en este compuesto de concausas la deformación de los ritos y la novedad general de las cosas de Iglesia forman una fracción conspicua. Que la variación litúrgica haya llegado a una variación de fondo, es comúnmente negado por sus fautores, pero lo demuestran los hechos, que tienen en esto fuerza probatoria decisiva. Son verdaderamente numerosos los testimonios de protestantes que declaran encontrar la nueva Misa conforme a sus creencias y aceptable para la celebración de la Eucaristía en el seno de su comunidad. Max Thurian, del monasterio de Taizé, en el diario "La Croix" del 30 de mayo de 1969, declaró que uno de los frutos de la nueva Misa era probablemente "que comunidades no católicas podrán celebrar la Santa Cena con las mismas oraciones que la Iglesia católica: teológicamente es posible". Debe por tanto reconocerse que la reforma ha transformado una Misa católica inaceptable para los protestantes en una Misa católica aceptable para ellos. Y el juicio de aceptabilidad implica que ha acaecido una variación profunda: de ello son jueces precisamente los únicos que tienen competencia. Los testimonios en tal sentido son hoy innumerables y además las celebraciones conjuntas de una misma Eucaristía por sacerdotes católicos y ministros protestantes confirman la variación doctrinal, no obstante las débiles oposiciones de la jerarquía.


EXPLICATION...DE LA MESSE- LEBRUN 3