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sábado, 19 de febrero de 2011

3.1.2.ACCESORIOS DEL ALTAR


ACCESORIOS DEL ALTAR

            1- El tabernáculo y la lámpara votiva.
            2- La cruz
            3- Los cirios
            4- Los manteles
            5- Sacras y atril


1)- EL TABERNÁCULO

            1. Historia

                        1. El tabernáculo tal cual lo conocemos hoy día tiene sólo, aproximadamente, cuatro siglos.

                        2. Aunque parezca extraño, hasta el s. VII los fieles podían guardar la Santa Eucaristía en sus casas. Los Padres de la Iglesia hablan de ello:
                                   Tertuliano: “¿ No sabrá el marido qué gustas en secreto antes de cualquier otro manjar?, y si supiere que es pan, ¿no creerá que es aquel pan del que se habla?” (De Orat. 19; en l. 2, c.5)
                                   San Hipólito: “Todos eviten con diligencia que el infiel coma e la Eucaristía o que lo hagan los ratones u otro animal, y que ninguna otra coas en absoluto caiga en la Eucaristía y (que algo) perezca.” (Traditio; cf. Solano, p. 121; n.175)

                        Y no sólo se conservaba la Eucaristía en las casas, sino que también se comulgaba, tanto en Occidente, como en Oriente.

                        3. Pero, paralelamente, se guardaba en las iglesias. ¿En qué lugar?
                                   Const. Ap.: “Los diáconos tomarán el sobrante de las sagradas especies y los pondrán en el pastoforio”.
Pastoforio” viene de ‘pastos’= tálamo. [1]
En Oriente, el pastoforio o tabernáculo se hallaba al lado del altar, hacia el sur.


                                   En Roma, según el O.R. 1 (n.3), la reserva eucarística se hacía en una sencilla caja (‘capsa’). Esta, a la vez, se encerraba en un armario, el ‘conditorium’. Y el conditorium se hallaba dentro del ‘secretarium o sacrarium’.
                                   En la Galia se utilizaban las ‘torres eucarísticas o píxides’. La “Admonitio synodalis” admite sobre el altar la ‘píxide’ que contiene el viático para los enfermos.
                                   A partir del s.XI se utilizaron también las “palomas eucarísticas”[2]. La paloma era pequeña (unos 20 cm.) Presentaba una cavidad en la parte superior, cerrada por una tapaderita, a través de la cual se introducía la píxide con una o dos hostias. Toda ella se recubría con un velo. Pendía sobre el altar, a veces desde el baldaquino. Posteriormente, al desaparecer el baldaquino, se colgaba la paloma eucarística en la encorvadura de un báculo, sujeto a la trasera del altar ( o de una ménsula de hierro).



                                   Desde el s.XII se propagaron las ‘arcas’ o ‘propiciatorios’. El ‘propitiatorium’ es el antecesor inmediato de nuestros tabernáculos. Eran movibles y de pequeñas dimensiones ( Ej: el de Florencia mide 30 cm. de altura y 15 cm. de largo)     

                        4. Sobre el altar:
                                   a- En una Carta del Papa León IV al clero de Roma (s.IX) leemos: “No se puede depositar nada sobre el altar, a no ser las ‘capsae’ y las reliquias; los cuatro Evangelios, y el cofrecito del cuerpo de Cristo para el viático de los enfermos”.[3]
                                   b- En Italia, a partir del s.XI, se puso la reserva en sagrarios murales (ej: San Clemente de Roma). También se utilizó mucho en Alemania. Se construían ya en la pared al lado del altar , del lado Evangelio, ya en el coro. Se los denominaba “armarium, armariolum, sacrarium” ; tenían puerta y cerradura, y en ellos se colocaba la píxide con el Santísimo Sacramento.
                                   En los s.XIII-XIV se los decora, sobre todo la pared que rodea la portezuela. Los artistas italianos del s.XV tomaban como motivos: ángeles en adoración; Cristo saliendo del sepulcro o manando sangre de sus llagas (y un cáliz donde se la recoge); la Virgen, para indicar que también a ella le debemos la Eucaristía.
                                   c- Según Durando (+ 1296) sólo algunas iglesias colocaban el tabernáculo en la parte posterior del altar.[4]
                                   d- Hacia fines del s.IV y hasta el s.XVIII, se utiliza en el norte de Europa (Alemania, Países Bajos, norte de Francia), las ‘torres eucarísticas’ o ‘edículos’. Eran de gran altura (a veces llegaban hasta la bóveda), y se erigían junto al altar. En su mayor parte eran de estilo ojival. Contenían una hostia en un vaso transparente, colocado en medio de una rejilla metálica, y a veces, con cierta luz.

El origen de estas torrecillas, por las cuales tenía lugar un como exposición permanente fue el deseo vehemente de los fieles de aquella época, de contemplar la Eucaristía (A veces, mediando ciertas ideas supersticiosas).
                                   e- Pero desde el s.XVI se introdujo la costumbre de fijar establemente el tabernáculo sobre los altares. Los promotores de esta modalidad fueron Mateo Gilberti, obispo de Verona, y san Carlos Borromeo.
                                   f- El último paso fue la determinación del altar del tabernáculo: evidentemente, por su dignidad, se eligió el altar mayor. Pero esto se hizo obligatorio, sólo a fines del siglo pasado.
El Código de 1917 dice: “Se guardará en el lugar más digno y excelente de la iglesia y por tanto, de ordinario en el altar mayor, a nos ser que resulte más conveniente y digno para el culto y veneración de tan admirable sacramento guardarlo en otro altar...” (c. 1268 # 2)


            2. Legislación actual ( c. 1265-1274)[5]

                        1. De ordinario, en las iglesias y oratorios el tabernáculo en que se guarda el Smo. Sacramento, es del altar mayor. Pero si es más conveniente y digno para el culto y veneración del Santísimo, se lo puede guardar en otro altar.
Así p.ej: en las iglesias en las que se celebran funciones corales junto al altar mayor o en los santuarios donde hay mucho movimiento de gente.[6]
                        2. El tabernáculo debe:
                                   a- ser bendecido con la fórmula del Ritual que sirve para la bendición del copón (Tit. 9, c.9, n.6; cf. D.4035)
                                   b- colocarse en un verdadero altar; todo otro modo de conservar la Sagrada Eucaristía está terminantemente prohibido (en la pared, al lado o detrás del altar, en una columna o edículo separados del altar)[7];
                                          y en el centro del altar (c. 1269, n.1)
                                   c- ser inamovible, que no pueda destornillarse ni arrancarse[8]
                                   d- de materia sólida y resistente, o sea, madera, mármol o metal. Evidentemente ello tiene como fin evitar las profanaciones. [9]
                                   La Esposa de Cristo tiene celo sumo por la gloria de su Esposo; por ello, cuando ocurría una profanación, sin importar la causa, el Obispo tenía que entablar un proceso contra el párroco y remitir el acta del proceso a la S. C. R. (AAS, 1938, p.199 y 1957, p.425)
                                   e- estar artísticamente elaborado, cerrado con solidez por todos lados, convenientemente adornado. (c.1269, n.2). Los rectores de iglesias deben procurar que el altar donde está el Santísimo esté mejor adornado que todos los otros. (c. 1268, n.4)
                                   Su forma y tamaño deben ser dignos del Sacramento (SCR 1-VI-1957, n.4). En lo posible, debe ser conforme al estilo del altar y de la iglesia.
                                   No debe tener forma de caja o de urna, sino más bien de tienda de campaña; los símbolos que adornan el tabernáculo deben ser conformes al uso tradicional de la Iglesia; o sea, que hay que evitar toda representación extraña o que no condiga con la Eucaristía (S.C.R. 1-VI- 1957, n.7)
                                   f- estar dorado o forrado enteramente por dentro con seda blanca ( D.4035,4). Y, aunque estuviere dorado, se colocará siempre un corporal bendecido y limpio, el cual se cambiará con la debida frecuencia.

                        3. Dentro del sagrario sólo puede guardarse el Santísimo; ni los óleos, ni cálices, etc. Excepciones: temporalmente, la Custodia con el Santísimo y los copones aun no purificados. (Rit., V, 1, n.6; c.1269 #2)


            3. Elementos relacionados:

                        A)- El conopeo

                        1. Todo sagrario donde se encuentra el Santísimo debe tener su puerta cubierta con un velo o conopeo. Y eso aunque la puerta esté ricamente trabajada. No se trata de admirar una obra artística, sino de adorar al Dios escondido. [10]
                        No se debe poner conopeo en los sagrarios donde no hay presencia eucarística.
                        2. Materia: lo más conveniente es la seda, pero puede emplearse también algodón, lana, etc. (D. 3035, 10)
                        No conviene una pintura metálica o un bordado, o una oleografía con símbolos religiosos (D. 4000)
                        3. Forma: debe ser tal que en lo posible cubra incluso los lados del tabernáculo. No puede reemplazarse el conopeo por una tela fijada delante del tabernáculo, y menos aun por una tela transparente o dispuesta a modo de cortinas levantadas.
                        4. Color: puede ser siempre blanco, pero es preferible el color correspondiente al Oficio del día. (R.g.n. 117; D. 3035, 10)
Así, pues, en las funciones solemnes el color del conopeo sea el mismo de los ornamentos, salvo si siguen inmediatamente al rezo del Oficio coral, p.ej, las misas conventuales.
Aunque se trate de una función fúnebre no se puede utilizar el color negro, sino que ha de ser morado.
Para la exposición del Santísimo siempre debe ser blanco, a no ser que preceda o signa inmediatamente a otra función (Misa, Vísperas), y que el celebrante no salga del Coro o presbiterio; en cuyo caso se conserva el color conveniente a dicha función (D. 3559)

                        B)- La llave

                                   1. La puerta del sagrario debe ser bien sólida, con su cerradura y llave. (Rit., V, 1, n.5), y de tamaño tal que pueda sacarse con facilidad el copón.
                                   La llave debe ser de plata o al menos plateada.
                                   Debe haber copia, para que si se pierde, no haya necesidad de recurrir al cerrajero.
                                   2. La llave debe guardarla el párroco (si se trata de una iglesia parroquial) o el rector o capellán para las iglesias no parroquiales; nunca un seglar, aunque sea sacristán (Conc.Plen.Lat., n.890) Pero si se guarda la llave del sagrario en la sacristía, se le puede dar esa llave, por si otro sacerdote la necesita (en caso de ausencia del párroco).
                                   El rector de la iglesia debe guardar la llave del sagrario:
                                               - o en su casa;
                                               - o en la sacristía, en un lugar seguro y secreto, y bajo llave (la cual guardará en su casa o llevará consigo);
                                               - o la llevará consigo (SCR 26-V-1938)
                                   El cuidado que el rector de la iglesia debe tener de la llave del sagrario - chers confrères!- obliga sub gravi (c. 1268, # 4)
                                   En principio, no se debe dejar la llave puesta en la cerradura, ni sobre la mesa del altar (Sobre todo si el altar no está a la vista).


                        C)- La lámpara votiva



                                               1. Hay como un anticipo de lo que sería nuestra lámpara votiva, en la que Dios mismo había ordenado se tuviese encendida frente al tabernáculo, de cuyo cuidado estaba encargado Aarón (Lev. 24)
                                               2. El nicho o armario en que se colocaba la Santa Eucaristía estaba dentro de un ‘oculus’, en el cual ardía siempre una lámpara, cuyo resplandor se veía desde fuera.
                                               Un Sínodo de Verdún (s.VI) prescribía: “Que el lugar donde se reserve el precioso depósito de la Eucaristía sea un lugar destacado, eminente y digno y que, si los recursos de la iglesia lo permiten, haya siempre delante de ella una lámpara encendida”.
                                               Esa norma fue obligatoria desde la Edad Media.
                                               3. Disciplina actual: debe arder frente al tabernáculo, al menos, una lámpara, día y noche, sin interrupción, aun cuando se trate de una iglesia pobre (c.1271).[11]
                                               La lámpara debe estar alimentada con aceite de oliva. Pero si no se puede conseguir fácilmente, o es muy caro, el Ordinario puede permitir el uso de otros aceites vegetales o minerales (D. 3121). Puede también usarse cera de abejas; y, en casos de excepción, utilizar luz eléctrica (D. 4334).
(Así lo permitió la Santa Sede durante las dos Guerras)
                                               El color del vidrio puede ser cualquiera (D.3576)


            Simbolismo

            Juntamente con el simbolismo que veremos luego al hablar de los cirios, y que se aplica también a la lámpara votiva, Amalario ve en el uso de ésta una proclamación de la realeza de Cristo, puesto que en la antigüedad se llevaba una luz ante los emperadores y los reyes.

                “Sí, el fuego está emparentado a lo viviente. Es símbolo puro de nuestra alma viviente, imagen de todo lo que nosotros experimentamos interiormente: cálido y resplandeciente, siempre en movimiento, siempre esforzándose por elevarse. Cuando vemos agitarse a la llama después de cada soplo de aire, y sin embargo íntegra en su elevación, radiante de luz, transmitiendo olas de calor: ¿ no sentimos aquí una profunda afinidad con aquello que en nosotros también arde, es luz y se esfuerza por elevarse, a menudo incluso doblegado por fuerzas opuestas? Y cuando vemos de qué manera la llama penetra, anima y transfigura todo su contorno; cuando vemos que ella se convierte inmediatamente en el punto medio que siempre ilumina: ¿no es ésta una imagen de la luz misteriosa que está encendida en nosotros, encendida en este mundo para penetrarlo todo y darle una patria?.
                Así es. La llama arde como una imagen de nuestro interior; es como una imagen de nuestro esfuerzo de irradiación, de la fuerza, del espíritu. Donde la encontramos sentimos su agitarse e iluminarse como algo vivo que nos habla. Si queremos expresar nuestra propia vida, si queremos dejarla hablar en cualquier lugar, entonces encendemos ahí una llama.                                                                Así entendemos también por qué tiene que arder allí donde deberíamos estar propiamente: ante el altar. Allí deberíamos estar de pie, adorando, atentos, toda claridad y fuerza, concentrada en nosotros en la santa cercanía. La mirada de Dios dirigida hacia nosotros y nosotros dirigidos hacia El. Así debería ser. Confesamos esto porque encendemos allí la lámpara como imagen y expresión de nuestra vida.
                                        La llama en la lámpara votiva. ¿Ya has pensado en ello? Esto eres tú. Tu alma la representa; ¡debe representarla! Pues por sí sola la luz terrenal nada dice. Tienes que tronarla expresión de tu vida dedicada a Dios. Allí, el lugar de la santa cercanía, debe ser realmente el lugar donde tu alma -toda llama y toda luz para Dios- está íntegramente viva. Allí el alma debe estar en todo sentido en su casa, para que la silenciosa llama en la lámpara sea efectivamente expresión de tu interior.
                                        Esfuérzate para ello, no viene por sí mismo. Pero si tú te acercas a El entonces puedes - después de tales momentos de reposo luminoso- volver tranquilamente con los hombres. La llama se queda en el lugar de la santa cercanía y habla por tí.”


R. Guardini, Los signos sagrados, p.40-41









2)- El CRUCIFIJO



            1. RUBRICA

            “Super altare adsit in medio crux satis magna cum Crucifixo...”
( R. G. Misal, n. 527)
           
Sobre el altar, en el medio, entre los candelabros, se debe colocar un crucifijo (cruz + Cristo), de tales dimensiones que tanto el celebrante como los fieles puedan ver cómodamente la cruz y la imagen de Cristo (D. 2621 ad 7). Los candelabros no deben ser el centro de nuestra atención, sino la cruz.
            La cruz puede colocarse sobre el tabernáculo. Si arriba del alatr, en el retablo o en la pared, hubiese un crucifijo grande (pintado o esculpido), que se vea claramente, no es necesario colocar otra cruz. (D. 1270)
            No es necesario bendecir la cruz, pero es muy conveniente (D. 2143)


            2. HISTORIA

            1. Se sabe que hasta la conversión de Constantino (313), no se representaba la cruz de manera directa, sino a través de símbolos: el ancla, el tridente, el arado, etc. Ello era lógico por todo lo que significaba la cruz como signo de ignominia, al ser el suplicio de  los malhechores y los esclavos. [12]
            Pero después de la victoria de Constantino sobre Majencio (‘In hoc signos vinces’), y el hallazgo de la Santa Cruz, se comienza a ver en las basílicas imperiales, en los mosaicos absidales, la cruz como símbolo triunfal. Sobre un  fondo de oro, se ven cruces resplandecientes de piedras preciosas.
P.ej: En la Basílica de Santa Pudenciana (s.IV), se ve sobre el Cristo ‘Panthocrator’, una cruz de oro engastada de piedras preciosas, erigida en el Calvario, y rodeada de los monumentos que Constantino había hecho erigir en Jerusalén. (Constantino había hecho erigir una cruz de oro en el Calvario).

            2. En varios documentos siríacos del s.IV-V, se indica la costumbre de los cristianos de trazar una cruz en el muro oriental de sus cuartos, para rezar frente a ella. Y ello se conecta ciertamente con el hecho de que las basílicas bizantinas  que se construen hacia esta época, tienen su ábside orientado, y pintada, sobre él, una inmnensa cruz.

            3. Desde el s.VI comienza a pintarse no sólo la cruz, sino también a N.S.J.C., sea en forma realista, sea en forma simbólica ( Buen Pastor, Cordero, etc.). Pero en ningún caso como Cristo sufriente sino triunfante.
Ej: en San Apolinario in Classe, en Ravena, se ve una cruz fulgurante (s.VI). En Roma, en la iglesia de San Esteban Rotondo (s.VII), se ve una cruz triunfal, y sobre ella un busto de Cristo. Una mano desde el cielo, lo corona de laureles.

            4. En Siria se da una situación diferente: los monofisitas negaban la naturaleza humana de Cristo, y por tanto, no había sufrido tormento alguno. Entonces el arte se va a encargar de manifestar la ortodoxia. Por eso, en Siria, se ve ya desde el s.V, el crucifijo vinculado al altar.
Existe un Evangelio iluminado por un monje sirio del s.VI, llamado ¨Rabula, en el que se ve a Cristo crucificado, barbudo, y revestido del ‘colobium’.
            En el año 692,  el concilio ‘in Trullo’ de Constantinopla, decreta que ya no se representará más a Cristo de una manera simbólica, sino real.
            En esta época los sirios navegaban todo el tiempo por el Mediterráneo. Y como es la época de la herejía iconoclasta, muchos monjes orientales se dirigieron a Occidente, difundiendo así el crucifijo.
            Además varios Papas de esta época (s. VII - VIII) son de origen sirio, y fomentan el uso del crucifijo.

            Por este tiempo se viste a Nuestro Señor con el ‘colobium’ (que cubre todo el cuerpo), o sólo desde la cintura hasta las rodillas. Pero lo que tienen en común todas las representaciones es que se trata de un Cristo no sufriente, sino vencedor. Un Cristo majestuoso, Rey y Sacerdote; lleno de paz; la cruz es más el trono desde el que domina, que instrumento de suplicio.
            Se ve, a veces, la cruz pintada de verde, en alusión al árbol de la vida.
            Diversas causas hicieron que hacia el s.XII los artistas comienzen a insistir más en Cristo como ‘Varón de dolores’, que en plasmar su realeza (como había sido en arte cristiano de los primeros siglos). Por una lado, San Bernardo en sus escritos, realslta la humanidad de Cirfsto, como fuente de contemplación; se repreenta la Pasión en forma de ‘misterios’ (teatro sagrado; San Francisco recibe los estigmas; San Luis manda construir la Sainte Chapelle para cobijar la corona de espinas de N.S., etc.

            Desde el s.VIII se ven estas representaciones (Cristo con su cruz, vencedor de la muerte; Cristo Juez) suspendidas del arco triunfal de la iglesia o apoyadas en una viga ( ‘trabes’).
            Con el paso de los siglos ese motivo no hace sino repetirse; en el s.XV se lo ve en las iglesias de Francia, Bélgica, Italia, Inglaterra.
            En muchos lugares, en lugar de la ‘trabes’, existe una galeria, que separa el coro de la nave, y es entonces allí donde se ve la cruz triunfal. Ésta era  generalmente de madera, adornada de policromáiua y dorada. Decorada con los símbolos de los evangelistas, y a sus lados la imagen de la Virgen y de San Juan.
            En el s.XVI san Carlos Borromeo escribía: “Bajo la arcada principal del coro, en toda iglesia, sobre todo si es parroquial, se colocará la cruz con la imagen de Jesucristo. Esta imagen será de madera o de otra materia; el estilo será religioso y decorativo. Si la arcada es poco elevada, como así tambie´n la bóveda del coro, entonces el crucifijo será fijado sobre el muro que se eleva sobre la arcada, o al menos, sobre la puerta de la reja del coro”. [13]


            5. En la antigüedad se colgaban cruces de plata o de oro, desde el baldaquino o una viga (‘pergula’), sobre el altar, a manera de ex-votos.
            Constantino hizo colgar sobre el altar mayor de San Pedro, su corona imperial, de la que pendía una cruz en oro. Y siguieron su ejemplo varios príncipes como Clovis y Carlomagno. Otro tanto hicieron algunos Papas, sea ofreciendo coronas o cruces de plata o de oro.



                        6. Antecedente inmediato de la cruz de altar: la cruz procesional
                        Cuando Carlomagno fue coronado emperrador por León III, obsequió as éste una cruz con piedras preciosas, y le pidrió que dicha crruz fuese al frente de la procesión de las letanías (Lib. Pont., II). Desde entonces el cortejo pontifical fue precedido por una cruz, a la cual se le agregó un asta (como hoy día).  Las primeras cruces procesionales no tenía asta; ello se puede comprobar, p.ej., en la procesión del mosaico de San Vital, en Ravena -s.VI- Frecuentemente se la tomaba del palo transversal.
                        En el s.XII, cuando se celebraban las estaciones (culto papal), un subdiácono regional llevaba una cruz estacional (‘crux stationalis’) a la cabeza del cortejo papal, acompañado del clero y de los fieles de las parroquias romanas. Todos se dirigían hacia la basílica donde correspondía ese día celebrar (‘statio’). Cuando llegaba al altar, el subdiácono se quedaba allí sosteniendo la cruz, o la fijaba en un trípode, frente al celebrante. (entre el altar y los fieles).
A veces, al llegar al presbiterio, el subdiácono sacaba la cruz del asta y la colocaba en un soporte sobre el altar. Terminada la Misa, la volvía a colocar sobre el asta, para encabezar la procesión.
Hoy día también, en la Misa pontifical, el subdiácono y la cruz se colocan del lado Evangelio.

                        7. Finalmente:
                                   * s.XI: Había ya cruces de altar propiamente dichas (no procesionales)
                                   * s.XII:  Se conocen en todos lados
                                   * s. XIII: se prescribe su uso durante la celebración de la Misa.[14]
                                   * s.XVI:  La cruz se coloca en forma permanente sobre los altares (Aunque no es seguro que haya sido obligatorio)



            3. SIMBOLISMO

                        “Nada en el mundo puede existir ni formar un todo sin este signo”
(San Justino, Ap.1)

                        La imagen de la cruz  

                        Toman figura de la cruz
                        las golondrinas que vuelan,
                        los mástiles que se arbolan,
                        los estandartes que ondean,
                        los pinos que van creciendo,
                        los caminos que se encuentran,
                        los frailes que amor predican,
                        los marineros que reman,
                        el niño que va a su madre,
                        y el pecador que al fin reza
                        con los brazos extendidos
                        cual ave que al cielo vuela.

                                                           Jacinto Verdaguer


            En primer lugar hablaremos de la razón de ser de la cruz en el altar. Luego del simbolismo de la cruz en general.

            Simbolismo de la cruz en el altar




            1. 1. Respecto a lo primero: es evidente que la cruz tiene como fin inmediato recordar al celebrante y a los fieles, que la Santa Misa es la renovación del sacrificio de Jesús.[15]

            1. 2.  Pero no hay que olvidar que históricamente, como vimos, la cruz es también signo triunfal, de gozo. Quisiéramos citar algunos textos que ponen de relieve este último aspecto, tan desconocido actualmente.

 ( NB: Queremos aclarar que si transcribimos varias citas de los Padres, es no sólo para ver que se trata de una doctrina común, sino también para brindar la oportunidad al lector de conocer a los Padres. Esto que decimos aquí se aplica a todos nuestros artículos.)

                        Jean Daniélou: “El signo de la cruz apareció en su origen, no como una alusión a la Pasión de Cristo, sino como una designación de su Gloria divina. Incluso cuando, más tarde, se refiera a la cruz en que Cristo murió, ésta será consideerada como expresión del poder divino que actúa  a través de su muerte; y los cuatro brazos de la cruz aparecerán como el símbolo del carácter cósmico de esta acción salvadora” (Los símbolos cristianos primitivos, p.122)
                        San Juan Crisóstomo: “Este es para nosotro sun día de fiesta y de reunión, queridos hermanos, porque en un día como este, nuestro Maestro fue clavado a la cruz. No os parezca extraño, que en memoria de una cosa tan odiosa, nosotros estemos de fiesta: todos estos eventos son espirituales y opuestos al curso comùn de las cosas humanas. Para convenceos acabadamente: ¿ qué significaba antes hablar de la cruz? Era hablar de suplicio y condenación, mientras que ahora la cuz es un bojeto de veneración y amor. Antiguamente la cuz estaba consagrada a la vergüenza y al fracaso; hoy día es fuente de gloria y honor. Sí; la cruz es fuente de gloria; escuchad estas palabras de Cristo: ‘Y ahora Tú, Padre, glorifícame a Mí junto a Ti mismo, con aquella gloria que en Ti tuve antes que el mundo existiese’ (Jn. 17,5) Es a su cruz que Él hacía alusión. La cruz es principio de nuestra salvación; a la cruz debemos una infinidad de bienes. Gracias a la cruz, los que hasta no hace mucho no éramos más que objeto de desprecio e ignominia, somos ahora admitidos a la categoría de hijos.  Gracias a la cruz, no somos más juguetes del error, y conocemos la verdad. Gracias a la cruz, los que adorábamos árboles y piedras, conocemos ahora al Autor de todas esas cosas. Gracias a la cruz, hemos pasado de la esclavitud  del pecado a la libertad de la justicia. En fin, por la cruz la tierra se ha transformado en cielo... “ ( Sermón sobre la cruz, Viernes Santo)

                        San León Magno: “Entregado Cristo a la voluntad de sus crueles enemigos, para irrisión de su regia dignidad, se le obligó a portar él mismo el instrumento del suplicio, para que se cumpliese lo que había anunciado el profeta Isaías: ‘He aquí que ha nacido el Niño, se nos ha dado el Hijo, cuyo imperio lo lleva sobre los hombros’. Puesto que cuando el Señor cargó con el madero de la cruz, que se convertía así en cetro de su poder, a los ojos de los impíos era aquello una gran ignominia, pero para los fieles quedaba manifiesto un gran misterio; pues el gloriosísimo vencedor del demonio y triunfador de las potestades enemigas portaba hermosamente el trofeo de su triunfo; y sobre los hombros de su invicta paciencia llevaba el signo de la salvación que había de ofrecerse a la adoración de todos los reinos, como si con la misma imagen de su propia obra quisiera confirmar sus seguidores diciéndoles: ‘Quien carga con su cruz y me sigue, no es digno de Mí’ (Com. a Isaías, IX, 6 - PL 54, 339-340)

                        San Efrén: “Esta preciosa cruz aparacerá en el cielo, pródromo de la segunda venida del Señor, como el cetro de Cristo gran Rey, la señal del Hijo del Hombre. Se mostrará la primera, escoltada por el ejército de los ángeles, iluminando la tierra entera de una extremidad a otra, superando el brillo del sol y anunciando la venida del Señor de todas las cosas, Cristo”.

                        Este pensamiento de los Padres de la Iglesia - de ser la cruz cetro del Rey, signo de victoria - lo recoge la Santa Liturgia. Así. p.ej., en el hermosísimo himno de Vísperas del tiempo de Pasión, compuesto por Venancio Fortunato en el s.VI, el ‘Vexilla Regis prodeunt’:

                        “Flamean las banderas de nuestro Rey,
                        resplandece el misterio de la cruz,
                        en la cual la Vida sufrió la muerte,
                        y con la muerte produjo la vida...”


Para cerrar este punto, acerca de la bivalencia simbólica de la cruz en el altar, apuntamos una reflexión de Dom Beauduin que nos parece acertada:

                        “Sin duda, el artista cristiano debe respetar la realidad histórica. Pero en el misterio de Cristo sobre la cruz, tiene lugar otra realidad tan verdadera como el hecho material que cae bajo los sentidos: la realidad perceptible por los ojos de la fe, del tiunfo definitivo y univesal sobre la muerte y el infiero, de la victoria más gloriosa que culquier otra victoria y que Jesús obtiene en ese momento. Y mi fe, mi amor y mi reconocimiento quieren celebrar ese triunfo, contemplar esa victoria, transformar en trofeos gloriosos las ignominias del Calvario; y si el artista cristiano no me habla con fuerza de esa realidad trascendente, no me habla acabadamente del misterio de la cruz” (“Le Christ triomphant”, Les quest. lit., 2do. año, p.194-195)

Por nuestra parte creemos que la Santa Síndone logra ese objetivo: Cristo está yacente, pero parece de pie; su cuerpo es todo una llaga, pero su rostro es todo paz y majestad; nos introduce en la oscuridad del sepulcro, pero nos baña los ojos de luz; la luz de la Resurrección...



            Simbolismo de la cruz en general

La cruz:

                        1- Ha sido el altar de los holocaustos (era de madera), sobre el que se inmoló el Cordero de Dios. El fuego que consumió la Víctima fue su propia caridad (“He venido a traer fuego sobre la tierra...”)
                        2- Manifiesta los motivos de Jesús al dar su vida:
                                   * el palo vertical: amor al Padre
                                   * el palo horizontal: amor a los hombres
                                   El primero sostine al segundo; es su punto de apoyo, y le permite elevarse...
                        3- Se eleva entre el cielo y la tierra, como signo de reconciliación; horizontal = tierra; vertical = cielo y Jesús mismo es el nudo de ese abrazo ...
                        4- Signo de la Encarnación: el Hijo de Dios viene de lo alto, y nace en este mundo; la eternidad se inserta en el tiempo: una cruz, dos maderos (= teandrismo)
                        5- Abraza todos los tiempos: el pasado representado por la parte izquierda de la horizontal; el presente por el vertical; y el futuro, por la derecha de la horizontal.
                        Abraza todos los lugares: la cruz indica los cuatro puntos cardinales.
                        6- Señala el Imperio de Cristo: en lo alto (cielo = redimidos; Cristo está allí, con sus llagas: Amor, gloria); en el medio (esta tierra; Iglesia militante; tiempo de gracia; misericordia); abajo = base, la cruz hunde sus raíces  (Infierno; Justicia).
                        7- Es balanza: a la izquierda, la Justicia divina, que reclamaba el pago; a la derecha: la Misericordia, que proporcionaba el recurso; en el medio, la prenda de Redención, que estableció el justo equilibrio.[16]
                        8- En ella quiso morir Cristo para significar el objeto de su entrega: la cruz era el suplicio de los esclavos, y Él había venido a liberarnos del pecado (Gal. 3,13; II Cor. 5,21)
                        9- Es la llave que abre el cielo; la vara de Moisés que toca el Corazón de Dios y hace descender un torrente de gracias.
                        10- Imán poderosísimo: “Cuando Yo haya sido elevado sobre la tierra, atraeré todo hacia Mí” (Jn. 12, 32)
                        11- Es mástil: a él debemos atarnos para no perecer cuando la nave es agitada por las olas. San Máximo de Turín relaciona el mito de Ulises con el valor salvífico de la cruz: quien se ata fuertemente al mástil, no temerá el canto seductor de las sirenas (= las creaturas)[17]




Palabras a una cruz de palo
...............
Si bastan cuatro tiempos de compás
para ceñir el cósmico concierto,
para abrazar el infinito incierto,
bastan tus cuatro brazos, nada más.

De tu cuádruple abrazo es el esfuerzo
síntesis de las cuatro lejanías
y las elementales energías
en que se crucifica el universo.

Con tu símbolo + sumo las dos
hipótesis del tiempo y el espacio
y mi voracidad de lumbre sacio
despejando la incógnita de Dios.

Eres conciliadora abreviatura
de dos caminos de peregrinante:
uno ideal, tendido hacia adelante,
y otro sentimental, hacia la altura.

Tus aspas son del único molino
que con suspiros de plegaria rueda
para que el hombre bondadoso pueda
moler el trigo de su pan divino.

Anuda tanta caridad y tanta
misericordia de perdón tu nudo
que pareces al sollozo mudo
que está crucificando mi garganta.

Franciso L. Bernárdez

(NB: La poesía elegida se relaciona con el tema tratado en “2000 años de Misa”)






3)- LOS  CIRIOS (luz y fuego)  




            1. Reglas litúrgicas

                        a)- Materia: todas las velas prescriptas para todas las funciones litúrgicas, deben ser de cera blanca de abejas (D. 3173).
                        Sin embargo, “en atención a la gran dificultad de conseguir verdadera cera de abejas, o de evitar las indebidas mezclas, puede mezclarse la cera con otra materia vegetal o animal, pero los Obispos pondrán mucha atención a que el Cirio Pascual, y las dos velas que se enciendan en las Misas sean de cera de abejas, ‘saltem in maxima parte’, v. gr. 75 a 80 %; respecto a las demás velas, que deben colocarse en el altar, es preciso que sean también de la misma cera, ‘in majori vel notabili quantitate’, por lo tanto en 60 % o siquiera 50 %. En esto, los párrocos y demás rectores de las iglesias y oratorios pueden atenerse con seguridad a las reglas establecidas por los respectivos Ordinarios, y los celebrantes no están obligados a averiguar con inquietud la calidad de las velas” (D.4147)
Por otro decreto (S.C.R., 13 - XII- 1957) se permitía a las Conferencias Episcopales el establecer el porcentaje necesario de cera de abejas.
                        Se tolera la costumbre de introducir las velas en tubos de madera o metal, con tal que dichos tubos sean parecidos a los cirios ordinarios, no más altos que ellos, y que la vela sea de cera (D. 3448 ad 13)
                        Además de las velas prescriptas por la Liturgia, sea en la Misa, sea en las Bendiciones eucarísticas, no pueden tolerarse velas de estearina y menos de sebo ‘intra ambitum altaris’ (o sea, en la mesa del altar, en las gradillas y en la parte del retablo unida al altar) (D. 4257 ad 5)
También están prohibidas las lamparillas de aceite. (D. 4035 ad 6)

                        b)- Número de cirios requeridos para la celebración

                                   * En las Misas rezadas: dos cirios; los candelabros se colocan a los lados de la cruz, sobre la mesa del altar o en las gradillas. (D. 3759)
                                   No se pueden encender más de dos cirios por distinción personal del celebrante, si no es obispo, cualquiera sea su dignidad. Pero sí se pueden encender cuatro, si la Misa rezada reemplaza la misa parroquial o conventual, o con motivo de alguna solemnidad. (D. 3059 ad 7)
                                   * En las cantadas: “se encienden los candeleros requeridos según la calidad de la Misa” (R.G. Misal n. 527). Pueden encenderse siempre seis, pero no más (D. 1725 ad 2). Deben encenderse seis en las Misas y Oficios de 1 y II clase.
En las de III cl. basta cuatro; en las ferias y Misas votivas de IV cl., dos (Coer. Ep. 1, c.12, n. 11 y 24)
Para la Misa cantada de Requiem, se deben encender al menos cuatro (D. 4054 ad 2).
En la Misa pontifical solemne del obispo residencial en su propia diócesis, se deben encender siete velas (salvo en la de Requiem y en las vísperas pontificales).
                                   “El uso de encender un cirio, cerca del altar, desde la consagración hasta la comunión, donde existe, debe conservarse” (R.g.M. 530)
El cirio se coloca en las gradillas de los candeleros del lado Epístola, o en las gradas mismas del altar.

                        c)- Cómo se encienden los cirios: se principia por el más cercano a la cruz, del lado epístola, y se sigue encendiendo por orden los demás del mismo lado y de la misma hilera, si hay varias. Luego se encienden los del lado Evangelio, siguiendo la misma regla.
                        Para apagarlos, se sigue el orden inverso: se principia por el cirio más apartado de la cruz del lado Evangelio, y los demás por orden. Luego se apagan los cirios del lado Epístola, siguiendo la misma regla y el mismo orden (D. 4198 ad 9).

                        d)- El uso de luz eléctrica: No se puede colocar sobre el altar, aun entre los candeleros, o en el retablo que forma parte del altar (D. 4206)
Está prohibido rodear con bombillos y sobre todo de color, los nichos de santos colocados en el retablo; pero puede colocarse una lámpara eléctrica al pie de las imágenes para iluminarlas (D. 4322)
En los otros lugares y en los demás casos, se permite la iluminación eléctrica, según el parecer del Ordinario, con tal que la iluminación no tenga nada de teatral (D. 3859)
El Decreto Urbi et orbe, del 3 -III- 1942, concedía a los Ordinarios el que permitiesen suplir con luces eléctricas algunos cirios prescriptos por las rúbricas, pero en circunstancias especiales.


            2. Historia

                        a)- En el paganismo
                                   Sobre el uso de los cirios y el fuego entre los paganos dice Kapellari:
                                   “ ... Pero ya antes de la existencia del cristianismo y simultáneamente a su aparición en la historia fueron símbolos importantes para las gentes de otras creencias. Desde siempre, la noche tenebrosa se consideró un tiempo inquietante y amenazador.  La luz en la noche brindaba, a la vez que calor en su condición de fuego, una protección frente a los peligros invisibles. La luz caldeante pronto adquirió carta de ciudadanía en los hogares, en tanto que la luz de iluminación se obtenía mediante teas, hachones y lámparas de aceite en los países en que abundaba el olivo. Originariamente, esas lámparas eran muy sencillas: pequeñas copas de barro, en cuya masa blanda y antes de cocerla se hacía con fibras vegetales o con restos de tela. Más tarde la forma de las lámparas se fue afinando cada vez más.
                                   Pero tales lámparas, y también los cirios y velas hechos con cera de abejas, no eran simples utensilios cotidianos con una determinada utilidad. Fueron, además, objetos con un significado religioso. Su luz, que iluminaba las tinieblas de la noche, era símbolo de la existencia del hombre, de su caminar desde la oscuridad a la luz; un símbolo del nacimiento, por el cual se pasa del seno materno a la luz del mundo, y un símbolo del segundo nacimiento desde el seno de la muerte hasta la luz eterna del más allá. Los templo paganos, y lo mismo el templo judío de Jerusalén, estaban iluminados por la luz de muchas lámparas. Entre griegos y romanos, el acto de encender las luces, tanto en los templos como en los hogares, era un hecho de alcance religioso. El portador de la luz entraba, al tiempo que formulaba un buen deseo o una exclamación como ‘¡Buena luz!’, a la que respondían los presentes: ‘¡Bienvenida sea la luz!’ ...” ( p.77-78)


                        Fustel de Coulanges dedica el cap. III de su famosa obra “La Ciudad antigua” al tema del fuego sagrado entre los pueblos arios. Habla de la antigüedad y universalidad del culto al fuego (al hogar), considerado como un dios; y de la conexión de este culto con el tributado a los difuntos. Veamos algunos pasajes:
                                   “La gran prueba de la antigüedad de estas creencias y estas prácticas es que se las halla a la vez entre los habitantes de las orillas del Mediterráneo y los de la península indostánica...”
                                   “Si la existencia de este culto en todos los pueblos indoeuropeos no demostrase bastante su remota antigüedad, hallaríamos otras pruebas en los ritos religiosos de los griegos y romanos. En todos los sacrificios, aun en los que se hacían en honor de Zeus y Atenea, siempre se dirigía al hogar la primera invocación... “
                                   “La casa de un griego o de un romano encerraba un altar y en él debía haber siempre un poco de ceniza y carbones encendidos. Era obligación sagrada del dueño de cada casa mantener el fuego día y noche, y ¡desgraciada aquélla en que llegase a apagarse!”
                                   La sacralidad de este fuego se ponía de manifiesto por la manera en que se iniciaba y mantenía: no podía usarse pedernal y eslabón para encenderlo, sino que “el único procedimiento lícito era concentrar en un punto el calor de los rayos solares o frotar enérgicamente dos astillas de una especie determinada hasta sacar chispas. En cuanto a la materia para alimentar ese fuego: no se podía usar leña de cualquier árbol, sino de aquellos que estaban permitidos; y no debía arrojarse a ese fuego ningún objeto extraño, ningún cuerpo sucio. El sentido espiritual de ello era que ‘no debía cometerse en su presencia ninguna acción vituperable’.
                                   “Había un día en el año, que entre los romanos era el primero de marzo, que le estaba permitido a cada familia apagar su fuego sagrado y encender otro en el acto, pero para encender el nuevo fuego era preciso observar escrupulosamente los ritos”. Es interesante señalar el que antiguamente, en ciertos lugares de Europa, la noche del Sábado Santo, los fieles apagaban el fuego de sus hogares. Y lo volvían a encender con el fuego bendito de esa noche (para lo cual llevaban algunas ramitas). Por otro lado, el fuego del Sábado Santo tendría que encenderse no por medios artificiales, sino a partir de la piedra de pedernal. De hecho, en una de las oraciones se dice que esa piedra simboliza a Cristo (quien vino a traer fuego a esta tierra...)

                        b)- En el Judaísmo
                                   Se usaba el fuego en el altar de los holocaustos (Lev. 6, 8-9), para el incienso y en el candelabro de siete brazos (fuego perpetuo)

                        c)- En el cristianismo

                                   Según el O.R. 1 (s. VIII) mientras el Papa se reviste para celebrar, siete acólitos de la región de servicio esperan con sus cirios. Cuando el Papa está listo, el subdiácono sale de la sacristía (‘secretarium’) y dice ‘Accendite!’ (¡Encended!). Entonces los acólitos encienden sus cirios y avanzan.
Así el Papa va a encontrarse entre siete candelabros como Cristo, según al visión del Apocalipsis (2,1). A sus lados se hallan el archidiácono y el segundo diácono; un subdiácono los precede con el ‘thyamaterium’, hornillo que contiene incienso, y que sirve para volver a encender los cirios
Los cirios y el incienso son señales de honor hacia el Pontífice. En efecto, según el derecho romano, ciertos dignatarios tenían el privilegio de ser precedidos por cirios e incienso. Bajo los Antoninos, el derecho a cirio (‘jus ad cereum’) era privilegio del emperador. Más tarde, los altos magistrados de Roma, en el ejercicio de sus funciones, eran acompañados con las insignias de su dignidad, es decir, iban precedidos de cuatro cirios y del código (‘liber mandatorum’). El incienso quedó reservado al emperador.
Constantino otorgó a los obispos el derecho de juzgar ciertas causas (derecho confirmado en el Codex Justiniano, L.1, t.IV, lex 8) Por lo que tenían derecho a ir precedidos de los cuatro cirios y del código.
Paulatinamente, lo que se daba en el ámbito de la justicia pasó al ámbito litúrgico; es decir, no ya cuando el obispo se comportaba como juez, sino como celebrante.
Así como el libro de la ley se colocaba sobre la tribuna, en medio de antorchas, así el libro de los Evangelios se colocaba sobre el altar, rodeado de cirios. Pero en lugar de uno, dos o cuatro cirios, la liturgia utilizará siete, para honrar al Papa y los obispos. Ello se debió seguramente a la visión apocalíptica: “Me volví para ver al que hablaba conmigo. Y vuelto vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros alguien como  Hijo de hombre...” (Ap.1, 12-13)

            Cuando la procesión llegaba cerca del cancel, los acólitos se formaban de un lado y otro para dejar pasar al Papa. Según el O.R. II (s.IX) desde que la Schola entona el Kyrie, los acólitos depositan los candeleros sobre el pavimento de la iglesia, cuatro a la derecha y tres a la izquierda.
Según el O.R. V (s.IX-X) sostienen los candelabros hasta después del Gloria.
En esta época no podía colocarse sobre el altar sino la Eucaristía, el Evangelio y las reliquias.
Probablemente en el s.XII, y ciertamente en el s.XIII, los cirios (como la cruz), se ponen sobre el altar. (OR XIII). Inocencio III (+1215) dice que la cruz de altar se coloca entre dos cirios (De Sacro Alt. Myst., II, 21)
En el s.XV-XVI, el uso se generaliza y es confirmado por el Misal romano (1570).
En cuanto a la Misa pontifical: el obispo en su diócesis celebra con siete cirios: el séptimo, superior a los otros, se coloca detrás de la cruz. (Coer.Episc., lib.1, c.XII, n.12)
En otros casos, aun siendo Misa del obispo, se colocan sólo seis cirios, evidentemente por simetría.

            3. Simbolismo



                        Que el uso de los cirios en nuestro no tenga un fin meramente utilitario, práctico, sino también simbólico, lo ponía ya de manifiesto San Jerónimo: “En todas las iglesias de Oriente se encienden luces cuando ha de leerse el Evangelio, y aunque brille el sol. Naturalmente que esto no se hace para disipar la obscuridad, sino para expresar alegría” (Contra Vig., c.7)
Lo mismo dirá siglos después el Micrólogo: no es para disipar las tinieblas que se encienden velas, sino para simbolizar la luz divina.[18]

                        1- El hombre fue creado para conocer y amar a Dios. Pero el pecado original produjo ceguera y frialdad en su alma. Por eso necesita de una luz y fuego espiritual, que se simbolizan bien de dos maneras: por el sol, en la Creación, templo hecho por las manos de Dios para el hombre; y por los cirios, en el templo construído por el hombre para Dios.
Las oraciones de la Fiesta de la Purificación se expresan en ese sentido:
“Señor Jesucristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo: derrama tu bendición sobre estos cirios, y santifícalos con la luz de tu gracia; y así como estas antorchas encendidas con fuego visible ahuyentan las tinieblas de la noche, así nuestros corazones alumbrados con luz invisible, esto es, con la claridad del Espíritu Santo, se libren de la ceguedad de todos los vicios, para que, purificada la vista del alma, podamos ver lo que te es grato y útil a nuestra salvación, y así merezcamos llegar, después de las peligrosas tinieblas de este mundo, a la luz indeficiente. Por Ti...” ( 3a. Oración)

                        2- El cirio representa a Cristo: la cera (hecha por las ‘virginales abejas’[19]), representa su cuerpo (hecho de María); la mecha, su alma; la llama, su divinidad.[20]
                        La luz es símbolo de su divinidad. Sin luz no puede haber vida. Las plantas necesitan de la luz; los animales de las plantas; el hombre de ambos.
                        La luz permite ver las cosas cómo son; Dios es la fuente de toda verdad.
“Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna” (1 Jn., 1,5); es el “Padre de las luces” (Sant. 1,17); y “habita una luz inaccesible” (1 Tim. 6,16). “A Dios nadie lo vio jamás; Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer” (Jn. 1,18). Aquel que es “Dios de Dios, Luz de Luz” (Credo); “irradiación de su gloria” (Hebr. 1,3). Esa Luz se revistió de carne, para dejarse ver por los hombres... “Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre”. “Ego sum lux mundi” (Jn. 8,12). “En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron”. (Jn.1) Salvo algunos, como el anciano Simeón que lo llamó “luz para iluminación de las gentes, y gloria de Israel” (Lc. 2,32)

                        Cada cristiano, el día de su Bautismo asume el compromiso de ser también él mismo luz en medio del mundo, puesto que es ‘otro Cristo’.
“Vosotros sois la luz del mundo... Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos” (Mt. 5, 14-16)
Y como un eco del mandato del Divino Maestro, el Apóstol de las gentes conminaba a los Filipenses (2,15) a conducirse como “hijos de Dios sin mancha, en medio de esta generación perversa, entre la cual aparecéis como antorchas en el mundo...”
Y a los efesios decía (5, 8-14): “Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz - el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad - ...”
Debemos estar siempre preparados para salir a recibir al Esposo, “con los lomos ceñidos y nuestras lámparas encendidas” (Lc. 12,35). Y entonces seremos trasladados al Reino de la luz y de la paz: “Lux perpetua luceat eis”.
Como se nos dice en el Rito bautismal: “Recibe la lámpara ardiente, y guarda tu Bautismo de una manera irreprochable: cumple los mandamientos de Dios, para que cuando venga el Señor a las nupcias, puedas salir a su encuentro con todos los Santos, en la morada celestial y vivas por los siglos de los siglos”.


                        3. El cirio, símbolo de las virtudes: “Las tres virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad, están también representadas por al luz: la claridad de la llama representa la fe, que luz para nuestros pies y llama en nuestros senderos (Ps. 118); la dirección constante de la llama, que tiende hacia lo alto, es una imagen de la esperanza cristiana, que dirige todos nuestros deseos hacia los bienes sobrenaturales; el calor de la llama, que consume poco a poco la mecha y la cera, es el emblema de la caridad, que consagra todo lo que tiene, las fuerzas de su alma y de su cuerpo, al servicio de Dios” (Ghir, p. 353)

                        4. El cirio y el alma de oración: “En el lugar que se tocan el cirio y la llama se realiza un gran misterio: la transfiguración de cera en vida, de frío en calor. La vela convierte su cuerpo puro y sencillo en fuego, adquiere por ello una categoría superior: entrega su ser en alabanza de Dios” (A. Wagner De Reyna, p.110)
                        “... Para este amor hay una bella imagen: luz y calor. Aquí se encuentra la vela con una llama radiante; nuestra mirada ve su luz, la incorpora en sí, forma con ella una sola cosa, y sin embargo no la toca. La llama permanece en sí misma y la mirada también, y sin embargo tiene lugar un llegar a ser uno: una unión sin contacto ni mezcla, pura en el mirar, hasta se podría decir con veneración y castidad. Esta es una imagen profunda para aquella unión que se realiza entre Dios y el alma en el conocimiento...” (Guardini, p. 47-48)

                        5. El cirio representa a Cristo resucitado.
                        El Sábado Santo se realiza la bendición del fuego. Se trata de un fuego perpetuo, sacado de la piedra, que estará todo el año presente a través de la “lámpara votiva”. La chispa con la que se inicia ese fuego sagrado nos recuerda los destellos del cuerpo resucitado de Cristo, que atravesó la roca.
En efecto, la oración de bendición del fuego dice: “Oh Dios, que por medio de tu Hijo, que es la piedra angular, diste a tus fieles el fuego de tu claridad (‘claritatis tuae ignem’), santifica este nuevo fuego sacado del pedernal, y que ha de servir para nuestros usos, y haz que, de tal manera nos inflamemos con deseos celestiales en estas fiestas pascuales, que merezcamos llegar con almas puras a las fiestas de la luz perpetua” (‘perpetuae claritatis... festa’)”
Los cirios del altar participan de ese simbolismo. Leamos algunos pasajes de uno de los textos más bellos de la liturgia católica, el famoso ‘Exultet’:
                        “Alégrese también la tierra, radiante con tan magníficos resplandores; e iluminada con el esplendor del Rey eterno, comprenda que todo el orbe se ha visto libre de la oscuridad que lo envolvía. Alégrese también nuestra Madre la Iglesia adornada con el resplandor de luz tan brillante ... (‘tanti luminis adornata fulgoribus’)
                        “... que este Cirio consagrado en honor de tu nombre, continúe siempre ardiendo, para disipar las tinieblas de esta noche que su luz suba, como olor de suavidad, a mezclarse con las celestiales lumbreras. Que el lucero de la mañana lo halle encendido: aquel lucero -digo- que no tiene ocaso; aquel que, volviendo de los infiernos, derramó una clara luz sobre el género humano”.

                        La virtud apotropeica de los cirios. El cirio simboliza entonces la victoria de la luz sobre las tinieblas; de Cristo Rey, luz del mundo, sobre el Príncipe de las tinieblas. Pero no es sólo símbolo: al recibir la bendición de la Iglesia pasa a ser un sacramental, que tiene como efecto especial alejar la acción diabólica. Ya se ve claro en la oración de bendición del Cirio pascual al decir: “... que irradie por doquier benéficamente contra los maleficios del demonio” (‘expulsa diabolicae fraudis nequitis’). Y más aun, en la bendición de las candelas que presenta el Ritual romano (tit. VIII, c.3)
                        Respecto a este punto nos parece interesante lo que dice Eisenhofer:
“En época muy temprana se encendían luces delante de las reliquias, es decir, de los sepulcros de los mártires, costumbre contra la que arremete el Concilio de Elvira (c.34 - año 305). También San Jerónimo conoce esta costumbre, sin que directamente la repruebe. Ciertamente esta costumbre proviene de los pueblos antiguos, que hacían arder las luces delante de los difuntos. Atribuíase a las luces una virtud apotropeica, de ahuyentar los demonios que pululaban, según se creía, por los lugares de muerte y corrupción...” (p.50)

                        6. Nuestros cirios y el candelabro judío.
                        En la Misa solemne se utilizan 6 velas; 7 en la Misa episcopal. Lo que se vincula con el candelabro judío. Sus 7 brazos eran alimentados con aceite de oliva, consagrado (Lev. 24,2) Y había sido confeccionado según la visión de Moisés: “... Y mira lo hagas según modelo que te ha sido mostrado en el monte”. “El candelabro era de oro, labrado a martillo ... Moisés lo había hecho conforme al modelo que Yahvé le había mostrado”. (Ex. 25,31-40; 37, 17-24; Num. 8, 1-4)
En el Apocalipsis se hablará nuevamente del candelabro de 7 brazos:
                        “Al ángel de la Iglesia de Éfeso escríbele: ‘Esto dice el que tiene las siete estrellas en su mano derecha, el que anda en medio de los siete candelabros de oro ... Recuerda pues, de donde has caído, y arrepiéntete ... si no vengo a ti, y te quitaré tu candelabro de su lugar” (2, 1-5)
                        “... y delante del trono había siete lámparas de fuego encendidas, que son los siete espíritus de Dios”. (4, 5)
                        Y en 5,6, se nos dice que el Cordero degollado tiene siete ojos, “que son los siete espíritus de Dios en misión por toda la tierra”.

                        El número siete (7): respecto del número de brazos del candelabro dice Flavio Josefo que significa la santidad de Yahvé; y según Filón los siete planetas. Lo mismo que éste último dice Clemente de Alejandría, señalando que el brazo central simboliza a Cristo, Sol de justicia.
                        En todo caso, el 7 es sin duda, uno de los números más importantes en el simbolismo cristiano e indica siempre plenitud, perfección: siete fueron los días de la Creación; las edades del mundo; los Patriarcas; los ángeles que están en la presencia de Dios; los dones del Espíritu Santo; las virtudes fundamentales (3 teologales, 4 cardinales); los pecados capitales; los sacramentos; las peticiones del Pater; los planetas, los metales, los colores, las notas fundamentales; las artes liberales, etc.
                        Se ve claramente que es el número de la manifestación divina: ya que el 3 es el número divino (Santísima Trinidad), y el 4 el del mundo creado (4 elementos, 4 puntos cardinales, etc.)
                        Clemente de Alejandría: “Cuando hubiere subido el más alto escalón que puede alcanzarse en la carne, todavía continuará, como se debe, cambiándose en mejor, aspirará a llegar, pasando por el número sagrado de siete, a la casa del Padre, a las moradas reales del Señor, donde se convertirá, por decirlo así, en una luz constante y eterna, y en todo aspecto perfecta e invariable”. (Strom. 7, 57, 5)




POESÍAS PARA REZAR [21]

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva,
acaba ya si quieres,
rompe la tela deste dulce encuentro.
............................................................
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba obscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

                        San Juan de la Cruz



Llamé mi luz a la tiniebla escura;
gloria, a mi pena; a mi dolor, consuelo;
provecho al daño, y al infierno cielo.
¡Qué ciego error, qué bárbara locura!

¡Ay luz divina, sobre todas pura
cuántas vivieran el humano velo!;
¡oh, el intelectual de ardiente celo,
quién conociera, entonces, tu hermosura!

Origen de la luz, luz poderosa;
¡luz que ilumina el sol, las once esferas!
Luz, ¿quién es luz sino tu luz hermosa?

¡Ay, loca ceguedad, cuál me pusieras,
si fiado de tu luz tan mentirosa
eterna noche de mis ojos fueras!

                                                           Lope de Vega



                       
4)- LOS MANTELES ( ‘mappae, tobalae, linteamina’)

            1- Rúbrica e historia
            1. Actualmente está prescrito el uso de tres manteles, uno de los cuales debe llegar, por los costados, hasta el suelo.[22] (R.g. M., n.526)
            2. Al comienzo un gran corporal, que se colocaba antes del Ofertorio (como actualmente hace el diácono en la Misa solemne), servía de único mantel.
El documento más antiguo que hace referencia a su uso son las “Actas del Santo Tomás” (gnóstico, s.II)
Optato Milevitano habla de los manteles como cosa de uso común.[23]
            3. En el s.VIII se colocaban varios manteles para evitar que el vino derramado sobre el altar, cayera fuera del mismo.
El número de manteles ha sido diferente según las épocas (de dos a cuatro, y aun más) En el s.XV el Ordo de Bucardo de Estrasburgo señala el número de tres como una costumbre romana.
            4. Desde la Baja Edad Media se acostumbra cubrir el altar con un tapete, cuando no se celebra Misa. No es obligatorio, pero lo fue en muchas diócesis y el Ceremonial de obispos lo suponía (II, c.1, n.13)

            2- Simbolismo
                        1. En primer lugar el mantel representa la Santa Síndone.
De hecho, el uso del lino fue prescrito por el Papa Silvestre, teniendo en mente la Santa Síndone. Así lo afirma el Lib. Pontif. (1, 171): “Estableció que el sacrificio del altar fuese celebrado, no sobre sedas o tejidos de color, sino sobre tela de lino, que se cosecha de la tierra, de la misma manera que el cuerpo del Señor fue sepultado con un blanco lienzo de lino”
                        2. Otro simbolismo, un tanto ‘más trabajado’ es el enunciado por Durando (l.4, c. 29, n.3): los manteles representan a los fieles. Como el altar representa a Cristo, los manteles que están confeccionados con lino representan a los fieles porque el lino debe ser macerado para adquirir blancura, como los fieles deben pasar por diversas tribulaciones para unirse a Cristo en la patria celestial.
Este simbolismo se confirma con el Pontifical Romano. En la ordenación del subdiácono se dice que los cristianos son como vestimentas que recubren y adornan a Cristo.[24]


5)- LAS SACRAS Y EL ATRIL

            La rúbrica del Misal manda que se pongan las sacras sólo para la Misa; y en el lado Epístola un almohadón o atril para sostener el Misal. (R.g.M., XI, n.527)[25]

            LAS SACRAS
                        Son los tres cartones enmarcados que vemos en el centro y a los lados del altar. Sobre ellos se encuentran inscriptos:
                        - en el lado Epístola: la bendición del agua previa al Ofertorio (“Deus, qui humanae substantiae”); y el salmo “Lavabo”;
                        - en el centro: el Gloria y el Credo; las oraciones del Ofertorio; las palabras de la consagración, y las que preceden y siguen inmediatamente; la oración “Placeat tibi”;
                        - en el lado Evangelio: el Prólogo de San Juan.

                        Se trata, pues, de ayudas-memoria, para no tener que estar buscando en el Misal, en caso de olvido.

                        La central se usa desde el s.XVI; las laterales desde el s.XVII. Pero existe un pergamino inserto en un Misal del s.XIII donde se ven tres columnas: en la primera están el Gloria y el Credo; en la del medio, las palabras de la consagración y en la tercera el prólogo de San Juan.

                        Muchas sacras son simplemente decorativas, inservibles desde el punto de vista práctico, puesto que los textos están impresos en letra muy pequeña.


            EL ATRIL
                        Es el armazón de madera o metal sobre el que se coloca el Misal, para facilitar su lectura. Al comienzo fue un cojín, una almohadilla, y de hecho se lo puede usar aún hoy día, en lugar del atril convencional. (la rúbrica habla de ‘cussinus’ )
                        Al comienzo se usó para que no se arruinase la cubierta de plata o marfil de los misales o sacramentarios. Su uso está ya atestiguado por Inocencio III (De sacr. alt. myst., II, 41), en el s.XIII. E incluso se conserva un ejemplar de madera, en Poitiers, que se cree data del s.VI.




[1] Cf. San Jerónimo, In Ezeq., 40.
[2] Desde el s.V se utilizaban para contener el santo crisma, y se hallaban en el baptisterio.
[3] “Super altare nihil ponatur nisi capsae cum reliquiis sanctorum (o capsae reliquiae) et quattuor Evangelia et pixis cum corpore Domini ad viaticum infirmorum”- PL 115. 677. (Hoy día algunos autores niegan que haya sido escrita por ese Papa)
[4] “Et deinde tabernaculu sive locus super posteriori parte altaris collocatus in quo Christus, propitiatio nostra, id est, hostia consecrata servatur; hodie propiatotium nuncupatur” - Rat. div. off., 1, 4, 1.15)

[5] Nuevo Cod.: c.934- 944)
[6] Sagrada Congr. de Ritos, 11-Y-1958; D. 1-VI-1957, n.2)
[7] Pío XII, 22-IX-1956; SCR 1-VI-1957 y 11-Y-1958)

[8] SCR 1-VI-1957, n.2; 26_V-1938; 10-II-1934
[9] Con tal fin, en algunos lugares se colocaba dentro del tabernáculo una caja fuerte. No nos parece una idea muy feliz. (Aunque se haya allí nuestro Tesoro...)
[10]  Rit. V, 1, 6; c.1269; D. 3150, 3520 y 4137
[11] Los moralistas dicen que si se deja el Santísimo sin lámpara votiva por un día entero o dos noches consecutivas, se peca mortalmente.
[12]  Aunque existen contadas excepciones: la representación realista de la crucifixión de la puerta de Santa Sabina de Roma, consagrada en el 432; un márfil del s.V, que se conserva en el Museo Británico.
[13]  “ Instructionum fabrice ecclesiasticae et suppellectilis eccleisasticae”, lib. II, 1, c.XI
[14] Inocencio III, “De alt.myst.; Durando, “Rationale”, 1, c.III, n.31
[15] “Ab aspectu crucis sacerdoti celebranti passio Christi in memoriam revocatur, cujus passionis viva imago et realis repraesentatio hoc sacrificium est, mortem cruentam Salvatoris nostri incruente exprimens, tamquam idem sacrificium, quod in cruce oblatum est, quamvis diverso modo offeretur” (Bona, “Rer. Lit., 1, cap. 25, n.8)
[16] “Beata cujus brachiis pretium pependit...”
[17]  Cf. Alfredo Sáenz, “La celebraciòn de los misterios en los sermones de S. Máximo de Turín, p.135 ss; Leopoldo Marechal utiliza la misma imagen en su hermoso opúsculo, “Ascenso y descenso del alma por la belleza”, cuya lectura recomendamos vivamente.
[18] “Juxta ordinem romanum, numquam missam absque lumine celebramus: non utique ad depellendas tenebras cum sit clara dies; sed potius in typum illius luminis, cujus sacramentum ibi conficimus, sine quo et  in meridie palpabimus, ut in nocte”.
[19] Los antiguos creían en la partenogénesis de las abejas.
[20] “Recte cereus Christum significat propter tria quae in eo sunt: lychnum namque animam, cera corpus, et lumen divinitatem significat” - Durando, Rat., lib.VI, c.89, n.6
[21] Las poesías fueron elegidas en relación con el tema desarrollado en “2000 años de Misa”
[22]  “Altare cooperiatur tribus tobaleis, rite bendectis, quarum una ita oblonga sit ut, ad latera, usque ad terram pertingat”.
[23]  “Quis fidelium  nescit, in peragendis mysteriis ipsa linteamine cooperiri ? De Schism. Donta. 1, VI, n.1)
[24] “Altaris pallae et corporalia sunt membra Christi, scilicet fideles Dei, quibus dominus quasi vestimentis pretiosis circumdatur, ut ait Psalmista: Dominus regnavit, decorem indutus est. Beatus quoque Joannes in Apocalypsi vidit Filium hominis praecinctum zona aurea”.
[25]  “Ponantur insuper sic dictae ‘tabellae secretarurm’, sed p-ro tempore Missae tantun; et, ad latus Epistolae, cussinus, seu legile, Missali supponendum”

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