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domingo, 20 de febrero de 2011

POR QUÉ EL LATÍN ES LA LENGUA DE LA IGLESIA CATÓLICA


POR QUÉ EL LATÍN ES LA LENGUA DE LA IGLESIA CATÓLICA


R.P.Brian Moore


 
I- INTRODUCCIÓN

1- Algo extraño ha ocurrido con la cuestión del latín: el Papa que inicia el Concilio Vaticano II 
( Juan XXIII) escribe un magnífico documento para dar nueva vida a la lengua de la Iglesia, pero el Papa que cierra dicho Concilio (Paulo VI) asiste a su entierro: “ Para quienes perciben la belleza, la fuerza, la sacralidad expresiva del latín, la sutitución del mismo por la lengua vulgar supondrá ciertamente un sacrificio grande. Perdemos de ese modo, el lenguaje de los siglos cristianos, nos convertimos en intrusos y profanos en el recinto de la expresión sagrada; perdemos incluso gran parte del estupendo e incomparable tesoro artístico y espiritual que es el canto gregoriano. Tenemos pues motivo para entristecernos y hasta turbarnos. ¿Con qué substituiremos esta lengua angelical? Se trata de un sacrificio de inestimable valor”. Pero luego justifica el abandono del latín con estas palabras: “…vale mucho más entender el contenido de la plegaria que conservar los viejos ropajes con los que se había revestido; vale mucho más la participación del pueblo, de este pueblo moderno ávido de palabra clara, inteligible, traducible a la conversación profana” (Audiencia General del 26-XI-1969)



2- 1. ¿Cómo se perdió este “tesoro de valor incomparable”, como llamó Juan XXIII al latín .

Existen causas remotas y causas próximas, agentes externos a la Iglesia y agentes internos, que causaron el destierro del latín. No podemos detenernos a hacer un largo análisis de este asunto sino sólo proporcionar algunas pistas, y remitir al lector a las diversas obras que han tratado la materia.

2. Por un lado se hallan los enemigos externos de la Iglesia que han visto en el latín todo un símbolo, asociado a lo eclesial y sagrado. Así dice el P. Cayuela: “¿Cómo se explica, pues, que, reconociéndose las ventajas del latín para la comunicación universal del pensamiento, hayan rehuído las naciones el aceptarlo, y hasta se le haya declarado la guerra más o menos solapada, con miras a desterrarlo de la enseñanza? El fenómeno es por extremo curioso, y no tendría explicación racional, sino constara la inquina que han sentido hacia el idioma de la Iglesia Católica cuantos se han propuesto hostilizarla en todas sus posiciones. Que, en efecto, el odio a la Iglesia ha presidido las campañas antilatinas desde el siglo XVIII hasta nuestros días, es cosa fuera de toda duda. Lo prueba el Padre Arsenio Cahur en su libro “Des études classiques et des etudes professionelles”, con hechos y documentos evidentes”. [1]
3. Joseph de Maistre nos habla especialmente del caso de Francia: “ El siglo pasado que se encarnizó con todo lo que hay de sagrado o venerable, no dejó de declararle la guerra al latín. Los franceses, que siempre dan la nota, se olvidaron casi totalmente de esa lengua; se olvidaron de sí mismos hasta hacerla desaparecer de su moneda, y no parece que se hayan dado cuenta aun del delito cometido contra el buen sentido europeo, contra el buen gusto y contra la Religión”. [2]

4. Algunos estiman que el abandono del latín comienza en el Renacimiento, al hacer del cultivo del latín algo exclusivo a una élite intelectual. “Los humanistas del Renacimiento –dice un historiador- hicieron del latín una lengua muerta. Hasta ellos, el latín había permanecido vivo… (Pero) ellos cayeron en el pastiche, inauguraron el “ciceronismo”, complicaron una lengua que sus antecesores habían simplificado”.[3] Es sabido que fueron esos humanistas quienes hablaron de “Edad Media” para designar una etapa de “decadencia” del latín; ellos eran los restauradores…
5. También algunas actitudes en el campo eclesiástico pueden haber abierto brecha, aunque hayan sido adoptadas por celo apostólico. Así p.ej, el caso del pueblo eslavo, y el caso del pueblo chino , estudiados por Dom Gueranger.[4]
6. En todo caso, lo cierto es que el latín fue desterrado por obra de los modernistas[5], hijo legítimos del protestantismo. En efecto, dice Dom Guéranger: “El odio a la lengua latina es innato a todos los enemigos de Roma. En ella ven el bien de los católicos de todo el universo, el arsenal de la ortodoxia contra todas las sutilezas del espíritu de secta”.[6]
Los modernistas han querido instaurar una liturgia más “comprensible”, más “popular”, más a tono con el hombre moderno, y evidentemente, el latín les molestaba. Pero así como no es lo mismo decir Misa en una cancha de fútbol que en un templo; el día Sábado que el día Domingo, así tampoco es lo mismo decirla en lengua vulgar que en latín.
En los tres casos se trata de algo fundamental que han perdido los modernos: el sentido de lo sagrado. Sagrado quiere decir segregado; separado de lo que es más humano, para que el hombre sea más divino. Por eso se delimita un espacio (el templo); por eso se santifica el tiempo (año litúrgico); y por eso también se emplea una lengua que no es la usada en la calle, para hablar con Dios y para hablar de Dios.


5. El presente artículo tiene como fin principal demostrar que el latín es la lengua de la Iglesia Católica, y analizar cuáles son las razones de ello; se trata de indagar qué movió a la Santa Iglesia a tomar el latín como lengua propia, y sobre todo a conservarla en condición de tal, durante siglos.
O sea, que no nos proponemos estudiar los cambios habidos desde el Concilio, sino reafirmar la “catolicidad” y “sacralidad” del latín.
Nuestro marco de referencia será la Constitución Apostólica “Veterum Sapientia”, del Papa Juan XXIII. [7]
En dicho documento se hallan los argumentos fundamentales acerca de la cuestión que estamos tratando.

Y creemos que pueden reducirse a tres:
1. El latín fue la lengua hablada por el Imperio que Dios preparó para la venida de su Hijo.
2. La lengua forjada por los creadores de ese Imperio es una lengua digna de la Iglesia.
3. Es una lengua connatural a la Iglesia.



Por eso desarrollaremos a continuación tres items:
- La lengua del Imperio
- Cualidades del latín
- El latín, lengua católica


II- LA LENGUA DEL IMPERIO



1. El Papa comienza estableciendo un postulado de teología de la historia: el Imperio romano fue querido por Dios como lugar y momento histórico para la Encarnación del Verbo. Es la “plenitud de los tiempos” de la que habla san Pablo, y los Padres de la Iglesia. Así por ej. San León Magno: “En efecto, convenía sobremanera a la obra dispuesta por la mano divina que muchos reinos fueran unidos en federación en un solo Imperio, de modo que la predicación universal pudiera así extenderse a los pueblos regidos por un solo gobierno”.[8]
Conforme a ello, dice Juan XXIII que el latín “fue el aureo ropaje de la sabiduría misma”, que la iglesia acogió con veneración; “no sin especial providencia de Dios…, llegó a ser la lengua propia de la Sede Apostólica”; y luego “admirable instrumento para la propagación del cristianismo en Occidente”.

Veamos cómo nos explica este punto M.M.Martin: “La mayor parte de los Padres de la Iglesia, y toda la Edad Media, vieron en ese imperio de una grandeza única, el preámbulo providencial de la rápida expansión del cristianismo. Uno de ellos escribía a fines del s.II: ‘Puesto que era voluntad de Dios que todas las naciones estuviesen preparadas a recibir la doctrina de Cristo, su Providencia las sometió al único emperador de los romanos… La multiplicidad de imperios hubiera sido un obstáculo a la difusión de la doctrina de Jesús en todo el universo.’” (p.42-43) Y más adelante: “Cuarenta años más tarde, habiendo sido crucificado Cristo ‘bajo Poncio Pilato’, procurador de Roma, sus apóstoles parten para la conquista del mundo conocido. Y, ¿con qué se encuentran? ¿Desiertos?¿Bosques?¿Espacios confusos, informes? No; encuentran un imperio, con rutas y ciudades de firmes murallas; encuentran a Roma con sus soldados, sus administradores, sus jueces. Es en ese imperio que se establece el cristianismo, y es de él que la Iglesia recibe rápidamente su forma terrestre, su jerarquía, su estructura, en fin, su lengua, adoptada por la humanidad entera.
Para su predicación universal, Dios le ha preparado un imperio universal; para su llamado que no excluye a persona alguna, Dios le ha dado el reino que acogía a todos los reinos; para ser Roma de los Papas, Dios ha permitido que existiese primero la Roma Ciudad que reunía al mundo.
Y pronto la Iglesia llegó a ser ella misma Roma, pero una Roma superior, exaltada hasta los cielos. Poco importa. Se trata siempre de la misma Ciudad y el mismo orden; también el mismo lenguaje, pero portador de otra plegaria”. (p.263-264)

2. Por lo dicho, el abandono del latín es todo un signo que debe hacernos reflexionar sobre los tiempos que nos toca vivir. En efecto, el Imperio romano fue considerado el “obstáculo” del que habla san Pablo en II Tes.2,7. El Imperio romano no pereció sino que perduró –transformado- en la Cristiandad.[9] Y por eso si desde el fin de la Edad Media, la Cristiandad se disgrega, es que se está allanando el camino al Anticristo. Ese proceso de disgregación comenzó con el Humanismo, pero llega a su término en nuestros días, cuando a veces son ciertos jerarcas mismos de nuestra Iglesia católica misma la que no quiere saber nada con la Cristiandad; es ella misma la que ha propugnado la laicización de los Estados, y la que ha negado la realeza social de Cristo.
En el Nuevo Concordato se diluye el carácter sacro de Roma. Ciudad en la cual murieron, por voluntad divina, San Pedro y san Pablo, columnas de la Iglesia, y que fue fecundada con la sangre de tantos mártires. Abandono del latín, abandono de Roma: dos gestos elocuentes…[10]


III- CUALIDADES DEL LATÍN

1. El latín es una lengua que encierra ciertas nobles cualidades que la hacen digna de ser empleada por la Iglesia de Cristo.
Juan XXIII la llama “tesoro de valor incomparable”, y dice “tiene una conformación propia, noble y característica; un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad, que conviene de modo singular a la claridad y a la gravedad”.

2. ¿De dónde le vienen al latín esas características?
2.1. El P. Cayuela nos da una razón histórico-filológica: el latín llegó a su apogeo en el momento adecuado. (s.I a.C). Estaba suficientemente lejos de su nacimiento, como para haber pasado su infancia y adolescencia, y haberse enriquecido ya con palabras y giros capaces de expresar cualquier pensamiento humano. Y por otro lado, estaba suficientemente cerca de sus orígenes como para que se conservase todavía el frescor nativo de los valores humanos, y el pueblo romano amase esos valores y gustase el expresarlos. Sobre todo, que pudiese hacerlo con propiedad por poseer los medios de expresión adecuados.
Ello se debe a la gramática latina, profundamente lógica y a su sistema de flexión nominal.[11]
2.2. Veamos tres características del latín:
2.2.1. El carácter sintético
2.2.2. El hipérbaton
2.2.3. El encadenamiento lógico


2.2.1. El carácter sintético

Se percibe bien dicho carácter al comparar el latín con las lenguas romances. Estas deben emplear más vocablos que el latín, y recargar la frase para expresar la misma idea. Ello se debe a …
- no contar con desinencias de casos
- la necesidad de acudir a verbos auxiliares para formar varios de los tiempos verbales;
- el empleo de partículas, p.ej., en las oraciones de infinitivo;
- el escaso número de participios;
- la carencia de formas propias para la voz pasiva y los tiempos de obligación.

Este carácter sintético de la lengua latina se hace patente en múltiples inscripciones, epitafios, sentencias, escritos sobre piedras o pergaminos.

“Hay lenguas que cantan; otras que dibujan y pintan. El latín graba (esculpe) y eso que graba es imborrable. Se podría decir que aquello que no es universal o eterno no es latín”. (Brunetière)

2.2.2. El hipérbaton

“Gracias a la identidad de terminaciones de casos con que se relacionan entre sí los sustantivos y adjetivos que conciertan, y a la dependencia íntima de regimen que une estrechamente a las partes de la oración, se permite el latín un hipérbaton o trasposición de las palabras, que, mientras deja clarísimo el proceso lógico de las ideas, rompe con soltura y libertad genial el orden monótono, frío y meticuloso con que en las lenguas modernas (sobre todo algunas como el francés y el inglés) se van colocando unas tras otras las voces según su mera relación gramatical; y pone así de relieve otras relaciones más directamente salidas del alma, más intencionadas; con lo cual, juntando o disociando las palabras según las exigencias del pensamiento, del afecto o del ritmo, comunica a la frase una gran energía ideológica, un movimiento vivísimo y una dulce armonía. Diríase que el curso y el giro de la frase va retratando las impresiones que se suceden en el alma delante de un objeto o de un suceso, con el mismo orden con que las siente el espíritu, no precisamente con aquel orden con que la mente las analiza luego fríamente aplicándoles la plomada rígida de la lógica. ¡Cuánto más humano resulta ese modo de expresarse! Insistimos en la idea de siempre. El hombre no es entendimiento solo, ni cuando habla interviene sólo esa facultad. El hombre es un ser muy complejo; y al comunicarse por medio de la palabra, se ponen en actividad todas sus energías anímicas. Aquella lengua, pues, será más humana y humanizará más, que más al vivo reproduzca en su fisonomía la complejidad de actividades anímicas del escritor y orador”. [12]


2.2.3. Encadenamiento lógico

Las cualidades del latín para expresar correctamente el pensamiento se ve no sólo en las oraciones, sino también en cada párrafo. En un texto histórico, en una pieza oratoria, se puede percibir lo férreo de su estructura. La sintaxis latina cuenta con diversos recursos para manifestar la subordinación y lógica dependencia de pensamientos en un párrafo. Así por ej.:
- la consecución de modos y tiempos
- el empleo del subjuntivo para indicar el modo de pensar de la persona cuyo pensamiento se limita el autor a reproducir;
- la “oración oblicua”, en la que todos los modos y tiempos se hacen depender de un “dice” o “dijo”;
- a veces se sintetiza en un participio activo o pasivo toda una oración de tiempo simultáneo o pasado, respecto de la expresada por el verbo principal, etc.

Todas estas cualidades hacían decir a Gonzague de Reynold: “No hay lengua más adherida a la realidad que el latín… Hay pues, un instinto profundo … en nuestra conciencia, que nos conduce siempre al latín, esa lengua sin equívocos, cada vez que sentimos la necesidad de un vocabulario preciso, de definiciones claras y de fórmulas grabadas en bronce… El latín puede expresar lo universal sin disolverse en la abstracción”.[13]


2.3. Razones de las características del latín

a- El pueblo romano era un pueblo campesino, amante del terruño. De allí el realismo y la solidez de la lengua, y la predilección por los términos concretos.
P.ej: en lugar de decir “aceite”, los romanos decían “oliva” (“olea”): el primero, término abstracto; el segundo, concreto ( lo que es producto del olivo)


b- La construcción misma de la frase latina manifiesta esa predilección por lo concreto, por la acción. En efecto, en ella se señala al autor de la acción, el objeto de la acción y la acción misma. (Ej: “Caesar pontem fecit”)

c- Por ser el romano un pueblo guerrero el latín tiene una gran concisión, ama las formulas lapidarias. “Veni, vidi, vici”.


d- También fue un pueblo de juristas y moralistas. Por eso amantes de las sentencias y del equilibrio en las frases.
 Ulpiano

e- Pueblo de historiadores. Por eso el latín dará al lenguaje escriturario (nos referimos a la Sagrada Escritura) su ropaje de certeza y veracidad.


f- Pueblo de poetas como Virgilio, Lucrecio y Horacio.
Virgilio

Como consecuencia de esos rasgos el latín tiene una gran virtud para formar la mente juvenil, para educar el espíritu, y así lo señala el Papa Juan XXIII en su Constitución: El latín …
- “cultiva, madura y perfecciona las mejores facultades del espíritu;
- dá destreza de mente y fineza de juicio;
- enseña a pensar y hablar con orden sumo”.




IV- EL LATÍN, LENGUA CATÓLICA



¿Por qué al comienzo de este artículo hemos hablado de la connaturalidad de la lengua latina con la Iglesia de Cristo? Juan XXIII nos lo explica: “Pío XI, el cual indagando científicamente sus razones, indicó tres dotes de esta lengua, en admirable consonancia con la naturaleza de la Iglesia. En efecto, la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones y al estar destinada a durar hasta la consumación de los siglos, exige por su misma naturaleza, una lengua universal, immutable, no popular”.

Veamos detenidamente cada una de las características que el Papa reconoce como propias de la lengua de la Iglesia.


1)- Lengua UNIVERSAL



1. “Católico” quiere decir justamente universal. El Papa explica cómo siendo jefe de todas las iglesias del mundo, debe disponer de una lengua que le permita comunicarse con todas las regiones de su reino. Evidentemente no puede utilizar una lengua romance, con preferencia a las otras, porque es Padre común, no de un solo pueblo; y porque se necesita una lengua precisa, que sea punto de referencia para el conocimiento de los documentos emanados de la Santa Sede, sin posibilidad de desvirtuar el sentido de los textos.
Además esta lengua común permite que el culto sea el mismo en Europa que en América; en Asia que en Africa. En la época en que vivimos, en que tanta gente viaja, se hace evidente la ventaja inmensa que reporta a los fieles el que la Santa Misa se diga en la misma lengua en cualquier parte del mundo. Hoy en día un fiel que desconoce el idioma del país que visita no puede seguir la Misa (aun cuando hubiere unidad de rito en la Iglesia actual). En cambio, un fiel con su misal puede seguir fácilmente cada oración de la Misa, al tener frente a su vista el texto en la lengua de todos los pueblos (“católica”) y la de su propio pueblo.




2. El profesor Romano Amerio, en su magnífica obra “Iota Unum”, ahonda aun más en el concepto de “universalidad”: “…La Iglesia es universal, pero su universalidad no es puramente geográfica, ni consiste, como se dice en el Canon nuevo, en estar difundida por toda la tierra. (En nota: “Realmente no es algo difuso… sino más bien continuamente disperso”) Dicha universalidad deriva de su vocación (están llamados todos los hombres) y de su nexo con Cristo, que ata y reúne en Sí a todo el género humano. La Iglesia ha educado a las nacionalidades de Europa y creado los alfabetos nacionales (eslavo, armenio), dando origen a los primeros textos escritos. En consonancia con la acción civilizadora de los Estados Europeos, ha educado a las nacionalidades de Africa. Sin embargo, no puede adoptar el idioma de un pueblo particular, perjudicando a los demás. A pesar de la disgregación postconciliar, a la Iglesia católica parece escapársele lo mucho que la unidad de la lengua aporta a la unidad de un cuerpo colectivo: no ocurre así con el Islam, que usa en sus ritos el paleoárabe incluso en los países no árabes; ni con los hebreos, que usan para la religión el paleohebraico. Tampoco se les escapa a los Estados que han alcanzado después de la guerra su unidad nacional, pues ninguno de ellos ha adoptado como lengua oficial una de las lenguas nacionales, sino el inglés o francés, lenguas de sus colonizadores y civilizadores”. (p.415-416)



3. “Qué idea sublime –decía Joseph de Maistre- la de una lengua universal para la Iglesia Universal! De un polo a otro, el católico que entra en una Iglesia de su rito, está “como en su casa” (“chez lui”), y nada le es extraño. Al llegar, escucha lo que ha escuchado toda su vida; puede mezclar su voz a la de sus hermanos. Los comprende, y es comprendido; así puede exclamar: “Rome est toute en tous lieux, elle est toute ou je suis”.[14] La fraternidad que resulta de una lengua común es un vínculo misterioso de una fuerza inmensa. En el siglo IX, Juan VIII, pontífice demasiado blando, había concedido a los eslavos el permiso de celebrar el oficio divino en su lengua; lo que puede sorprender a quien haya leído la carta CXCV de ese Papa, en la que reconoce los inconvenientes de dicha tolerancia. Gregorio VII levantó esa permisión; pero eso no duró mucho tiempo respecto a los rusos, y sabemos lo que ello costó a ese gran pueblo. Si la lengua latina hubiera asentado sus reales en Kiev, en Novogorod, en Moscú, jamás hubiera sido destronada; jamás los ilustres eslavos, parientes de Roma por la lengua, se hubieran echado en los brazos de aquellos griegos corrompidos del Bajo Imperio, cuya historia causa lástima, cuando no provoca horror”.[15]


2)- Lengua INMUTABLE

1. “No tan sólo universal sino también immutable debe ser la lengua usada por la Iglesia. Porque si las verdades de la Iglesia Católica fueran encomendadas a algunas o a muchas de las mudables lenguas modernas…, acontecería que, varias como son, no a muchas sería manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades, y por otra parte, no habría ninguna lengua que sirviera de norma común y constante, sobre la cual tener que regular el exacto sentido de las demás lenguas. Pues bien, la lengua latina, ya desde hace siglos sustraída a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, debe considerarse fija e invariable, ya que los nuevos significados de algunas palabras latinas, exigidos por el desarrollo, por la explicación y defensa de las verdades cristianas, han sido desde hace tiempo determinados en forma estable.” Y por eso el latín “es una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia”, y “un vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a la Iglesia de hoy con la de ayer y mañana”. (Veterum Sapientia)
2. Esta inmutabilidad del latín, es entonces un “antídoto eficaz contra toda corrupción de la pura doctrina” (Pío XII). Ello se hace evidente en esta época post-conciliar, en que se han empleado y se emplean traducciones inverosílimes en liturgia y Sagrada Escritura. Cuando no se trata de textos forjados por la mente febril de cualquier mercachifle de religión. Lo de “Traductor, traidor”, se aplica de una manera eminente cuando se trata de un lenguaje que busca expresar las realidades más sublimes.
3. Sabido es que el lenguaje es expresión de nuestro pensamiento. Por lo tanto, manipulando el lenguaje se pervierten las inteligencias y se corrompen las conciencias. La palabra languidece hoy día porque los hombres se han alejado de la Palabra, el Verbo de Dios. Vivimos en un mundo que ha hecho de la palabra una mercancía; y donde “la palabra dada” es una pieza de museo. Ello es lógico porque este mundo es el Reino del Maligno, “Padre de la mentira”. Ha llegado el tiempo anunciado por san Pablo “en que los hombres no pueden sufrir la sana doctrina, sino que con el prurito de oir doctrinas que lisonjeen sus pasiones, se rodean de doctores de su gusto; y cerrando su oído a la verdad, lo aplican a frivolidades.” (II Tim. 4, 1-8) Esos doctores son los curas progresistas y los periodistas de los distintos medios, los políticos y los malos profesores.[16] Todos aquellos que con una palabra, con una etiqueta desacreditan a una persona, la difaman, la hunden de por vida (“fascista”, “retrógrado”, etc.); los que adulan al pueblo hablándoles de su participación, de sus derechos, de su libertad, etc., para poder seguir manejando sus vidas. Nosotros, actuemos como personas, y no como parte de la masa. La masa reacciona como los animales: por instinto; como un perrito que se contenta con un huesito, y al que se doblega frotándole el lomo; al que se hace andar de un lado para otro, e incluso se eche en el lodazal y encadenarlo de por vida a su necedad. Sí; hoy día asistimos a una “guerra semántica”; y debemos precavernos porque “los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz…”. Debemos amar el gran don de la palabra (seremos juzgados por la proferida inútilmente); que nuestro lenguaje sea “sí, sí; no, no; todo lo demás viene del Maligno”. En un mundo hecho de mentiras y para la mentira, debemos ser testigos de la Verdad.

4. ¿Qué tiene que ver este largo ex cursus con el latín?
Lo siguiente: el haberlo abandonado es una de las causas de la crisis de la Iglesia, crisis que es ante todo, crisis doctrinal. Y que antes de reflejarse en la feligresía –Iglesia discente-, afectó y afecta a los Pastores –Iglesia docente-. Un texto del Papa Pío XI hará ver con claridad lo que queremos decir: “Por lo cual, y ateniéndonos a lo establecido por el mismo Derecho canónico, en las clases de Letras donde se forman los que son la esperanza del clero, queremos que los alumnos sean instruídos en la lengua latina con el mayor esmero y perfección, entre otras causas para que no suceda que al pasar a los estudios superiores, los cuales por cierto se han de enseñar y aprender en latín, se vean incapacitados, por no dominar esta lengua, para atender bien las doctrinas filosóficas y teológicas, y mucho más para ejercitarse en esas disputas escolásticas donde tanto se aguzan los ingenios y se preparan para defender la verdad. De este modo no acaecerá lo que con tanta pena vemos a menudo, que nuestros clérigos y sacerdotes, desprovistos de suficiente caudal de lengua, por no haber estudiado como debieran la lengua y literatura latinas, dando de mano a los riquísimos libros de los Padres y Doctores de la Iglesia, en que se presentan los dogmas de la fe propuestos con toda claridad y defendidos con invencible fuerza de razones, vayan a abastecerse de doctrina en ciertos autores modernos, en cuyos escritos se echa de menos, no ya sólo la perspicuidad en el estilo y en la exposición, sino aun la fidelidad en la interpretación de los dogmas, lo cual es mucho más de lamentar en estos tiempos que corremos, en que se va vendiendo por ahí tanta mercancía averiada de errores y falacias, al amparo del nombre y apariencia de cosa científica. Semejantes errores, ¿quién los sabrá descubrir y refutar, si no penetra bien en el sentido de los dogmas? Y ¿quién atinará a penetrarlo, si no comprende perfectamente la fuerza y la propiedad de las voces con que están solemnemente declarados; en una palabra, si no domina la lengua que emplea la Iglesia?”[17]

Se nos perdonará lo largo de la cita pero creemos que es un texto esclarecedor para comprender la importancia del latín, no sólo en el ámbito litúrgico, sino también doctrinal.

5. Debemos hacer una aclaración: la inmutabilidad es absoluta en cuanto a gran parte de los textos litúrgicos y de los escritos de los Santos Padres que son el vehículo de la Tradición. Hay cierta evolución, ciertos cambios, en cuanto lengua viva, lengua hablada por los eclesiásticos, y en lo que se refiere a ciertos textos teológicos, filosóficos y científicos. Pero, evidentemente, los cambios o el enriquecimiento del latín en comparación con las lenguas romances, es mínimo.
Como dice el profesor Amerio: “La Iglesia es esencialmente immutable, sustraída (relativamente y más que cualquier otra) a las alteraciones de las lenguas usuales: alteraciones tan rápidas que todos los idiomas hablados hoy tienen necesidad de glosarios para poder entender las obras literarias de sus primeros tiempos. La Iglesia tiene necesidad de una lengua que responda a su condición intemporal y esté privada de dimensión diacrónica. Ahora bien, siendo imposible que una lengua de hombres escape al devenir, la Iglesia se acomoda a un lenguaje que elide en cuanto es possible la evolución de la palabra. Hablo en términos prudentes porque, coincidiendo la diventabilidad con la vida de un idioma, sé bien que también el latín de la Iglesia va cambiando con el correr del tiempo. Incluso prescindiendo de la presente decadencia de la latinidad, tanto profana como eclesial, basta confrontar las encíclicas del siglo XIX con las de los últimos pontificados para advertir la diferencia”.[18]



3)- Lengua NO POPULAR



1. Es decir, que la Iglesia no puede utilizar , especialmente en su culto, el lenguaje del “hombre de la calle”. Porque la Iglesia habla a Dios, y habla de Dios.
“En todas partes –dice la gran filóloga holandesa Christine Mohrmann- donde el hombre toca a las cosas divinas, su lenguaje se aleja del lenguaje corriente; su lenguaje es santificado, por decirlo de alguna manera, por el contacto con lo divino. Ahora bien, la concepción de que existe una lengua sagrada, una lengua divina, se encuentra en muchos pueblos”. Y luego de dar algunos ejemplos hace un análisis de la naturaleza de las lenguas sagradas, del cual extraemos los siguientes párrafos:
“Desde el punto de vista linguístico, se puede señalar en todos esos fenómenos una misma tendencia: el sentimiento religioso, el contacto con lo divino aleja la lengua de lo corriente; dicho de otra manera: disminuye la función social del lenguaje. Ahora bien, es sabido que siendo la lengua una institución social, tiene como fin primario el permitir a los individuos el comunicarse entre ellos… Pero puesto que la lengua no es solo un hecho social, sino también un hecho psicológico, es al mismo tiempo, medio de expresión no sólo del pensamiento personal sino y sobre todo, de los movimientos de la sensibilidad. Se puede decir, de manera general, que las necesidades de la comunicación se oponen a las de la expresión. Se trata aquí del principio de eficacidad, que se manifiesta a un tal alto nivel en muchas de las lenguas modernas, que se transforman en instrumentos de comunicación cada vez más perfectos, pero a menudo, en detrimento de la expresión. La comunicación tiende a establecer en materia de lenguaje una cierta racionalización, una ‘estandarización’ que es al mismo tiempo una simplificación. En cambio, la expresión busca los matices, tiende a lo pintoresco, y es favorable a la conservación de las formas antiguas. Junto a las exigencias duras y frías de la comunicación, que derivan de la función social de la lengua, la lengua como expresión cumple su destino de instrumento sensitivo y artístico…
Ahora bien, en todas las lenguas religiosas o hieráticas, la comunicación es ignorada, de una manera más o menos completa, en favor de la expresión. Esta tendencia se manifiesta muy a menudo en un conservadurismo que permanence fiel a elementos antiguos y venerables, que la lengua de comunicación ha abandonado, pero que conservan una contenido afectivo en las lenguas hieráticas, aun cuando se hagan de más en más incomprensibles”.
Luego de haber presentado estos rasgos de lo que es una lengua sagrada, los aplica al latín cristiano:
“Si …analizamos los textos litúrgicos latinos más antiguos, podemos ver que la práctica de la Iglesia ha encontrado el justo medio entre dos extremos. La Iglesia rechazó decididamente un lenguaje de la oración que descuidase el elemento social de comunicación; no ha querido una lengua de misterio. Pero por otra parte, no ha abandonado la Antigua tradición de un estilo especial de la plegaria: lo que ella ha creado es una lengua hierática, instrumento de la oración de la Iglesia, medio de comunicación y al mismo tiempo, expresión de los sentimientos religiosos. En la tradición de la Iglesia se formó un estilo sagrado, que es la realización de lo que san Hilario de Poitiers había deseado; esa lengua se diferencia del propósito de la lengua corriente: ‘Vigilandum ergo et curandum est, un nihil humile dicamus’. Hay una búsqueda de dignidad y unción que evita, según las palabras de san Hilario, toda banalidad: ‘Non enim secundum sermonis nostri usum promiscuam in his esse oportet facilitatem’. Lo que san Hilario ha intuído aquí , es una da las funciones más importantes de toda lengua hierática y litúrgica: guardar distancia entre el misterio religioso y espiritual y la vida profana y material; evocar el sentimiento de lo sagrado, del misterio divino, y sobre todo, elevar al hombre por sobre las cosas humanas. Por otra parte, existe el carácter colectivo de la liturgia que pone ciertos límites a la búsqueda de esa dignidad y unción, que acentúa el elemento social de la lengua y que tiende a llevarla al nivel humano. Ahora bien, la plegaria litúrgica es una plegaria de la comunidad, como lo había visto ya san Cipriano; “Publica est nobis et communis oratio, et quando oramus non pro uno sed pro toto populo oramus, quia totus populus unus’.[19]
Así, pues, se verifica siempre una cierta tensión entre las dos funciones esenciales de la lengua litúrgica: la expresión religiosa y la comunicación”.[20]

3. Muchos dicen que el latín aleja al pueblo del culto. Son puras paparruchadas. Lo que aleja a la gente del culto es tener que asistir a una Misa empobrecida, ‘democrática’, pero donde reina la chatura. La gente se aleja (se alejó) del templo porque ha dejado de ser el lugar del misterio, de lo sagrado, para transformarse en un centro de beneficencia, o de encuentro juvenil…
Se establece una falsa dialéctica: el pueblo no entiende el latín, por lo tanto no puede participar del culto; el pueblo no sabe latín, por lo tanto hay que suprimirlo.
Cuando el pueblo asiste a la Misa puede escuchar las lecturas y el sermón en su lengua nativa, y eso le puede bastar para su instrucción. Porque en lo que hace a la parte sacrificial, es de competencia del sacerdote, y por lo tanto, no hay razón para que se emplee una lengua inteligible para el simple fiel. Queremos decir, no hay una necesidad estricta de que el fiel conozca y comprenda cada palabra del Ofertorio o del Canon. Pero como una de las realidades que desconoce el progresismo es el sacerdocio jerárquico, es lógico que se halla buscado suprimir lo que pudiera indicar distanciamiento entre el ministro y el pueblo. Es curioso que en la era conciliar, tan pronta a descubrir “las inefables riquezas del judaísmo”, no se repare en la diferenciación de la casta sacerdotal respecto del pueblo. Y en lo que hace al idioma, el hecho que en las sinagogas del tiempo de NSJC, aunque el pueblo ya no comprendía el hebreo, se hacían las lecturas en esa lengua (aunque luego se tradujesen). En este siglo, los cristianos han abandonado la que fuera su lengua, mientras que los judíos imponen en Palestina el uso del hebreo…



Si se trata de comprender, de la inteligencia de los textos litúrgicos, no basta con traducir los textos. Esa comprensión implica una formación que no toda persona puede tener. Por eso “en cuanto al pueblo propiamente dicho, si no entiende las palabras, tanto mejor. En ello gana el respeto, y la inteligencia no pierde nada. Aquel que no comprende nada, comprende más que el que comprende mal”. Estas palabras de Joseph de Maistre creemos se aplican a muchos de nuestros contemporáneos, incluso y sobre todo, a las personas mayores que dicen: “Ahora es mucho mejor que en mi época; antes la Misa era en latín, y no se entendía nada…” Basta que uno les pregunte qué es la santa Misa, para darse cuenta de cuál sea el grado de comprensión que han adquirido…
Si el pueblo no conoce el latín es simplemente porque la Iglesia no se preocupó por enseñarle. Si en los colegios y centros católicos se enseñaze a los niños y a los jóvenes el latín, habría una feligresía capaz de gustar los tesoros que encierra la liturgia tradicional. No se nos acuse de utopistas; porque ello se hacía antes, en este mismo siglo. ¿O será que los niños de nuestra época no son tan capaces como los de décadas atrás?
El latín no es para una élite intelectual, sino para todo cristiano. Escuchemos al respecto lo que dice un sacerdote, el Padre Berto, que dedicó su vida a la educación: “Nunca insistiremos lo suficiente: adaptar la liturgia al pueblo, es rebajar la liturgia sin por ello elevar al pueblo; adaptar el pueblo a la liturgia, es elevar al pueblo sin envilecer la liturgia. Nosotros ya hemos elegido. Dedicados desde hace más de un cuarto de siglo a la educación de los más necesitados, entre los niños de este pobre pueblo, que ha sido expoliado por el el laicismo de las riquezas que le ofrece la Iglesia a la cual aun él pertenece, por el bautismo, casi en su totalidad, (aunque cruelmente alejado en su vida la mayor parte); no, ciertamente no queremos una religión de mandarines, como no lo quieren los que buscan el remedio en el empleo de las lenguas vulgares en la liturgia; no, no queremos una religión para clases sociales superiores; no, no queremos una religión de estetas y para gente de gusto refinado.
Pero nosotros negamos, con todas nuestras fuerzas, que la liturgia en latín sea un obstáculo para la participación del pueblo cristiano, en el culto cristiano. Justamente porque nosotros amamos al pueblo, porque no vivimos sino para servirlo, no consentiremos que sea despojado siquiera de un centavo de su herencia. Tiene derecho a oro puro; no aceptaremos que “se le dé gato por liebre”[21]. Que no se le cierren las puertas; que le sean abiertas de para en par, que tenga libre acceso a la belleza milenaria de los textos y cantos litúrgicos latinos”.




V- CONCLUSIÓN

Debemos ser los guardianes del tesoro que nos transmitieron los siglos cristianos, según la consigna dada por León XIII al episcopado francés, sobre el latín y los métodos de enseñanza tradicionales:
“Si un día, lo que Dios no quiera, hubieran de excluirse totalmente de las escuelas públicas (¡ de nuestra Iglesia! –agregamos nosotros-), que vuestros Seminarios menores y colegios libres los guarden con inteligencia y [22]patriótica solicitud; e imitaréis así a los sacerdotes de Jerusalén que, queriendo sustraer a los bárbaros invasores el fuego sagrado del Templo, lo escondieron de manera que pudiesen encontrarlo y devolverle todo su esplendor cuando los malos días hubiesen pasado”.






BIBLIOGRAFÍA

Como ya dijimos al comienzo de este trabajo, el documento fundamental del Magisterio sobre este tema es la Constitución Apostólica “Veterum Sapientia”, del Papa Juan XXIII, del 22 de febrero de 1962.

AMERIO, Romano. Iota Unum, Salamanca, Gráficas Varona, 1995.-
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BERTO, Victor-Alain. El latín en la liturgia. Suplemento Rev.Jesus Chrstus, No. 46.
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CAPELLE, Bernard. Plaidoyer pour le latin. Les questiones lit. et par., Louvain, 1950.-
CAYUELA, Arturo, S.J. Humanidades Clásicas. Zaragoza, 1940.-
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WILTGEN, Fr.Ralph M.. The Rhine flows into de Tiber. Rockford, TAN, 1985.-

Notas

[1] Arturo Cayuela, SJ, “Humanidades clásicas”, p.394-395
[2] “Du Pape”, p.162
[3] M.M.Martin, “Le latin immortel”, p.115
[4] El abad de Solesmes nos cuenta cómo los jesuitas solicitaron varias veces a los Papas, en el s.XVII, el que les permitieran decir la Misa en chino, por razones pastorales, pero no se les concedió.
[5] Paulo VI, en una Carta dirigida a los superiors generales de los religiosos obligados a coro, les decía: “Debemos confesar que Nos estamos profundamente conmovidos y no poco entristecidos, a causa de estas peticiones, y nos preguntamos de dónde ha brotado y por qué motivo se ha propagado tal modo de pensar y tal menosprecio, antes desconocido.” (“Sacrificium laudis”. 15-VIII-1966)
[6] En el Concilio Vaticano II se discutió ampliamente acerca del latín. Cf. los libros del P.Wiltgen, M.Davies, Salleron, etc.
[7] Es de señalar la importancia que el Papa dio a su promulgación:
- en presencia de todo el clero romano (Cardenales, Curia, etc.);
- en la fiesta de la cátedra de San Pedro;
- y firmó el documento frente mismo al altar de la confesión de san Pedro.
[8] Migne, PL 54, 423
[9] Santo Tomás comenta así el pasaje citado en la II Tes.: “Pero, ¿ cómo debe entenderse todo esto, teniendo en cuenta que ya hace mucho tiempo que las gentes se apartaron del Imperio romano, y sin embargo todavía no ha venido el Anticristo?. Hay que decir que todavía no ha cesado (el Imperio romano), sino que se convirtió de temporal (terrenal) en espiritual, como dice el Papa León en el sermón sobre los Apóstoles. Por lo que debe decirse que el apartamiento del Imperio romano debe entenderse, no solo del temporal, sino también del espiritual, o sea de la fe católica de la Iglesia romana. Es por lo tanto un signo conveniente que así como Cristo vino cuando el Imperio romano dominaba a todos, así por el contrario, al apartarse de él será un signo (de la venida) del Anticristo”. (Ver texto latino en Textos complementarios)
[10] El Tratado de Letrán de 1929, art.1, parágrafo 2, decía: “En consideración del carácter sagrado de la Ciudad Eterna, sede Episcopal del Soberano Pontífice, centro del mundo católico, y meta de peregrinos, el gobierno italiano cuidará de impedir en Roma todo lo que pueda oponerse a dicho carácter”.
El Nuevo Concordato, del 18-II-1984, art.2, par.4: “La República Italiana reconoce el significado particular que tiene para la catolicidad Roma, sede Episcopal del Sumo Pontífice”. (Observ.Rom., ed.esp., 4-III-84)
[11] Cayuela, oc., p.405-406
[12] Cayuela, p.148
[13] Cit. por M.M.Martin en su oc., p.255
[14] “Roma toda se halla en todas partes; está toda donde yo estoy “.
[15] Du Pape, p.160
[16] “Pero la radio y la televisión serán dentro de poco del dominio exclusivo del Príncipe de este mundo; y “aquel inicuo” que de él recibirá poder para hacer prodigios mendaces podrá hablar un día y por televisión ser visto hablando a las multitudes reunidas en plazas y templos, a todo un universo aterrado y exaltado, “que estará delante de él como una oveja delante del lobo”… (L.Castellani, “Los papeles de Benjamín Benavides, p.293, Bs.As., Dictio, 1978)
[17] Pío XI, Encíclica “Officiorum omnium”, del 1-VIII-1922; AAS XIV, 499 ss.
[18] Iota Unum, p.416
[19] “Nuestra oración es pública y común, y cuando rezamos lo hacemos no por alguien en especial, sino por todo el pueblo, porque todo el pueblo es una sola cosa”. (De Dom. Or., 8)
[20] C.Mohrmann, “L’Ordinaire de la Messe”., p.32-33; 35-36
[21] “qu’on lui refile de la pacotille’
[22] “Depuis le jour”, 8-IX-1899. El Papa hace referencia a II Mac.1,19-22.

3 comentarios:

  1. juan xiii viejo puto el latín se perdió por culpa de el....

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    1. Hasta mal escrito su comentario anónimo... qué pena que nos expresemos así para responder de forma crítica un texto...

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